La muy muy se hacía la enamorada en cada esquina, se iba con el tipo a uno de esos bares de mala muerte y buena vida —lo digo yo que soy dueño de uno—y allá les endulzaba el oído con frasecitas pescadas y pronunciaciones carnales y cuando ya los tenía bien prendiditos se los llevaba para la casa gris en la mitad de la cuadra y les arrancaba el corazón.

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Por: Ángela María Henao Suaza

Ilustración por: Laura Henao

Macabra, tétrica, enferma, posesiva, audaz, sádica, hambrienta, sinvergüenza, dolida, maltrecha, hijueputa, como la quiera llamar. Aunque se llama Nirvana Contreras. ¿Contreras? Sí, ese es el apellido de la madre porque el padre tomó rumbo a penas se le infló el estómago a ella. Dicen que se metió debajo del suelo porque nadie lo volvió a ver. Lo dudo, a veces me parece verlo levantando la tapa de los alcantarillados con su cara de rata asomando por ahí a ver si le tiran un pedazo de pan o cualquier miserable alimento que le haga callar por un rato. Nirvana Contreras, parida de una prostituta y bien parida para que no se diga nada no fue capaz con noveno, le quedó grande apenas la pusieron a encontrar que la X, que la Y —a mí no me pongan a buscar lo que a otro se le perdió— decía. Decidió entonces salirse y se dedicó hacer todo lo que  hizo para hacerse llamar como la llamaron.

La muy muy se hacía la enamorada en cada esquina, se iba con el tipo a uno de esos bares de mala muerte y buena vida —lo digo yo que soy dueño de uno—y allá les endulzaba el oído con frasecitas pescadas y pronunciaciones carnales y cuando ya los tenía bien prendiditos se los llevaba para la casa gris en la mitad de la cuadra y les arrancaba el corazón. A mí no me mire con ojos de poeta, señor oficial. Se los arrancaba y con tremendo machete. Los rajaba en el pecho mientras ellos dormían, apenas se despertaban se daban cuenta que estaban muertos. Sacaba el corazón, sin venas, sin arterias, sin ningún estorbo: limpiecito y calientito. Limpiaba muy bien porque espíritu de aseadora siempre tuvo. El cuerpo lo envolvía en costales de arroz, caminaba media cuadra y el resto se lo dejaba al alcantarillado. Después comenzaba a rellenar un peluche. Sí señor, un peluche relleno de corazones. Lo coció ella misma con las telas de una cortina y por un roto los metía uno por uno. No le olía ni ha podrido ni le palpitaban así porque así. Ese peluche no tenía forma de nada, parecía un dinosaurio resucitado  y bien carnudo que se veía lleno de esas bestialidades.

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Unos dicen que ese era el pacto que tenía con el diablo, otros que era la reencarnación de Fulano que se murió, después la casaron con un brujo y le inventaron cuanta ocurrencia se les viniera a la cabeza: aquí son así, qué va. ¿Y qué pasó pues con el peluche? Esta mañana que salí a cerrar el bar encontré a ese dinosaurio bocarriba en la mitad de la calle frente a la casa gris. Estaba rodeado de perros y gallinazos mordiéndole la piel o la cortina, da igual. Yo creo que esos animales querían amor, con tanto corazón que tenía ese peluche cualquiera. No, no me mire así señor oficial. A Nirvana Contreras le fue peor, sino es porque cuando camino me meto las manos al bolsillo y miro para arriba no la hubiera visto. Estaba ahorcada con los cables de electricidad en un poste. Se veía infernal. Parecía Satán bajando del cielo gris para llevarse el alma del  peluche. Yo sí creo que ella no tenía amor porque ningún gallinazo alzó vuelo para allá ni ningún perro se atrevió a alcanzarle los pies.  Ahí quedó colgada, esperando a ver cómo la iban a comenzar a llamar.