Ya lo han asesinado un sinfín de vidas pretéritas, al igual que centenares de veces fue cegado su gran ojo panóptico. Y nada… de nada… su séquito de sátiros lameculos, siempre estarán allí para insuflar aliento de vida a la bestia hedionda y leprosa.

 

Por: John James Galvis

Mácula

Explosión de palomas en desbandada de torpe vuelo, sorprendidas invaden el espacio aéreo de la posesión presidencial; detonadas por estridentes redoblantes.. Arremeten veloces contra la engalanada comitiva, paracaidistas ácaros invasores, excremento y plumas; entoldando la solemne ocasión. Armados de Kleenex y sedosos pañuelos, maldiciente contrataca el séquito desmanchando sus trajes; no sus almas.

Irrumpe por instantes entre los relucientes adoquines un desapasionado brillo meridiano, a tono con el impase. Invicto, sonríe el dignatario de turno, luciendo la banda potestad. Sombrillas en vuelo a diestra y siniestra lo acogieron; el traje impoluto acrecentó su eminencia, sirviese de vaticinio y buena mar. No así para la nación.

 

Estructura panóptica. Fotografía / Yorokobu

El gran ojo panóptico

El cíclope con su gran ojo panóptico embadurnado de corruptela y sangre todo lo advierte, desde infranqueable altura su avasallante omnisciencia domina. Vetustas ovejas de cultivo, fichas claves emplazadas a voluntad son: a la lanuda, esquila; a la lechera, escurre, y a la robusta, degüella. Afianzado en reluciente mármol de Carrara su poder inviste; con gangrenosos apéndices extendidos hasta las altas cortes, manipula, instituye y legaliza su putrefacción.

“La moral reformada, la salud preservada, la industria vigorizada, la instrucción difundida, los cargos públicos disminuidos, la economía fortificada”…. a voz en cuello vocifera el gigante estulto y longevo, pero de hábil y atávica argucia.

De seda y púrpura sus atavíos refulgen, mas las ilusorias lentejuelas no le advierten su miseria y desnudez. En bandeja de reyes con entalladuras de oro y plata banquetea, pero hay muerte en su cena; posee un millar de oídos, raudos como pies alados de Mercurio discurriendo por la entera nación, es su talón de Aquiles; escucha lo que quiere. Vocifera como el trueno y sus mandatos centelleantes relámpagos del Catatumbo, de extremo a extremo van; no hay eco en sus palabras.

Alijos malditos esparcen su hedor; los ratones de turno danzan en su locura, y “se multiplican como ratas”, puede decirse que les va bien. Venden progreso como prédica donde no hay fe.

Ya lo han asesinado un sinfín de vidas pretéritas, al igual que centenares de veces fue cegado su gran ojo panóptico. Y nada… de nada… su séquito de sátiros lameculos, siempre estarán allí para insuflar aliento de vida a la bestia hedionda y leprosa. Le vestirán túnicas investidas de poder, por hilos llevados tras biombos danzarán sus manos trazando en el aire portentos presagiosos. Descolgadas gargantillas rutilantes de verborrea acento escurrirán de su decrépito gaznate y, sin embargo, seguirá encandilando multitudes con su prédica amañada. Al fin y al cabo, le pondrán una prótesis de goma, un Aleph de cristal o una gran bola de mierda en ausencia de su colosal enucleación; es igual.

 

El valioso arte de arrojar desde lo alto

Cuenta la historia, que en tiempos de la malvada reina fenicia Jezabel, hartos de opresión y libertinaje de la inicua dama, sus propios sirvientes hebreos osaron defenestrarla desde los altos muros de palacio; siendo devorada por insaciables fauces cancerberas, en el mismo instante cuando su ser impactado reventó como sandía madura contra los justicieros adoquines, atravesando de tal manera el insoslayable portal entre vivos y muertos.

En días recientes, sucedió en la “ciudad de las cien torres”, de coloridos edificios barrocos y góticas iglesias custodiando la antigua plaza relojera; aun desde sus torres y alcázares más conspicuos vieron descender por sus aposentos y ventanas a reyes, condes, oficiales y alcaldes; honorables miembros del concejo, nobles católicos, que raudos se precipitaban a malograrse contra tierra; bajo el carbunco título nobiliario de Von Hohenfall, o caídos desde lo alto. Una vez, perdidas las atávicas costumbres, nos hemos atiborrado de malversantes políticos e inicuos gobernantes.

*jgalvis569@unab.edu.co