MARGARITA CALLE-1Los gobernantes de los últimos años poco se han preocupado por repensar la ciudad desde su dimensión estética, simbólica y, por ende política, esto es, como un dispositivo de relación para los ciudadanos, adecuadamente embellecido y ornamentado para animar una vida en comunidad, amable, afectiva y sostenible. 

 

Por: Margarita Calle *

Pereira luce fea, demasiado fea en los últimos años. Sus calles sucias, contaminadas, atestadas de vendedores ambulantes y rebuscadores, muestran que la ciudad se le está saliendo de las manos a sus mandatarios, y que lo peor está por llegar. Las calles acabadas y los parques abandonados a su suerte se han convertido en zonas oscuras, habitadas por el miedo y la desolación; el rastrojo y la maleza crecen sin control en los separadores y en los sardineles, alimentando plagas y ocultando la basura. La ciudad se ha vuelto invivible, ya no responde a su naturaleza antropológica de ser soporte de la vida política y social de los grupos organizados, pues en ella sólo habita el caos y campea el abandono.

Como consecuencia de la improvisación, la falta de horizonte político, de sensibilidad estética y responsabilidad frente a lo público, los gobernantes de los últimos años poco se han preocupado por repensar la ciudad desde su dimensión estética, simbólica y, por ende política, esto es, como un dispositivo de relación para los ciudadanos, adecuadamente embellecido y ornamentado para animar una vida en comunidad, amable, afectiva y sostenible. Parecen olvidar los mandatarios de turno que las ciudades son emplazamientos culturales con una historia, construidos por los grupos sociales para atender sus demandas de configuración y organización biológicas, sociales y estéticas, y que por ello, es responsabilidad de quien asume su liderazgo generar las condiciones necesarias para que tales aspiraciones sean realidad y fructifiquen de manera creativa en muchos sentidos.

Hoy, cuando en todo el mundo las ciudades se visten de luces y artilugios para que sus habitantes disfruten plenamente de los públicos espacios que han ayudado a construir y a sostener con sus impuestos, como los parques, las vías y las plazas, en Pereira tenemos que vivir otra muestra más de la improvisación y la falta de coherencia de las políticas de bienestar público: el alumbrado de Pereira es un mamarracho; un popurrí de mal gusto…¡Qué desconcierto!

Mientras escribo esta columna estoy en Medellín, una ciudad que se ha preocupado por superar la retórica de ser la más educada, la más tecnológica, la más creativa, para visibilizar en acciones tangibles lo que representa construir un espacio vivible, en el que pueden tener cabida las aspiraciones de todas las personas. Por eso no puedo dejar de lamentar la ciudad que nos están heredando. ¿Hasta cuándo nos tocará padecer más de lo mismo?

*Directora Maestría en Estética y Creación, UTP.