¿Descuido o rebeldía? Un ángel inocentemente seductor

Con este primer artículo pretendo armar un recorrido por la narrativa homoerótica de todo lo que cae en mis manos. La serie se titulará La ruta de la magia blanca.

Del pintor Wes Hempel.
Del pintor Wes Hempel.

Por: Jáiber Ladino Guapacha

Un requisito indiscutible, para el sano ejercicio de la democracia, lo constituye la noción moderna de autonomía. Determinarse, responsabilizarse, direccionarse a sí mismo, permite la adhesión a colectivos con intereses similares. Y, a partir de esos grupos, con distintas orientaciones políticas, debatir y elegir el paso a dar, con beneficios mayoritarios y cada vez más incluyentes.

Una bandera, unos colores, un himno y unos cuantos conceptos expresarán la naturaleza del colectivo, configurarán la tribu no ya sanguínea, sino de elección afectiva, saltándose la necesidad de territorio.

Posiblemente, la novela de Mendicutti se trate de eso. De la construcción de un ícono rebelde. La re-mitificación de la leyenda para introducir una nueva lectura con proyectos de inclusión.

Ahora bien, para esta propuesta de acercamiento al texto literario, es necesario equiparar la pertenencia a una iglesia, con la pertenencia a un partido. En ambos casos, la determinación del sujeto, el plantarse de cara a las instancias de su colectivo para afirmar cada una de las opciones que lo integran, lo conforman, es un ejercicio de poder autónomo, que puede provocar fisuras en el sentir de la masa, pues es una evidencia de inconformidad.

¿Cuál es pues la trama de la novela de Mendicutti, para introducirla con ideas políticas?

Es una historia de amor entre dos adolescentes, varones. En un espacio religioso, son novicios. En España, 1965. Uno de ellos, el que narra, Rafael Lacave, es un ejemplo de autodeterminación: sufrió el empaquetamiento (expulsión) de su comunidad religiosa, cuando se hizo incontrolable para los superiores, su relación con el hermano Nicolás Camacho, otro novicio de su edad.

Poco a poco, con la poca información disponible para su época, Rafael se va reconociendo como homosexual. Y aunque le han dicho que se trata de una patología, le han leído el pasaje de la destrucción de Sodoma y Gomorra, Rafael –que ha escuchado con atención, sin cuestionar– no está dispuesto a renunciar a su amor por Nicolás, así se desbarate el mundo a su alrededor. Ama y no sabe de contención, de límites. No le importa lo que se descompongan los demás, tiene la fuerza de la juventud, del primer amor.

Las luchas de los hermanos por verse en el espejo, su propio nombre reflejado en el del ángel que ha imaginado como protector, configuran la autodeterminación de Nicolás. Voluntad que lo enfrenta a la vida de adulto y que en la mayoría de edad, a pesar de la nostalgia, brilla como la cualidad necesaria para encontrar nuestro lugar en la vida.

Como sólo lo sabe hacer la literatura, que nos iguala en un novicio dispuesto a defender sus sentimientos sino con el auxilio divino, sí con el de la imaginación, en una empresa rebelde, cuando sabe que no le quedará más que despojarse de la religión para revestirse de una auténtica fe.

Viernes, 5 de marzo de 1965. En el jardín, las acacias guardan entre sus ramas los secretos de las almas de los novicios, como confesionarios verdes que son la memoria de todos los que alguna vez pasaron por aquí. Hoy las acacias parecían árboles felices. A su sombra, por el camino que lleva a la lavandería y los almacenes, se han oído las pisadas de un ángel que corría a esconderse para no tener que merendar. Y es que hay días en los que merendar es hacerse con el alma un bocadillo. (p. 75).

EDUARDO MENDICUTTI, El ángel descuidado. Tusquets Editores. 2ª. Edición Septiembre de 2002. Barcelona, España.