La tarea de creación es un atributo, que no por inercia implica su eficaz desarrollo. Lo es en igual medida la técnica: polifonía, diálogos, memoria. En Después el aire el punto de vista del narrador se sobrepone a la gramática

Por: Elbert Coes

La lectura de una obra premiada se presenta, entre otras, con esta disyuntiva: uno ignora si la responsabilidad del acierto o desacierto recae sobre el autor, el jurado o el editor. Para precisar dicho examen es necesario prescindir de los dos últimos, con la finalidad de que esta labor, ardua por inercia, se simplifique.

Por varios motivos estoy entre los interesados en examinar las obras ganadoras de Estímulos, y hacerlo significa ponerse, merecido o no, a la altura del jurado; acto valiente, aunque sin los mismos efectos. Es posible, diría, tal vez justificando el ejercicio que estas líneas signifiquen más de lo supuesto, sentido en el que debo ser cuidadoso; especialmente porque el sistema carece de entidad que expida licencia para reseñar. La novela Después el aire de Diego Vélez vio la luz tras ser galardonada en 2016. En este texto refiero un breve análisis.

Gusto del simbolismo, pero soy extrañamente escéptico a que estos habiten por montones una novela realista. Me rindo sí ante el manuscrito cuya intención es ser escudriñado. La Biblia es un buen ejemplo. Digamos en Moisés, desde la perspectiva literaria, se observan atributos de legista y de profeta. ¿Y cuál ha sido la previsión del patriarca? Desconocemos su capacidad adivinatoria, salvo el fáctico visionario de la norma como elemento social indispensable. De este modo confío en el carácter tácito del título que lleva Después el aire, y confío también en la cuidada elección del autor, reitero, sin necesidad de haber recurrido al simbolismo. Leer entre líneas es una opción, por supuesto, subjetiva e íntima.

La novela cuenta con ocho capítulos, cada uno dividido en hasta cinco partes. Tampoco apuesto a favor del estructuralismo literario, pero facilita el ejercicio desde este ángulo. La fábula es novedosa, algo intrincada, mezcla de periodismo e investigación corporativa. Posee una suerte de existencialismo que tal vez con menos palabras habría calado más hondo.

Gloria, una joven apasionada por la fotografía y algo tímida, debe abandonar Manaure, tierra de su genealogía, para ponerse al amparo de Edmundo San José. Edmundo trabaja en Salt EA Company, poderosa multinacional a la que guarda un secreto, secreto del que en cierta medida es cómplice. Pronto, al cometer un error impulsado por sus emociones, se ve obligado a abandonar Manaure y pide a Gloria que se vaya con él a Barcelona.

Mientras Edmundo continúa su trabajo para la compañía —ya instalado en España—, Gloria lleva una vida modesta junto a varios jóvenes intelectuales. Entre ellos conoce a Józef Korzeniowski, quien pondrá su vida de cabeza. Si bien hay otros personajes relevantes, dado que, como dije, el relato es intrincado, son los tres mencionados quienes cargan el peso de las mutaciones; es decir, el viaje del héroe. El primer capítulo contiene un elemento de enganche, fluidez e intriga; truculencia que se extiende hasta donde el lector comienza a hacerse preguntas cuyos vacíos bien pudieran ser deliberados. Después el aire está contada en forma polifónica, lo que crearía la necesidad de que el lector mismo resuelva sus inquietudes.

El cuarto capítulo va de la voz de Raúl, un programador que sin saberlo hiende el dedo en la llaga. Como ingeniero de sistemas introduce al lector en un lenguaje especializado. El capítulo resulta elegante y da lugar a un encuentro entre el narrador y Gloria. Se percibe entre ellos una falta de química soportada en las motivaciones internas. Pienso que quizá el cómico arquetipo de perseguidor y perseguido obstinados pudo haber enriquecido la escena.

En el capítulo quinto se aprecian varios correos que Gloria envía a Magdalena, otra millennial implicada en la trama. Cartas que exentas de intelectualismo resultan atractivas y por momentos líricas. No obstante, ralentizan el relato. Ocurre a nivel de fábula y narrativa: Gloria, quien porta la voz, resuelve rumiar asuntos ya conocidos por el lector. En su sique, es innegable el avance, ya que Manaure pasa de ser Ítaca a convertirse en Ilión. Con, cito textualmente, “Manaure no es como la recordaba, no existen ya las imágenes que buscaba”, nos permite reflexionar sobre su paraíso perdido —jamás recobrado— y acerca de los detalles que desaparecen, ¿cuáles son esos detalles para ella? Las cosas que echamos en falta también hablan de quiénes somos. Aquí Gloria recuerda sí a su némesis, Salt EA Company, que persiste en sitiar su tierra, igual que los treucos contra la fortificada Ilión. Esta intolerancia del personaje emerge por la aberrada multinacional que la obliga a reconsiderar el impacto producido en su destino.

La tarea de creación es un atributo, que no por inercia implica su eficaz desarrollo. Lo es en igual medida la técnica: polifonía, diálogos, memoria. En Después el aire el punto de vista del narrador se sobrepone a la gramática —sacrificio certero en ocasiones—, pero debilita el argumento. ¿Escribimos para contar o contamos para escribir? La diferencia esclarece la respuesta.

El capítulo sexto asoma por mis expectativas tras el primer momento de la novela. Abunda el drama, pero sin tensión no hay relato. Carece de acción, cierto, sin embargo, rastrea nuestra realidad. Por poner solamente un ejemplo: Odebrecht versus periodismo colombiano. Periodistas los tenemos de dos clases; nos competen los que se cuestionan antes de publicar información, que sopesan sus fuentes y se autoexaminan en ética y moral. Este capítulo, en general, redondea sobre el relato y mantiene vivos a los personajes. Con los tintes cinemáticos que esboza, podría ser la secuencia literaria de una serie moderna. No pretendo definir si eso está mal o bien, sino que apuesto por que el autor es consciente de sus referencias. Considero positivo se asuma por parte del escritor ficcional, con toda honestidad, que es válido alimentarse también del cine.

Para precisar algunas anotaciones finales, refiero la relación de los esposos, Gloria y Edmundo. Esta, conveniente, consciente y desapegada, no por ello cae en lo trágico. Más allá del resultado, o la expectativa del lector, de principio a fin es a la vez condena y triunfo. Digamos, quizá, para los sujetos expuestos, esta sea una reafirmación de que las “estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad” y accedieron a dicha “oportunidad” del mejor modo posible. Como en los senderos bifurcados del laberinto que representa la vida, donde se elige la opción menos trágica pese a no ser la más dichosa.

He dicho ya que Después el aire se aleja de ser un relato de acción —acción que anhela consumir un acérrimo lector de Kipling y Auster—, empero, insiste en plantear interrogantes existenciales. Y bien sea fortuna abandonar la fábula de dos ejércitos que se atacan secuencialmente, cual inmolación insinuada por los dioses, o bien sea infortunio optar por contar para escribir, la sobriedad, el cuidado de estilo, la realidad contemporánea, sostienen el relato. Permítaseme de cierre la atrevida hipótesis de que el capítulo octavo y el epílogo no se escribieron.