La champeta sin lugar a dudas es más que música, es más que sonidos, cantantes o bailes, representa  una cultura urbana que demarca un legado de los africanos, adaptada y consolidada como propia de una amplia parte de la población de la región…

Champeta all stars, agrupación proveniente de los barrios populares de Cartagena. Foto cortesía.

 

Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro

Cada cierto tiempo la historia se repite y, en muchas ocasiones, volviendo a mostrar lamentables hechos de invisibilización social, discriminación y prohibición de lo periférico y minoritario, mostrándonos o recordándonos que vivimos en una sociedad racista y colonial donde aún se ve con desprecio e irrespeto a las expresiones que están fuera de la institucionalidad oficial –blanqueada y centralista–.

El más reciente hecho de este talante fue llevado a cabo por un personaje de renombre y líder de opinión en lo cultural: El actual secretario de Cultura del municipio de Valledupar, quien, desafortunadamente, ha arremetido en contra del baile de la champeta, asegurando que es “sexo en el aire”, olvidando o desconociendo que las mismas expresiones fueron empleadas para descalificar y prohibir a las músicas de tambores en las fiestas de la Candelaria en Cartagena desde los tiempos de la colonia.

Antes de que la cumbia fuera asimilada por la oficialidad, las cumbiambas (esos bailes populares de donde el mismo Gutiérrez asegura se derivó la música vallenata “tradicional”), era vista como exponente de grosera vulgaridad e incitante a la lujuria, la misma calificación que el secretario de Cultura de Valledupar hace actualmente de esta música negroide y marginal.

Ahora, cuando no se considera que esas músicas, aceptadas o entronizadas como tradicionales, atenten en contra de la moralidad de los mojigatos que siguen viendo al cuerpo como fuente de pecado para el alma y le temen tanto a la sexualidad que nos ayuda a preservarnos como especie, Gutiérrez, en nombre de las élites, toma la posición del inquisidor que no sólo censura una expresión cultural que le es ajena, sino que pretende expurgarla del panorama cultural nacional asegurando que “no tiene raíces, no identifica a nadie, no es de nosotros, es una música comercial”; logrando con esto nada más que mostrarnos su arrogancia y su ignorancia ilustrada sobre los procesos que han llevado a la aparición y arraigamiento de la champeta en amplios sectores urbanos y rurales, populares, del Caribe colombiano.

Una pasión popular que no conoce fronteras y tiene origen en África. Foto cortesía FNPI.

Un breve recordatorio

A Gutiérrez Hinojosa se le olvida (como él ayudó a crear la falacia de que es una música tradicional) que el vallenato es, también, una música popular surgida a partir de unas tradiciones de las cuales, en gran medida, también se alimenta la champeta.

Al igual que esta, el vallenato sufrió por la estigmatización, aunque más social que racial, y aunque las nuestras son ciudades pensadas solo para ciertos elementos dominantes, no para la gente de la calle, para quienes hacen la cultura en la calle, la champeta es poco probable que logre el reconocimiento que se le ha dado al vallenato, a pesar de la identidad que genera y la dignidad que guarda como intento de resistencia al elitismo, la exclusión y la pobreza.

En su actitud descalificadora Gutiérrez deja ver que ignora que el PNUD de la ONU reconoce a la champeta como una estrategia de reivindicación y visibilización de los pueblos afros de Cartagena, logro obtenido en el proceso que pretende que sea declarada como Patrimonio Cultural e Inmaterial no solo de la Ciudad y el Departamento, sino a nivel nacional e internacional.

Asegurar que esta música no tiene raíces es desconocer el aporte palenquero a la historia de la champeta, lo que es muestra clara de sus raíces africanas presentes en los ritmos autóctonos que la han alimentado (bullerengue, mapalé, zambapalo y chalupa, primordialmente), fortalecidas y/o ensanchadas por los ritmos foráneos de claro origen africano (socca, zouk, ragga muffyn y calypso, primordialmente) con los que comparte, entre otras cosas, la difusión sonora por medio de los picós, conocido en el Gran Caribe como sound systems o douk machines.

Negar esa interrelación e influenciamiento de doble vía entre estos ritmos, que constituyen unas expresiones folclóricas contemporáneas de raíces afro, es muestra clara de una ortodoxia recalcitrante que solo relaciona lo folclórico con lo rural y nunca con lo urbano, por lo que es difícil para estos académicos ver las siguientes correspondencias: Los tambores son sustituidos por las cajas de ritmos, el recuerdo de la esclavitud o el cimarronaje por los relatos de la cotidianidad de la barriada, las danzas ya blanqueadas y ajustadas a las expectativas de normalidad por las demostraciones sexuales corporales explícitas, el traje supuestamente tradicional por los jeans (descaderados en las mujeres), las cotizas o abarcas por las zapatillas deportivas y la sala de espectáculos a la que se han reducido las expresiones dancísticas tradicionales por el solar cercado.

Para cerrar

La champeta sin lugar a dudas es más que música, es más que sonidos, cantantes o bailes, representa  una cultura urbana que demarca un legado de los africanos, adaptada y consolidada como propia de una amplia parte de la población de la región, quienes hacen alarde de esta expresión musical como manifestación autóctona de su zona, su clase y/o su raza, que se enriquece con el paso del tiempo con los aportes y contribuciones de los nuevos exponentes, aunque, como muchos otros géneros, ha sufrido transformaciones propiciadas por las industria musical en busca de su expansión en un mundo globalizado que, en varios aspectos, la hacen muy diferente a sus inicios y crea confusiones con otros ritmos urbanos foráneos recién adoptados y etiquetados genéricamente como música urbana.

Finalmente, sugeriría al señor Gutiérrez Hinojosa y a cuantos miren con desprecio a esta música, que se aproximen, con mente abierta, a textos como: “La champeta en Cartagena de Indias: terapia música popular de una resistencia cultural” de Leonardo Bohórquez, “Construcciones de identidad caribeña popular en Cartagena de Indias, a través de la música y el baile de champeta”, de Claudia Mosquera y Mario Provansal, “La champeta la verdad del cuerpo”, de Enrique Muñoz, “Fiesta de picó. Champeta, espacio y cuerpo en Cartagena, Colombia” de María Alejandra Sanz, “De Kinshasa a Cartagena, pasando por París: itinerarios de una ‘música negra’, la champeta” de Elizabeth Cunin y “Champeta / terapia: más que música y moda, folclor urbanizado del Caribe colombiano”, de Nicolás Contreras, que a su vez los remitirán a otros que abordan con seriedad esta manifestación cultural que, como el rap en Estados Unidos, trasciende la música en sí para convertirse en una forma de bailar, vestirse, hablar y ser, tachada de vulgar por la alta cultura y estigmatizada como violenta por las autoridades, reiterando la exclusión y la subvaloración étnica –músicas negras– y de clase, que históricamente han mantenido y atizado las elites europeizantes.