El universo de las letras  nos acerca aún estando en lugares remotos, nos permite plasmar sentimientos, expresar deseos, nos permite sentirnos y  logra que una infinidad de lectores hagan parte de nuestras historias. TRAS LA COLA DE LA RATA  publica  la correspondencia cruzada, inédita,  de dos personas, dos escritores  que han vivido entre letras, que han leído y han sido leídos, que  han hecho uso del género  epistolar  que tan olvidado ha estado en los últimos años.

 

Correspondencia cruzada entre Alan González  Salazar y Rigoberto Gil Montoya

Pereira, jueves 6 de septiembre de 2012.

ALAN GONZÁLEZ S.Atrás quedó el mes de los vientos donde voces e ideas se arremolinaron en torno a la celebración de los 149 años de la ciudad. Este carnaval, como la gran mayoría, es el cumplimiento de un ciclo que recoge los frutos de la tierra, de la voluntad; es el tiempo donde se elevan los himnos que han caracterizado nuestra región, el progreso incesante, la conquista del futuro y el espacio, la apertura, como dice Gustavo Colorado, hacia las corrientes del mundo. Ahora bien, sé que ninguno de estos aspectos le son ajenos por obvias razones, ya que ha intervenido usted, rindiendo todas sus competencias en cada nueva página,  en la comprensión del devenir histórico de la ciudad. Pero yo quiero contarle otros sucesos al margen de este río:

Consintió el destino en darme una formación singular. Tres pedagogos, para la fecha en que culminaba la primaria, habían ideado un proyecto educativo que se dio en llamar Escuela Itinerante Socializada, el cual pretendía corregir las contingencias a nivel de la enseñanza, que tan cara le ha sido a la formación de los seres humanos, con ideas que hoy y siempre se han calificado de “revolucionarias”, estas son, las de un proceso extramural, dialéctico, de jornada continua, que se remite a la materia concreta que es objeto de su conocimiento. María Éibar por ejemplo, impartía ética al mejor estilo griego, María Eugenia era la encargada de las ciencias duras y Eduardo Restrepo, desde su visión como escritor, nos hacía extrañarnos de todo; añádase a esto los espacios extracotidianos y el sin fin de instituciones y personas que nos acogieron con lo mejor y lo peor de sí mismas (nos movíamos entre rencillas). En fin, cercados por la crítica y la envidia de sus pares, lejos de la protección del político de turno y sin el apoyo del Ministerio de Educación, su quimera pedagógica, cortada las alas, perdió vuelo, hasta sentarse en una institución “regular”, desde donde fueron trasladados. Era de esperarse que a los tres años enfermara… por poco y no termino esa condena del bachillerato.

Gracias a Eduardo me enteré de su existencia como escritor, recuerdo con vaguedad una historia enmarcada en los suburbios, un par de películas y mucha música en inglés. Desde entonces no me ha abandonado su presencia, que con el paso de los años se ha hecho tormentosa. Deje que le explique. Yo no quería ser escritor, aunque en la escuela Itinerante ya nos habían inculcado el hábito. Sólo recuerdo que quería la muerte… bueno, esto no ha cambiado; la diferencia radica en que mi madre, para el día en que había renunciado a todo, sin querer ya salir del cuarto, me tendió un libro “que podría ayudar” en la búsqueda del sentido de la vida. Tres días bastaron para agotar la historia. Desde entonces, quise asomarme a todas las ventanas, sin que por ello pudiese evitar el daño que tales ensueños le imponían a mi consciencia. Discusiones recientes asumen la lectura (terapéutica) como tratamiento voluntario de evasión, nosotros discutimos, por el contrario, lo que se ha dado en llamar “Bovarismo”; así, los grandes asaltos deliberados de la energía juvenil se desperdigaron en los sueños de la Historia, “La imaginación fue mi única salida de emergencia en un caserío donde la muerte y la locura acechaban entre las sombras y el polvo”, escribo en esa primera obra que recién saldrá editada. Quiero hablarle precisamente de este infierno musical. Hoy, que puedo escribir, lo considero a usted “un enemigo íntimo” (música de fondo), por varios antecedentes:

No sé si recuerda que estudié teatro y que hace siete años usted publicó un artículo en la Revista “Pulso”, que dirigía Mauricio, en donde hablaba de Antígona. Para el grupo fue todo un elogio. Luego me decidí por estudiar Español y Literatura y no fue sino hasta el final de la carrera que nos encontramos… ahora me resulta paradójico el hecho de que haya decidido estudiar un tema que usted había indagado hacia unos años en México, sí, la novela urbana latinoamericana, la novela fundacional de la ciudad en cabeza de Roberto Arlt, la narrativa de los marginados, el hombre del subsuelo. Asuntos que discutimos de forma amplia en clase, hasta el punto de perdernos en los antecedentes más remotos, no sin replicar ciertas afirmaciones osadas que lo que hacían era “echarle más leña al candil”. Fue tal la afectación de los compañeros al final del semestre por la renovada inspección, por el hermetismo y la intransigencia de algunos conceptos, que sólo decidieron asistir al parcial final. Perdone usted de todas formas la rebeldía y el ímpetu que muchas veces nos dejaron ofuscados, caminando en la noche después de clase…

¿Es el destino, con su risa de liebre metafísica, el que se burla de nosotros? En esta paradoja vuelvo sobre el sendero que usted ya transitó. Corríjame si me equivoco. Cuando se encontraba culminando el pregrado ¿no mereció usted el mismo reconocimiento? Entonces y como le diría Fausto y Mefistófeles, ¿Cuál es el camino? ahora que la catástrofe del triunfo tiende un velo sobre lo que me era claro y puro. Es la fama, ese monstruo griego con mil bocas, la que habría que temer; dirá usted, que esas cosas poco importan para quien deja su vida en cada palabra, pero no está cerca, sino en la “conchinchina”, allá donde nace el sol. Recuerdo haberle preguntado en clase si no era ingenuo de mi parte enviar la novela al concurso, a lo que no tardó usted en responder con sorpresa.

Sí, la tierra que nos vio crecer integra nuestras voces a su historia, en esa fecha simbólica del 30 de agosto 1863, su tercera fundación después de un fusilamiento, ¡Nos integra en este tan esperado mes de agosto! como los hijos del tesón y la osadía. Sólo que yo tendré que aprender a deshacer los pasos, ya tan marcados.

 

Con aprecio, de su amigo:

Alan González Salazar

 

***

Beijing en septiembre.

 

eldiariocomco

Amigo Alan:

Hablemos de usted,  es decir, hablemos con la leve intimidad que nos permiten las palabras, las mismas que anuncian un tú o un usted, pero nunca el afecto que puedan guardarse allí.

 

Recordará usted que en noviembre llega el arzobispo y que en diciembre llegan las brisas.  Déjeme contarle que aquí en Beijing ha llegado el otoño y con él, la brisa, el sol que tuesta las hojas apenas caen, mientras un músico viejo me regala, todas las noches, una dulce melodía que consigue dominar en un instrumento de cobre. Creo que es una flauta de cobre. No me pregunte por qué, pero quiero creer que es un instrumento de cobre, de esos que solía ver en las películas de mi infancia, cuando el mundo de los chinos se hacía aire, flores de colores vivos, bambú y patadas voladoras.

 

Hay al lado de mi residencia un parque íntimo y pequeño, como en los poemas de Lorca. El viejo toca allí su instrumento; empieza a las siete de la tarde, no a las cinco de Lorca, porque las cinco de Lorca, sabrá usted, es la hora de la muerte para el toro o para el hombre. El viejo empieza a las siete de la tarde, que es la hora del descanso. Toca como agazapado, como queriendo fundir su música con la música de alas de las noches de otoño, mientras su cuerpo se hace frágil como la piel de las mariposas. Y hace dos días me atreví a entrar en ese parque casi a oscuras, casi a ciegas, como en un laberinto que desemboca en el centro de un círculo hecho a la medida de un redondel de bancas forjadas por el hierro de ilustres dinastías. El viejo me vio sentarme cerca suyo, pero no se inmutó. Siguió tocando su instrumento con una delgada melodía que podría parecerse a la forma del bambú. Así el artista: no se inmuta frente a nadie: sólo sigue tocando, buscando la perfección en el sonido, siendo él en aquello que se respira en el aire. El artista sólo toca para él, pareciera decirme el viejo, indiferente, en la hora de la entrega a su música de alas. Y estoy de acuerdo con su silencio de sabio nocturno: el artista sólo es artista para él, porque él, sólo él, es quien necesita salvarse de algún modo, tener el brío necesario para superar las siete de la noche, porque tal vez, no sé, a las diez, parodiando sin fortuna al poeta de Santa Rosa de Osos, esté el amor, y sino, esté la soledad, la segura soledad de los poetas que usted suele recordar mientras camina rumbo a las orillas, aún misteriosas, del Otún, un río que fluye y fluye, como la poesía en su novela.

 

Ahora que saldrá su primera obra empezará a comprenderlo. Porque ahora se siente, a pesar suyo, a pesar de su carácter, a pesar de su temblor en las manos, a pesar de sí mismo (“El artista tiene siempre un mortal enemigo/ que lo extenúa en su trabajo interminable/ y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo”, decía Gómez Jattin), triunfal. Eso está bien, y para eso son los premios, para que el artista salga, al menos por un momento, de su parque íntimo y pequeño. Pero pasarán los días, amigo Alan, y fuera del parque el mundo seguirá igual, la gente igual, la envidia igual, la literatura igual y la ciudad con un agosto más sobre su dermis de emergencia y sensualidad. Alguien leerá su obra a medias. Alguien a quien usted ha regalado su novela con entusiasmo, la mirará desdeñoso y dirá entre amigos (a usted le llegará el eco), apenas concluida la lectura de la primera página, que el jurado sí que se equivocó. Alguien la leerá y encontrará diez terribles errores, uno en la página 78, pero el más reprochable se encuentra en la 86, como una afrenta para el escritor nervioso. Quién sabe si algún familiar suyo la leerá. Los artistas suelen venir de familias iletradas, proclives a las meras ceremonias. Siempre habrá un lector, es cierto, esperando su novela. Y en el lugar menos esperado: quizá en las minas de carbón en Quinchía; quizá en una tienda de guarapo en Sipirra; quizá en el barrio Kennedy, en una tienda diagonal al parque. Por ese ser misterioso, que tal vez nunca conozca, vale la pena internarse de nuevo en el parque íntimo y pequeño. Allí hay música, por lo menos.

 

Ahora bien, lo que ya no  será lo mismo, y eso sólo lo sabe el artista, es la música que al día siguiente, a las siete de la tarde, tendrá que interpretar con el mismo instrumento, aunque ahora convertido, en virtud de la noche,  en un bambú de cobre. Quiero decir: usted ya no será el mismo, porque el artista que anida en su actitud y en su ebriedad, entenderá cuánta responsabilidad habita en sus palabras. El problema es la segunda obra, superar ese primer envión que la vida, a veces generosa, nos ofrece. Pero también la tercera, porque quiere decir que el artista es adicto. Y la adicción sólo se cura o bien con el silencio (las novelas mentales a veces son las mejores), o bien aconductado en una clínica para el reposo (sus poetas predilectos tocaron la locura), bajo el efecto de barbitúricos que inyectan otra nueva adicción a realidades tan efímeras como la euforia, como la gloria.

 

Lo mejor de todo es seguir viviendo, amigo Alan, con o sin enemigos íntimos, con o sin poesía. Vivir vale la pena, lo pienso ahora tan lejos de mi casa, y tan cerca de esa melodía que justo ahora, lo juro por el dios de los caminantes, llega nítida hasta la línea de esta página que ya pronto le enviaré con una sentida alegría por su triunfo.

 

Su carta me alegra, me llena esta soledad donde el sol tiene la brisa del otoño y el lenguaje de los transeúntes, el misterio que los hace sabios y pacientes, mientras recorren las calles montados en sus bicicletas zancudas. Su carta me recuerda que estoy envejeciendo, pero que jamás perderé la capacidad de sorprenderme por la existencia de los otros. Ahora lo recuerdo en clase: ameno, atento, punzante en sus preguntas, lúcido en sus conclusiones. Ahora recuerdo que usted me dio a leer fragmentos de su novela (¿o sería de la segunda?) y que hablamos de poesía y de excesos y de adjetivos y de otras cosas menudas. Claro, el teatro, la puesta en escena. Claro, sus personajes saben de guiñoles y tramoyas. Y usted sabe de la vida, amigo, porque también sabe morir en sus personajes: Él o Ella, ahora lo recuerdo.

 

Cuando me describía en su amable carta los momentos de la Escuela Itinerante Socializada, pensé de inmediato en Arturo Belano, el personaje de Bolaño en Detectives salvajes. Pensé de pronto que la vida de los artistas ya está escrita o parodiada en alguna parte. Quizá usted haya sido inquilino en el mismo ventorrillo donde vivieron Astier, Erdosain o La coja. Quizá usted inventando otra ciudad, y este amigo íntimo que escribe mientras usted duerme, querrá encontrar una banca de parque para que sigamos hablando de libros y vidas ejemplares. Ya habrá tiempo para eso, amigo Alan, cuando al calor de la cerveza podamos brindar, de una vez, por su novela.

 

 

Un abrazo,

 

Rigoberto Gil M.