Por ahí pudo irse la trama, aunque prefirió la marimba, la percusión, el contacto de la chonta (el árbol con la que se produce), y esas coreografías mágicas y hasta míticas, en el que a veces el cuerpo se mueve como si respondiera a un llamado.

 

Por: John Harold Giraldo Herrera

Sabrosura. Un ambiente de amistad. Ese aire alegre. Una cantidad de movimientos. Frenetismo. El disfrute del cuerpo desde la música, y una marimba que suena como si estuviera quedándose en nosotros la dulzura de un sonido que luego de ver la película, ya no olvidaremos, pues se va a fusionar, así como las trenzas y los peinados afros, con los demás sonidos, unos ásperos, otros candentes y unos más hostiles y tiernos, pero en los que encontramos caminos diversos para confabularnos con la trama que se nos ofrece.

Se trata de la segunda película del caleño Jorge Navas, quien no abandona su conexión con lo urbano y luego de pasar de narrarnos la nocturna Bogotá En la sangre y la lluvia (2008), se adentra en la vida cotidiana de los jóvenes del golpeado y maltratado puerto de Buenaventura.

Un territorio gobernado por mafias y apoderado por la corrupción puede ser muy fértil para quedarse en contar lo deplorable, abusar de lo derruido en una propuesta artística, y no es así; tampoco obvia el contexto, en cambio lo pone en evidencia, no para hacer un panfleto o denunciar, ni para centrar el interés en la perfidia, sino para dar cuenta, testimoniar que allí la “autoridad”, es decir el Estado, es también el responsable del desastre y tiene participación directa con el contrabando y el negocio del narcotráfico.

Nos encontramos de frente ante un modo de vida. Y en él, la calentura, es decir, el ritmo, la cadencia, el vigor, el descubrir las formas por medio del movimiento. Fotografía / Rhayuela Cine / Ítaca Films

Allá en el fondo y en las subtramas hay un modo de enterarnos de esas realidades, pero el foco es el carnaval, la danza, el encuentro y la pugna con los otros, por medio del baile. Si ese sólo hecho, de asumir que es posible exorcizarnos por medio del cuerpo, y darle todo el mérito y el valor, otros cantos tendríamos en el puerto.

Nos encontramos de frente ante un modo de vida. Y en él, la calentura, es decir, el ritmo, la cadencia, el vigor, el descubrir las formas por medio del movimiento; es tan trascendente y generoso ese tumbao de los afros, como la misma diversidad de la flora y fauna que caracteriza el Pacífico.

No obstante, esa calentura no es sólo de la geografía y el sentir humano, del vibrar y el emocionarse, también obedecen a un lugar inhóspito en el que ha ganado terreno la delincuencia, orquestada y promovida por el Estado y los gobernantes, en la medida que participan o son inoperantes con la sevicia: las casas de pique, la desaparición y el miedo como armas de control.

Por ahí pudo irse la trama, aunque prefirió la marimba, la percusión, el contacto de la chonta (el árbol con la que se produce), y esas coreografías mágicas y hasta míticas, en el que a veces el cuerpo se mueve como si respondiera a un llamado.

Lo profundo es saber del tejido humano, de su modelo de existir, que extiende puentes, traza bitácoras con el sabor, con la música, con la amistad, con la solidaridad, que sin negar su origen lo mezcla con el presente, es un diálogo, que vemos entre el abuelo y sus nietos, motivados por la necesidad de agite y de estrechar lazos.

El cine como un mecanismo poderoso de comunicación, permite congraciarnos con las virtudes de su población. La marimba, ancestral, muy próxima a los oleajes del mar, a la sonoridad del agua, a esa idea de hilar con mecanismos de cohesión social, de hermandad, de potenciar la cultura, siendo un instrumento de variaciones, se convierte en la banda sonora, actuando como protagonista.

Es placentero, también motivo de orgullo, que un cine con tonos fuertes, de bombazos, de raíces, de posibilidades, de aperturas, nos deje ver, nos muestre las venas de una comunidad desde los jóvenes. Jorge Navas logró una película fiestera, dura, alegre, con toda la sabrosura y con esos tintes de tragedia.

Se lamenta que, aunque el público la respalde, los distribuidores como Cine Colombia suspendan sus proyecciones en varias de las salas del país y no dejen que los espectadores puedan apreciarla y en cambio los bodrios de Hollywood tengamos que soportarlos hasta meses.

Es el baile un modo de expresión y quienes vemos Somos calentura salimos con la mente en alto, con ese toque de marimba extendido. La película funciona tanto que nuestros sentidos se activan, la percepción aumenta, nos queda la gozadera. Queremos también bailar, agitar los cuerpos, levantar los brazos, intentar con los pies, así no podamos sino caminar.

Mi hijo, con quien también me conecto con el séptimo arte, me insinuó: “Papá, es la primera película colombiana que me gusta y de la que salgo contento”. En él, quien la ha promovido, y a sus catorce años, encuentro un termómetro sobre las películas, le encantó sobremanera esa fusión de la marimba con el hip hop. Cuentan que hay quienes al terminar la función la aplauden y la pantalla sigue prendida en casas y fiestas donde se van a celebrar.

 

Lo profundo es saber del tejido humano, de su modelo de existir, que extiende puentes, traza bitácoras con el sabor. Fotografía / Rhayuela Cine / Ítaca Films

Ficha técnica

*Docente universidad Tecnológica de Pereira   john.giraldo.herrera@gmail.com