Poco puede decirse de su obra, más allá de su extraordinario mundo fantástico, metafísico y totalmente subjetivo en el cual constantemente nos hace jugarretas citando autores y textos inexistentes, por ejemplo.

 borges3

 Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro

“Vi una pequeña esfera tornasolada de brillo casi insoportable. Al principio pensé que estaba girando; luego me di cuenta que ese movimiento era una ilusión creada por el vertiginoso mundo que lo limitaba. El diámetro del Aleph era probablemente un poco más de una pulgada, pero todo el espacio estaba allí, real y sin disminuir” empieza a concluir Jorge Luis Borges uno de sus más conocidos relatos, nombrado como la primera letra del alfabeto hebreo, y en el que parece haber inventado, conceptualmente, Internet, donde coexisten simultáneamente el tiempo y el espacio.

Este fragmento del relato que pone bajo una escalera de una vieja casa de la calle Garay y en nuestras manos y mentes el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos” es la lectura que vuelvo a hacer para empezar a ponerme literariamente ante su tumba y su memoria.

Jorge Luis Borges, traductor desde la infancia, poeta, antologista, ensayista, conferencista, cuentista, bibliotecario, constructor de laberintos y, ante todo, lector, acaba de cumplir este pasado 14 de junio 30 años de haberse quedado (pues ya había entrado) en la eternidad, literalmente, en Ginebra.

Poco puede decirse de su obra, más allá de su extraordinario mundo fantástico, metafísico y totalmente subjetivo en el cual constantemente nos hace jugarretas citando autores y textos inexistentes, por ejemplo. Sin embargo, a pesar de la difícil comprensión de su simbología y lo monumental de su obra, no deja de sorprendernos cada vez que lo releemos en su propia voz –o esta mezclada con la de su amigo Bioy Casares o ambas prestadas– para presentarnos textos de otras tradiciones y otras latitudes que a muchos nos permitieron abrir los ojos a universos paralelos al nuestro y nos permitieron encontrarnos en la tradición que nos tocó en herencia o nos permitió acomodarnos en las que más se nos aviniera.

De sus laberintos, mis preferidos son: La casa de Asterión, con su soledad angustiante, su duda persistente, su reflexión filosófica y su giro sorpresivo final; el desembarco de ese hombre gris del Sur que intenta crear a otro en Las ruinas circulares para plantarlo en la realidad que no se termina de saber cuál de todas las de ese regreso infinito que termina siendo el relato, finalmente, es. El hexagonal e inabarcable vórtice espiralado de la fabulosa Biblioteca de Babel que no solo le permitió plantearnos el dilema entre la aparente infinitud y la evidente y calculable, aunque vasta, cantidad de posibilidades del especulativo universo bibliotecario, sino convertirse en el destructor de la biblioteca de la abadía y el asesino, envenenador, de sus compañeros monjes. Los senderos laberínticamente bifurcados de ese jardín en el que el doctor Yu Tsun escapa hacia un infinito en el que el capitán Richard Madden no logra atraparlo.

Borges, cualquiera de los dos que haya escrito el poema, es un hito fundamental de la literatura no solamente argentina o latinoamericana, sino universal. Ya está más allá de la eternidad con su andar frágil y cuidadoso por la ceguera que para muchos fue congénita y en realidad le invadió lentamente después de sus cincuenta, con su desprecio por el género novelesco, con su pasión por las antiguas sagas nórdicas, las lenguas extranjeras y atípicas, y la lectura de temas ajenos al común de los mortales, con su odio casi visceral al fútbol y su Nobel tan política y descaradamente negado que ni falta le hace, ni su tantas veces fugaz fama, ni su promoción mediática, pues él, a pesar de ello, seguirá iluminándonos con su intrincada imaginación mientras haya tiempo, mientras haya espacio, mientras sobreviva la humanidad.

Como muestra de su extensa obra, tres poemas:

 borges2

Milonga de dos hermanos

Traiga cuentos la guitarra
de cuando el fierro brillaba,
cuentos de truco y de taba,
de cuadreras y de copas,
cuentos de la Costa Brava
y el Camino de las Tropas.

Venga una historia de ayer
que apreciarán los más lerdos;
el destino no hace acuerdos
y nadie se lo reproche
ya estoy viendo que esta noche
vienen del Sur los recuerdos.

Velay, señores, la historia
de los hermanos Iberra,
hombres de amor y de guerra
y en el peligro primeros,
la flor de los cuchilleros
y ahora los tapa la tierra.

Suelen al hombre perder
la soberbia o la codicia:
también el coraje envicia
a quien le da noche y día
el que era menor debía
más muertes a la justicia.

Cuando Juan Iberra vio
que el menor lo aventajaba,
la paciencia se le acaba
y le fue tendiendo un lazo
le dio muerte de un balazo,
allá por la Costa Brava.

Así de manera fiel
conté la historia hasta el fin;
es la historia de Caín
que sigue matando a Abel.

El hacedor

Somos el río que invocaste, Heráclito.
Somos el tiempo. Su intangible curso
acarrea leones y montañas,
llorado amor, ceniza del deleite,
insidiosa esperanza interminable,
vastos nombres de imperios que son polvo,
hexámetros del griego y del romano,
lóbrego un mar bajo el poder del alba,
el sueño, ese pregusto de la muerte,
las armas y el guerrero, monumentos,
las dos caras de Jano que se ignoran,
los laberintos de marfil que urden
las piezas de ajedrez en el tablero,
la roja mano de Macbeth que puede
ensangrentar los mares, la secreta
labor de los relojes en la sombra,
un incesante espejo que se mira
en otro espejo y nadie para verlos,
láminas en acero, letra gótica,
una barra de azufre en un armario,
pesadas campanadas del insomnio,
auroras, ponientes y crepúsculos,
ecos, resaca, arena, liquen, sueños.
Otra cosa no soy que esas imágenes
que baraja el azar y nombra el tedio.
Con ellas, aunque ciego y quebrantado,
he de labrar el verso incorruptible
y (es mi deber) salvarme.

Elegía

Oh destino el de Borges,

haber navegado por los diversos mares del mundo

o por el único y solitario mar de nombres diversos,

haber sido una parte de Edimburgo, de Zúrich, de las dos Córdobas,

de Colombia y de Texas,

haber regresado, al cabo de cambiantes generaciones,

a las antiguas tierras de su estirpe,

a Andalucía, a Portugal y a aquellos condados

donde el sajón guerreó con el danés y mezclaron sus sangres,

haber errado por el rojo y tranquilo laberinto de Londres,

haber envejecido en tantos espejos,

haber buscado en vano la mirada de mármol de las estatuas,

haber examinado litografías, enciclopedias, atlas,

haber visto las cosas que ven los hombres,

la muerte, el torpe amanecer, la llanura

y las delicadas estrellas,

y no haber visto nada o casi nada

sino el rostro de una muchacha de Buenos Aires,

un rostro que no quiere que lo recuerde.

Oh destino de Borges,

tal vez no más extraño que el tuyo.