Y poniendo la cara para darle sentido y vivencia al espectador, un reparto de respeto.

 

Por / Luis Aldana Vásquez

Un tal Alonso Quijano

Libia Stella Gómez, 2020.

Había prometido esta reseña por varios motivos: ser la primera peli producida por una universidad en Colombia, que esa universidad fuese la Nacional personificada en la Escuela de Cine y Televisión (mi alma máter) y por su estreno en modo streaming en plena pandemia Covid – 19.

Sí, le aposté sin haberla visto… y salí más que favorecido… satisfecho y orgulloso.

[Debo anotar algo: es posible que esta LLM contenga espóileres].

Hay siempre un misterio en meterse con el Quijote de Cervantes en el cine. No es asunto seguro, ni fluido. Y lo que tenemos acá es justo eso: una peli luchada, aguerrida a su manera y singular en su dramaturgia. La premisa parte de un lugar familiar, el aula de clase donde muchos hemos descubierto la veta de historias para ser narradas. En este caso, un profesor de clases cervantinas se convirtió en el doble de juego para la directora y guionista, la también profesora y cineasta, Libia Stella Gómez.

La actriz Brenda Quiñones (centro), quien interpreta a Lorenza. Imágenes de la película colombiana Un tal Alonso Quijano, el primer largometraje producido por la Universidad Nacional y dirigido por Libia Stella Gómez. Fotografía / Andrés Castilla

Lo interesante es como esa anécdota poderosa se convirtió en una posibilidad de peli de largometraje, sí y solo sí, se asumían varios riesgos. Toda esta empresa de largo aliento se tradujo en una campaña de rodajes por etapas, reparación de entuertos en medio del camino, un delicada y exhaustiva misión de montaje y la aventura mayor de diseñar un estreno en medio de una pandemia.

Si algo reta constantemente a la Academia enfocada en la industria y el arte cinematográfico, por señalar el encuadre general en el que caben los programas de formación audiovisual profesional del país, es el de poder conectar esta formación con la experiencia concreta del medio.

A Gómez se le ocurrió que podría elaborarse un proyecto de investigación en el que los estudiantes de la Escuela de Cine y Televisión de la Nacional participaran en la realización de una peli de largometraje con todas las condiciones y necesidades que esto demanda a nivel profesional. Se destaca acá el valor del trabajo colaborativo, la constancia, el entusiasmo y la recursividad que sellaron el destino de la peli, en todo sentido. Ahí se fichó el primer riesgo.

Luego era hacerlo posible a través de un diseño de producción que permitiese producir una película de largometraje cuyo productor fuera una universidad pública, en un país donde esta se resiste a desaparecer ante la avalancha incompasible del neocapitalismo y donde hacer cine es complicado.

Y la oferta se dio en el terreno de lo quijotesco sensiblemente viable. Se sabía que el adjetivo “largo” que acompañaba al metraje se extendería a todo el proceso de suerte que ‘solo’ bastaron cuatro años para poder terminarla y exhibir la película al público. De señalar como ejemplo a seguir es el establecimiento del campus de la universidad como ‘gran estudio’ con diversidad de locaciones, atmósferas y acentos. Un paisaje reconocible y entrañable para muchos espectadores que comparten la experiencia de los campus como escenarios universales de muchos momentos claves en la vida.

Y en el trayecto, diseñar un guion que hiciese verosímil este Quijote a lo bogotano. La simple y prometedora premisa no era suficiente. Aparece entonces el tercer riesgo asumido: descubrir un lazo de contacto con estos tiempos que nos pueblan y hallar una trama de indagación que captase la atención de la audiencia más allá del juego cervantino.

Del otro lado, deviene una experimentación narrativa que sí supone un alto riesgo: romper la diégesis, salirse del relato. Fotografía / Cortesía

Es así como la escena punk bogotana, en una de sus tantas expresiones, cala en el relato y hace sombra con su estética visual y sonora. Esta atmósfera citadina de gran urbe, como se nos presenta en el bello cabezote de créditos iniciales, atraviesa la peli de una manera sutil, pero inteligente, sin convertirse en mera caricatura de referencias, ni tampoco en profundo estudio de cámara etnográfica.

Del otro lado, deviene una experimentación narrativa que sí supone un alto riesgo: romper la diégesis, salirse del relato, vía decir algo más que lo conocido de este quijote: su Sancho, su Rocinante, su Dulcinea, sus molinos de viento…

Y ahí, sí que sí, Gómez se jugó una carta alta que podrá despertar cuestionamientos y que se eleva de modo ineludible y constante en el relato. Una suerte de dramatización en tono experimental, o mejor, de peli de salón de clases con todos los juguetes sobre la mesa aun a sabiendas de que la factura no será la clave, sino otra clave.

La idea de insertar un metarrelato, que se presenta de manera inconexa para que pasados los días encaje en el engranaje orgánico de la fábula del profe Quijano para darnos una idea de mundo cercano, tangible y doloroso, es tal vez una de las señales más poderosas que deja la peli en su enunciación de identidad propia.

Y no deja de apreciarse el guiño cinéfilo en las escenas filmadas en Super 8, en las que el encanto del relato quijotesco toma otras formas visuales que se mezclan atrevidamente con las del formato de cine digital, marcando su territorio.

Y poniendo la cara para darle sentido y vivencia al espectador, un reparto de respeto. Cautivante la presencia directa y sin alardes de Brenda Quiñones en su rol de Lorenza (Dulcinea). Sobrecogedora la complicidad y simpatía de este Sancho en suertes de librero perdido al que le toca laborar en terrenos ajenos, en la piel del enorme Álvaro Rodríguez. En estratégico balance, la presencia de Carmenza González como esposa que participa y delibera. Atinada la aparición breve, pero punzante y clara, de Humberto Dorado. Y la de la gran señora Consuelo Luzardo (acá ponerse de pie y aplaudir, por favor) en una escena inolvidable. Una compañía de segundos personajes, figurantes y extras que dejan respirar al relato. Y un protagonista, Manuel José Sierra, que sin ser un actor de ida y vuelta, tiene un aura de encanto y despiste tierno que nos hacen ir con él hasta el final. Sin dudarlo.

Quiso la diosa Película, con sus extraños designios, que Manuel no pudiese terminar el viaje, por cambio de estación de llegada. La eterna lo llamó antes del: “corte… se imprime” final. Esto afectó la peli en su confección. La directora ha reconocido en varias entrevistas que cuando supo de la muerte de su héroe, todo perdió sentido para ella. Y abismó que la peli… su quijote… se hundía para sumirse en el olvido implacable. Y cuenta que fueron sus mismos estudiantes, sus colegas de trabajo, quienes vinieron con las soluciones. Y estas nos permitieron apreciar esta peli que entra con honor calmo y noble en la historia extraña y dispareja de nuestro cine nacional.

Carece de sentido preguntarse por lo que hubiese sido la peli, de no llegar el infortunio mortal a tocarla. Eso queda en el alma creativa de sus realizadores. Nosotros, como espectadores, solo podemos hablar de lo visto y escuchado, y darle o no nuestra sencilla y discreta bendición. Acá en LLM nos sentimos agradecidos de poder visitarla de cuando en cuando. No por nada la vi tres veces en modos de miranda diferentes.

Trivia: Si les interesa conocer más de cerca lo jodido que resulta poner en cuadro al hidalgo manchego, estaría bueno que se dieran una vuelta por las vicisitudes de Orson Welles con su Don Quijote (1955-1992)… O las propias de Terry Gilliam con El hombre que mató al Quijote (2000-2018) cuyo nombre es también: ‘la peli más maldita en la historia del cine’. Aunque no todo son penurias… vale acudir al expediente de RTVE con su Quijote a la grupa de Fernando Rey y Alfredo Landa, pese a su oscuro desenlace que, por supuesto, no podía faltar.

El Quijote de Cervantes es por sobrados motivos tema de múltiples adaptaciones al cine desde que este nació por allá en los 1895. Directores del tamaño de George Méliès, Wilhem Pabst, Arthur Hiller y Peter Yates, figuran entre los cientos que se han atrevido a llamarlo al set. Y no deja de ser inquietante, por decir lo menos, encontrar que ninguna mujer lo haya dirigido antes. Y fue Libia Stella Gómez, la conjuradora ideal… y al parecer la única y es colombiana.

Un tal Alonso Quijano, sitio web:

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