“Al llegar a viejos las costumbres se vuelven tiranías”
Gustav Flaubert
Se abre el telón
―¡Qué día Castor*!
―Sí, formidable. (Voz pausada)
Ella se levanta de la cama, y de espalda a Jean Paul Sartre, se dirige hacia la ventana; él la mira, toma dos copas y una botella de ron cubano y la sigue.
―Hace mucho que un hombre no me abraza. Dice Simone de Beauvoir.
Él sirve las copas para celebrar, y se porta indiferente ante tales palabras.
―Tengo 52 años y me siento una anciana. Afirma la escritora. Comienza a sollozar.
―¡Castor! Por favor -inquiere Sartre-. No llore, estoy aquí; siempre estaré aquí.
―Lo sé, no estoy enfadada -dice-. Además, no amas tu cuerpo. Nunca lo ha amado. Yo sin cuerpo no puedo vivir.
Él la mira con ternura y sorpresa, y pregunta:
―¿Castor, es por toda esa juventud? Aquí también me siento mayor.
―No, un hombre, una mujer, no es lo mismo. No somos iguales frente a la edad. Simone sigue llorando.
―Quizá -responde Sartre frívolamente-, ellos tienen también relaciones, y lo nuestro es también algo sólido. Tenemos nuestros libros.
―¿Para qué escribir si nos volvemos madera muerta? Quería escribir, sí, pero, sobre todo, quería vivir.
Y luego desde la ventana se dirige hacia la cama y se echa a llorar desconsoladamente.
Jean Paul Sartre la toma por detrás, gira lentamente su cuerpo, y con un abrazo suave trata de contener sus lágrimas.
Cae el telón
*(Así le decía de cariño a Simone, por la semejanza de su apellido, Beauvoir, con la palabra beaver, castor en inglés).


