En mi inocencia no entendía bien lo que pasaba cuando sus pupilas negras y grandes me encasillaban. Me sentía raro: como libre y cautivo a la vez. Su mirada es una paradoja. Yo no sé más de esa niña lejana, de ese danzante recuerdo, del enigma de sus pupilas.

 

IMG_7798Por Santiago Ramírez Gutiérrez

Ilustración: Daniel Román

Marta se pasea en las noches por la plaza. Sale Marta apenas se va el sol y merodea por la plaza. Marta llega con la luna. Y es tan bella que resplandece como una estrella. Esta es la Marta que todos conocen: la iluminada, la hermosa, la lucífuga, la taciturna, la alucinada… Marta sale por las noches a divagar por la plaza. Sale sola. Ríe, llora, habla, lo hace todo, pero sola. Y va y viene; yo la veo desde mi ventana que queda al lado de la suya. Sé que sale de noche a errar por la plaza, pero no sé por qué lo hace. O tal vez lo sepa, no sé. Yo conocí a otra Marta, muy diferente. Conocí a la Marta sobria. A la Marta entregada, extrovertida. La conozco hace mucho: diez o quince años, no me acuerdo. Y ella, en ese entonces, seguía igual de hermosa, lo cual es sorprendente, porque cuando eso no tenía las curvas que tiene ahora, los senos que tiene ahora. Y de todas formas cautivaba. Yo la observaba desde esta ventana soñadora, y ella me sonreía; con sus dientes grandes y truncos. En mi inocencia no entendía bien lo que pasaba cuando sus pupilas negras y grandes me encasillaban. Me sentía raro: como libre y cautivo a la vez. Su mirada es una paradoja. Yo no sé más de esa niña lejana, de ese danzante recuerdo, del enigma de sus pupilas. Excepto su voz que tengo cincelada en mi pétrea memoria. Un vozarrón agudo, una voz muy bien timbrada. Ella hablaba y se movía todo su cuerpecito. Se movían ya sus teticas; sus diminutas teticas que se aferraban a su dorso y no se caían. Ella no sabe mi nombre; tan sólo ha visto mi rostro asomado en la ventada con un semblante de presidiario que siempre pongo. Y pensar que antes, hace mucho, llegué a sentirme tan jovial, tan festivo, tan alegre y afanoso como nunca antes en mi vida. Ese día fue como un relumbrón que aún reverbera en mi alma, como un recuerdo indeleble y distante, pero a la vez cercano. Su recuerdo es una paradoja.

Hace mucho Marta bailaba en frente de mí. Abril florecía frente a mi ventana. Y sus cabellos bermejos exultaban sudorosos sobre su piel blanca. Era de noche y ella era como un centello permanente en el negro césped. Su vestido se agarraba a su cuerpo y el sudor no lo soltaba, sus senos palpitaban y se erguían hacia mí, sentían mi presencia. Estaba ella so un vórtice de nubes y estrellas bañada de oscuridad. Y su vestidito corto dejaba entrever las carnes de sus piernas, sus hermosos muslos blancos. Muslos de marfil, anchos y firmes, que bailaban detrás de la capa de sudor. Yo no me aguanté: esperé a la medianoche y salí. Ella estaba en su casa, la casa de Marta. En un arranque abisal llegué hasta su cuarto. Ella estaba ahí, en su cama, con su vestidito de dormir; una pijama estrechita e infantil. Sobre la cama, ella y sus taheños mechones; ella y la luz de la luna que transfiguraba nuestros cuerpos. Ella y yo en el cuarto. Los dos despiertos: ella tenía insomnio, ahora lo sé. Callados y cómplices, nos entregamos el uno al otro. Mi cuerpo y el suyo se dejaban de realidad. Y sus carnes contra las mías seguían con la danza que ella había comenzado. Éramos dos en el mundo, éramos cuatro en el mundo. La luna era la vela que iluminaba nuestro ensueño. Con nosotros, dos sombras libres se atacaban en una lucha de siluetas. En el amor el cuerpo es insuficiente. Y yo lo sabía muy bien. Y sus piernas, sus pechos, ella lo sabía también. Yo la besaba. Besaba su cuello, su boca, su vientre; le besaba el alma. Luego, empezó a florecer el sol y la primavera matutina comenzaba a relucir por entre los vidrios. Ya mi andar cansado me sacó de su casa y no nos volvimos a ver.

Ahora sé que ella anda buscando una sombra.