Atormentado y espoleado por la figura de Céline y Fante, Charles Bukowski en sus líneas representa lo mejor de la real América del siglo XX: una gran masa de expatriados que ha dejado la diáspora de dos grandes guerras; unos náufragos de sueños que han desembarcado en una tierra que se traga enteros a los menos despabilados.

 

“Factotum” (2005), con Matt Dillon como Chinaski.

“Factotum” (2005), con Matt Dillon como Chinaski.

“Me gustaría ser amable…

pero es esa maldita Oficina de Correos”.

Henry Chinaski.

 

                                                                                                                  

Por: Pablo Andrés Bedoya Valencia*

Chinasky  discurriendo por Factótum (1975), un joven Chinaski en La senda del perdedor (1975), Chinaski haciendo de las suyas en la Oficina de Correos en El cartero (1971), Chinaski figurando en retorcidos cuentos. Acaso quién es  ese tal Henry Hank Chinaski para que deambule a placer y tenga pasaporte para estar en los cientos de líneas de Bukowski. Tal vez un personaje tan querido y a la vez tan purulento como el mismo Bukowski. Tal vez él mismo. A salvo de la fealdad, a salvo de una nariz de pesadilla y de unos gargajos sonoros. Pero qué digo. Sí es él mismo. Un héroe como pocos; un héroe de los vagos, mentirosos, embusteros, depravados, marginados, soñadores. Sí, los perdedores también sueñan, aún sin dejar de ser malvivientes, alcohólicos, lujuriosos, jugadores, pendencieros, y un largo etcétera. Bukowski, y en consecuencia su alter ego (H.H.C.), son héroes que encantan, porque parecen representar al grueso de la población, o por lo menos,  representan sin asco ni pudor esa materia prima que tanto nos encanta abierta o veladamente: sexo, drogas, contiendas, ocio, buena vida.

Y es Bukowski  quien mejor sabe representar la fealdad y asimismo darle un aura de arte. Él es quien odia escribir pero quien escribe para meterse unos billetes al bolsillo y así poder continuar la juerga. Lee sus versos ante unos imberbes chicos de universidades norteamericanas que le miran con un brillo en los ojos, solo permitido a quienes se encuentran frente a su dios personal; lo observan con reverencial atención, y las chicas, bueno, las chicas  parecen escurrirse en deseos frente a un patriarca horrendo pero entrañable. Todo esto, con el aderezo de luego escupirles en la cara. Empero, le siguen amando. Porque Bukowski es real.

Charles+BukowskiEl maestro del realismo sucio no se anda con “pendejadas”. Su alter ego, ni siquiera es su alter ego, quiero decir, no se acerca a esa idea que la literatura psicológica denota como la representación ficcional de otro “yo” que se asemeja en mucho, en actos, emociones y psique al “yo” real. Bukowski no necesita mal formar esa posibilidad de la estética literaria. Se basta y se sobra con ser, con haber existido. Chinasky no es su alter ego, es él: sin ribetes dorados, sin falsas ínfulas, sin pretender ser algo sublime. Es un perdedor, un cartero, un factótum, o un follador. Como quiera, es él.

Atormentado y espoleado por las figuras de Céline y Fante, Charles Bukowski en sus líneas representa lo mejor de la real América del siglo XX: una gran masa de expatriados que ha dejado la diáspora de dos grandes guerras; unos náufragos de sueños que han desembarcado en una tierra que se traga enteros a los menos despabilados. La gloria y el poder que pretenden alcanzar en los embarcaderos americanos no son sino quimeras pintadas en los imaginarios de la destruida vieja Europa. Pero aquí es donde se configura la personalidad del autor, aquí encuentra pábulo su imaginación literaria, aquí crece, atormentado por sus experiencias de escolar y por una violenta figura paterna, aquí se fragua el despropósito de la literatura moderna, coadyuvado por ese crisol de razas y extraordinarios acontecimientos de la nación más poderosa de la historia; aquí pergeña unas líneas saturadas de hábitos y ocurrencias, de sueños y de desidia, de hilarante imaginación y de sórdidas pesadillas.

Es también en la maravillosa y abrumadora América donde un apabullado y algo timorato Charles (con nariz de berenjena) encuentra su quehacer en el Correo de los Estados Unidos. El Charles real, entonces no puede dejar de exhibir sus peripecias en sus novelas, su opera prima, es de lejos uno de sus mayores registros autobiográficos. La vida del cartero Chinaski se expone pormenorizadamente; conoce gente a diario, pelmazos a granel, la recurrente imagen de la “tipa” no se puede zafar de su frente: el culo y las tetas de las parroquianas parecen una ostensible y sacra efigie para el mal ponderado Chinaski. Por su parte, follar y beber, sudar whisky y maldecir son sacados de las vividas experiencias de su autor. Chinaski y Bukowski uno son.

En esa medida, y para que el resto de los mortales lográramos conocer a este par de “depravados”, no se puede dejar de referenciar la importante participación de Black Sparrow Press, aquella pequeña editorial que vio en Bukowski un filón insospechado, de tal suerte que se la  jugó toda por este sacrílego tipejo de aspecto horrendo y sonrisa tan salaz como lunática. Y sí que jugaron sus cartas con riesgo de perderlo todo: permitirle a Bukowski que a placer eligiera los títulos tórridos de sus obras, es un movimiento atrevido; “follar” como parte de un título o repetir la palabra verga (dick) decenas de veces en una obra impía y libre de formalismos estéticos, solo dispuesta a hacer reír a como medio para exorcizar los terribles demonios que asolan a su autor, pues bien, eso merece un aplauso por cuanto tiene de decisión temeraria e iconoclasta.

¿Pero cómo entonces puede una literatura enferma y perversa para muchas opiniones, calar tan hondo en nuestra sociedad actual? Pues bien, hay un renovado interés por este hijo de la vieja Europa, ya pocos parecen desconocer la figura del “abuelo depravado” y los círculos literarios muestran un ejercicio febril en torno a sus escritos, tal como los amiguetes de Fay en El cartero que conforman talleres literarios, asumiendo perfectamente su rol de burros que se rascan la espalda, mientras se leen en un contubernio o sociedad de mutuo elogio. Y Bukowski se lo veía venir. Sabía que la bilis de una época se transmutaría en guirnaldas nomás su carne fuera pasto de los condenados:

 Lo peor de todo es que algún tiempo después de mi muerte se me va a descubrir de verdad. Todos los que me tenían miedo o me odiaban cuando estaba vivo abrazarán de repente mi memoria. Mis palabras estarán en todas partes. Se crearán clubes sociales y sociedades. Será como para volverse loco. Se hará una película de mi vida. Me pintarán mucho más valiente de lo que soy y con mucho más talento del que tengo. Mucho más. Será como para hacer vomitar a los dioses. La especie humana lo exagera todo: a sus héroes, a sus enemigos, su importancia. (Bukowski, 1979, Play the Piano Drunk Like a Percussion Instrument Until The Fingers Begin To Bleed a Bit)

La respuesta entonces a la pregunta inicial del anterior párrafo queda abierta a todo tipo de conjeturas, pero de entre todas no puede dejar de destacar la que reseña la divertida narrativa y la desenfadada prosa de alcantarilla del autor que, contra todo pronóstico, le valió un reputado nombre en el egregio panteón de las plumas malditas.

bukowskiSin duda alguna, Bukowski sigue los pasos de su adorado John Fante: infinidad de  datos autobiográficos son palpables en su personaje Chinaski; la  misantropía es evidente, el desaforado afán de ligar con una y otra, y el derrotismo del diario vivir que junto con el alcoholismo (no por nada nuestro cartero se acuesta a las 2 am  y se levanta a las 4 am para partir hacia su “ruin” lugar de trabajo) establecen paralelismos incontestables. Ambos personajes trabajan para el Estado durante más de una década para luego verse sin una “blanca” en el bolsillo. Ambos hombres manifiestan una declarada animadversión por todo que sea sociedad, por todo lo que represente un estilo de vida “calzado a la medida”.

 Como cualquiera podrá deciros, no soy un hombre muy agradable. No conozco esa palabra. Yo siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien afeitado, con su corbata y un buen trabajo. Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y mentes rotas y destinos rotos. Me interesan. Están llenos de sorpresas y explosiones. También me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad. (Bukowski, 1973, Se busca una mujer)

No obstante, esa figura de semental, de tipo duro y de desobligado, se cae a pedazos cuando la intrigante y divertida personalidad de Chinaski se escurre en debilidad sentimental (refrescante para la realidad) ante determinadas situaciones en El cartero, demostrando ese lado humano que se esconde amargamente tras ese indeseable, forjado y galvanizado en mil capas de miseria. Y  es que no podría entenderse de otra manera: un Chinaski furioso con Joyce por patear al perro, un Chinaski solicitando a gritos ayuda para el bueno de G.G. en la Oficina de Correos, un Chinaski derrumbado ante la muerte de Betty, no solo demuestra ese cariz cálido y tierno del perdedor, sino que también arroja fuertes luces del porqué un viejito verde y mañoso logra despertar tamaña admiración a pesar de lo execrable (para unos) de su prosa y lírica.

Enhorabuena ambos personajes decidieron abandonar sus ruines vidas, alimentar la fantasía con el hambre y la necesidad, dar el salto de fe y abrazar el gran reto de sus existencias. Aun cuando sus carnes ajadas y trémulas les dictaran la escapada hacia el retiro, Chinaski y Bukowski se decantaron por plasmar sus años más retorcidos y perversos en una hoja en blanco. Prefirieron morir de hambre y escribir e intentar vivir del cuento, antes que volverse locos en una estafeta. Y que se sepa, uno de ellos lo logró.

* Licenciatura en español y literatura.