DOS FORMAS DE HACER CINE

Terminamos de departir sobre este asunto, y yo encaminé la discusión a una conclusión: en Colombia se hacen dos tipos de cine: un cine frío y un cine tropical.

 

Escribe / Richard Galvis G. – Ilustra / Stella Maris

Hace unos días, mientras fumaba cigarrillo en casa de una amiga, y conversábamos, surgió lo que, para mí, define –más bien, lo que separa– dos formas de hacer cine. Y la cosa no empezó hablando de cine, pero sí de literatura, que es hacer cine con palabras, al fin y al cabo todo escritor aspira a proyectar una imagen más vívida que lo capturado con la fugacidad del ojo humano. Un percepto como decía Deleuze. Hablamos de Cabrera Infante, yo le decía que Cabrera Infante era el traductor de Borges a la suntuosidad, calor, erotismo… El lunfardo y la cultura libresca transfigurados en un caótico mundo de sexo y noche, música negra, tambores temblados e instalados debajo de los testículos de un hombre negro que con golpeteo de sus manos negras vuelve a sus orígenes al ritmo acelerado, terrible, endemoniado, de los bongos y las congas, originarios instrumentos musicales paridos del útero de la humanidad: África.

Una discordia, Borges o Cabrera Infante, ¿quién es mejor?… Ambos, los dos escriben bien a su manera, el primero criado en bibliotecas, el otro en revoluciones y lupanares, clubes nocturnos de La Habana más descabellada, la Cuba comunista. Borges imantado por la cultura europea, los ritmos fríos de Alemania, la música de Brahms, el pesimismo del lúcido y apasionado Schopenhauer; los cuentos, llenos de polvo y de precariedad, de llanuras, contados por su abuelo muerto en un combate. Peleas a cuchillo, hombres venidos de Italia e Inglaterra, matándose en un país que no es de nadie: la Argentina.  Cabrera Infante todo lo contrario: noche y alcohol untado de sexo y sudor, sudor que cubre la piel morena de una bailarina o una cantante gorda, gordísima, una montaña agrietada, antigua, negra. Borges despedazado por un cubano caníbal, travestido, el frío anciano ciego, hecho calor, trópico, sin báculo, indeciso, decidido más bien.

Ambos, mi amiga y yo, llegamos a una conclusión: Borges no podía escribir otra cosa porque su país no se lo permitía. Argentina es más bien frío, más bien trágico, tierra del tango: música para rajarse las muñecas, para colgarse. Cabrera Infante, de Cuba, tampoco podía ser distinto, tierra negra, tierra virgen, sol fuerte quemando pieles blancas, quemando más las pieles negras. Tierra del trópico, sensual, alegre, sexual, sexo y noche, oscuridad y música, tambores rompiendo el silencio de la jungla.

Terminamos de departir sobre este asunto y yo encaminé la discusión a una conclusión: en Colombia se hacen dos tipos de cine: un cine frío y un cine tropical. El cine frío, más urbano, busca cuestionar los problemas de la ciudad: decadencia y todo lo que rodea la decadencia de una ciudad. Aunque ficciones, el cine de ciudad de clima frío, o templado, el cine más urbano, el de Víctor Gaviria, Apocalipsur de Javier Mejía, Las tetas de mi madre de Carlos Zapata, aunque ficciones, no dejan de ser documentales, testimonios de ciudades quebradas, de personas comunes tragadas por la selva de concreto, cine más realista, muy de la mano de los maestros del realismo italiano: Bertolucci, Visconti, Passolini, Rosellini, y todos los demás terminados en “ini”. El cine de Medellín y el cine de Bogotá, son frescos realistas, películas muy objetivas, concretas. Son construcciones de concreto, con un objetivo claro: mostrar las ruinas de unas ciudades venidas a menos, en las cuales es común morir, baleado o acuchillado, en cualquier esquina. Apocalipsur es menos concreta, menos rígida, pues el director, a diferencia de su colega Víctor Gaviria, atenúa la violencia con una dosis necesaria de humor negro, que vuelve todo eso caótico e irracional en algo absurdo y carente de sentido.  Se critica la realidad con la risa, no con el llanto y la tragedia. Para muestra, un botón: Rodrigo D no futuro, película, al igual que Apocalipsur, del movimiento Punk de Medellín, pero más trágica, diría yo, demasiado, pero una película grandísima, con unas actuaciones desgarradoras, con un ritmo frenético, con un Ramiro Meneses cargando en la espalda todo el peso de una ciudad derruida y mortuoria, víctima del narcotráfico… Una película muy trágica, pero muy necesaria.

Los montañeros somos trágicos… nos gusta el aguardiente hasta la inconciencia, los bares de paredes desconchadas, las peleas a filo, la vida total o la muerte. Disfrutamos, pero siempre disfrutamos pensando en matarnos, no peleando, pero sí excediéndonos. Por otra parte, los de la puerta del sol, los caleños, los que se levantan con el sol y con la serpiente, los que gozan, los que inventaron la salsa en Colombia, los hedonistas, esos, esos que son tan alegres que la alegría termina por quemarlos, crearon, a su manera, un modo distinto de hacer cine, entre ellos: Carlos Mayolo, Luis Ospina y, aunque Andrés Caicedo no pudo hacer cine como quería, no se lo puede dejar por fuera, con sus cuentos formó una sensibilidad del trópico, igual que sus colegas con el cine.

La mansión de Araucaima.

Y el cine cambia porque el sol y la selva, el trópico, transforman la vida, o no la transforman, simplemente el sol agrede la realidad y nace el delirio. De ahí que Mayolo le dedique una de sus cintas a Polanski, y por qué, pues porque Polanski es puro delirio, es gótico, es vampírico, pero, ante todo, es un frenético delirante: Culo de bolsa, La semilla del diablo, Repulsión, etc. Mayolo, tropical, amante de la música negra, de todo lo negro, no hace un cine encaminado, como el cine de Medellín y Bogotá, a cuestionar una ciudad con elementos críticos estables… Mayolo es el delirio, el que cuestiona las sensibilidades del hombre con elementos mágicos, el que toca la realidad no para cuestionarla, la toca para transformarla. El cine de Cali es como la literatura de Cabrera Infante, una noción barroca del éxtasis, un desenfreno que se autodestruye, una alegría sin trabas, pero sí trabada.

La mansión de Araucaima, película de sexo, de sensualidad… combinación de culturas, negros y salesianos. Y la mujer, la niña, la pequeña intrusa que como Lilith arrasa con todo lo que toca. Es simbólica. El cine de Mayolo y Pura Sangre de Luis Ospina, son documentos simbólicos, mejor, omito la aserción “documento”… Son ficciones simbólicas y no documentales, como toda ficción hecha en clima frío o temblado. Es hedonista el cine de Cali, siente uno ganas de seguir viviendo, de hacer cine, de matar la racionalidad, de fundirse con el sol, de morirse en un paso de salsa. Carne de tu carne, también erótica, y aunque trágica, pura explosión de colores, de sabores, de música, de represiones sexuales que desembocan en delirio. Y es el delirio y el hedonismo y la música, lo que diferencia, aparta, esas dos formas de hacer cine. Cali es Cali, lo demás es trágico. Como dice Luis Ospina: Nosotros… de rumba/ y el mundo/ se derrumba. El caleño hace cine como el cubano hace literatura.

Hasta acá llegó la reflexión, pues en casa de mi amiga se acabaron los cigarrillos, entonces apagamos la música. No concluimos nada, pues el arte no se presta para conclusiones. Solo seguimos pensando: Colombia es una chimba, por cuestiones de clima se hace un cine completamente diferente en un lugar o en otro.

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