-In solis sis tibi turba locis-

Albio Tibulo

 

Por: Diego Firmiano

Caza de Libros, esa editorial plural y generosa que permite leer, literalmente, quinientos libros al comprar uno, ha editado e impreso un manuscrito del pereirano Juan David Cock Arbeláez titulado Incógnitas en la eternidad. Un relato corto de setenta páginas que promete ser una historia fantástico-teológica sumamente interesante, si es que al leer sentimos el mismo viaje astral que realizó el autor, porque esta odisea cósmica sin Ítaca y sin Ulises, relata cómo las dos fuerzas antagónicas del universo se debaten a duelo por atribuirse la creación de los ángeles en el cielo y por designar la suerte de los hombres en la tierra.

Una batalla sin precedente[1] presenciada solo por alguien, o en trance espiritual, o abstraído, o bajo la influencia de un psicoactivo especial, que pone en el centro del drama a esos animales bípedos sin plumas que piensan como ángeles pero actúan como bestias, y que al tener lenguaje y voluntad se hacen sospechosos de haber robado el fuego sagrado.

Fotografía / Diego Firmiano

El autor, un joven, literalmente, condenado a treinta y un años de prisión por un crimen que dice no cometió,  es el encargado de recrearnos esta lucha, este génesis, cuyo personaje central, Miguel Ángel, ha sido escogido por quién sabe qué resolución eterna para recibir una revelación especial y así dirigir una legión de ángeles hacia la libertad.

Y sobre esto hay que evitar las metáforas, porque esa ruta de escape al cielo no debe entenderse como una posible fuga del penal o los penales que el autor ha visitado en el país como el de Apartadó, La Picota, la cárcel de Itagüí y La 40 en Pereira.  No. Nada más catastrófico que eso.

Los libros que valen la pena no son guías para la acción, a lo mejor serán un faro que no se apaga, pero nunca un manual de escape ni físico ni existencial. Así entonces es preferible afirmar que lo plasmado en Incógnitas en la eternidad es un phatos, una creación in situ, que a modo taxonómico explica cómo se creó el oscuro universo, la lechosa galaxia, la multicolor tierra, el implume hombre y los todopoderosos Dios y el diablo.

Una cosmogénesis creada desde un monólogo carcelario que no agota la temática, ni cansa al lector, sino que conserva una frescura que raya en una imaginación digna de un Agustín o de un Jerónimo, luego de salir de una penitencia, o de luchar contra el demonio del mediodía.

Es decir, hay que ser un ángel o una bestia para internarse en la soledad y crear estas teogonías tan surrealistas, tan maniqueas, que convergen en la idea de que ni el bien ni el mal podrían existir si no existiera el hombre. Lo cual es cierto. O al menos el autor lo sugiere, y eso podría ser un plus a favor de esta pequeña obra.

Pero no tomemos a la ligera esta valoración, ya que estas introspecciones metafísicas son propias de alguien que conoce el infierno (y la cárcel lo es) y que usa la escritura como indulgencia para alcanzar el cielo.

No ese cielo que apreciamos al mirar verticalmente (Sky),  sino otro más lejos, unos metros más allá, y al que se accede siguiendo la ruta trazada por Juan Bunyan (Heaven).

Ese lugar al que Miguel Ángel, el personaje de este drama, ingresa no por obras ni por fe, y sí por medio del amor humano, erótico, tierno, que comienza a partir de una relación con un ángel[2] llamada Ángela.

Ambos seres que, al amar, los hace ciudadanos de un reino que no es de este mundo, fusionándolos, como lo muestra la portada del libro, en una hipóstasis divino-erótica.

Estudiante de IX semestre de filosofía, nacido en Pereira, Risaralda, en 1983, pero hijo adoptivo de Ibagué, donde se radico y conoció al amor de su vida. Escribió esta, su primera obra, desde la cárcel, tras un traspié en su carrera como oficial de la Policía Nacional, aspecto que lo hace ejemplo de superación.

 

Juan David Cock de treinta y seis años, preso, denominado filósofo, y que es preferible verlo como teósofo, o un adepto del esoterismo, busca apelar su caso para obtener la libertad, defendiéndose de algo, que según él, no hizo.

Nadie tiene el derecho a pensar lo contrario ya que ¿quién no ataca defendiendo su hombría o su existencia cada día? o ¿quién no está confinado a otras realidades más azarosas?

Pues partiendo de la materialidad del cuerpo, podemos deducir que estamos en una celda, y ni se diga de nuestro entorno, los elementos, la naturaleza, las leyes biológicas que nos reducen a un destino aciago.

Lo curioso de este libro, que por cierto ha soportado una segunda edición, es la libertad, voluntad de espíritu e imaginación con los que se ha escrito.

Si el hambriento piensa en comer y el preso en salir libre, un escritor escapa a otros mundos para burlar la realidad. Este joven autor ha volado fuera de su ámbito, ha saltado lejos de esa realidad cuadrada de hombres obtusos, inocentes, reales y ufanos, y ha regresado para contar esta gesta cósmica y antagónica entre dos dioses, que por un choque de fuerza y por una dialéctica material, crearon el mundo como una tabla de ajedrez, y al hombre, como una ficha de este partido.

Al leer esta aventura homérica (por el contenido, no por el número de páginas) entre el bien y el mal, se deja ver, no al nivel magnifico de Nietzsche, la genealogía de la oscuridad y se entrevé una luz  qué puede ayudar a descifrar qué  es el hombre y para qué fue creado en la tierra.

Unas respuestas demasiado rápidas sobre una existencia tan compleja, ya que siempre seremos esas incógnitas en la eternidad.

 


[1] Hay unas claras referencias a Isaías 14, Ezequiel 38, Apocalipsis 12, y Génesis 1. Solo por deducir algunas fuentes que el autor usó para componer este relato narrativo de corto aliento.

[2] No hay que preocuparnos por el artículo de género indiferenciado, pues los ángeles no tienen sexo, ni lo desean, ni lo necesitan. De ahí que la diferencia entre Dios y los hombres sea las formas de reproducirse: la divinidad por medio de la palabra; el hombre por su esperma o semilla biológica y resinosa.