Para López, Sade puede ser una proyección de su yo insatisfecho con una sociedad que lo restringe en su querer ser como sujeto individual, pero en vez de caer en el libelo o en la voz panfletaria, canaliza toda su creación en la producción literaria que sirve como válvula de escape y, sobre todo, espacio de creación que lo completa como individuo urgido de una búsqueda personal muy íntima, marcada por los acentos del deseo sumados a una excelsa calidad escritural.

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La obra de Eduardo López Jaramillo es un compendio de incertidumbres, de sinsabores y de fracasos presentidos. Mas la incertidumbre, el sinsabor y el fracaso no son característicos del autor, esa no es su impronta personal…
Foto: Cortesía

Por: Antonio Molina

La obra de Eduardo López Jaramillo es un compendio de incertidumbres, de sinsabores y de fracasos presentidos. Mas la incertidumbre, el sinsabor y el fracaso no son característicos del autor, esa no es su impronta personal… simplemente es la suprema voluntad de un destino ilógico la que se impone a sus pretensiones. Un cierto determinismo, muy a tono con sus preferencias helenistas, como aquel que signa las vidas de Aquiles y Patroclo.

El deseo de trascender, esa acentuada marca de superar lo ya hecho y lo ya dicho, en cualquiera de los campos que abordó, no es la caracterización de un hombre mediocre o derrotado. Para nada. Tal y como califica a Sade,  su autor favorito, López Jaramillo es un rebelde, un ser que “hace gala de una mayor lucidez”, como afirma en el ensayo correspondiente de El ojo y la clepsidra.

La aparente no–acción se expresa en la escogencia de un estilo de vida que rompe con modelos, con fuerzas morales dictadas por las costumbres y aceptadas por individuos carentes de sentido crítico, faltos del espíritu del salmón, ambas, cualidades tan características en López y que le fueron cobradas con creces en su terruño. En este orden de ideas, su obra es la expresión de un rebelde que transubstancia el innoble material de la palabra abusada para transformarla en signo de su tiempo y de su persona.

La sociedad local, anclada en valores del pasado idílico, no sabrá ver en su obra más que las manifestaciones peregrinas de un hombre que mira más allá de las fronteras, de un bon vivant que añora su pasado reciente en otras tierras. En suma, lo que la sociedad del momento opina sobre su producción intelectual es considerarla como fruto de un cierto diletantismo, un deseo de estar en otra parte, alejado del terruño que lo hospeda. Y esa opinión, desprovista de mayor análisis y acentuada en preconcepciones, es la que prevalecerá entre la gente del común, en algunos académicos de pensamiento estrecho y, por supuesto, en la clase gobernante. El resultado, por previsible no menos dramático, se traduce en una estigmatización del autor a través del desconocimiento de su obra: Sade, en los umbrales del siglo 21, retorna a la celda asignada en la umbría fortaleza de Vincennes, al sucio habitáculo de Charendon, para cumplir su condena de proscripción, de relegamiento y condena al olvido. El autor ha terminado su obra.

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Tal y como califica a Sade, su autor favorito, López Jaramillo es un rebelde, un ser que “hace gala de una mayor lucidez”.
Foto: Cortesía

Son evidentes en sus escritos tales fuerzas detonantes, impetuosas manifestaciones de una furia volcánica, aunadas a una inusual capacidad de manejo de la palabra, que es imposible no caer en el asombro para quienes leen ajenos al hombre que los escribió. Las palabras trazan horizontes desconocidos, se hunden en las entrañas del significado para resignificarlas. Lejos del adormecimiento, la obra ensayística de Eduardo López Jaramillo lo que desea es rebelarse contra los patrones acostumbrados a través de un proceso complejo que involucra diversas escogencias:

  1.   Selección de temáticas inusuales
  2.   Conocimiento erudito
  3.   Tratamiento exquisito en la forma y en el fondo
  4.   Presentación impecable y rigurosa

Esos son, de manera general, algunos rasgos que dominan su producción escrita y sonora, pues no se pueden olvidar los centenares de programas producidos para la emisora Remigio Antonio Cañarte en su espacio “Solo a dos voces”, en los cuales los registros ensayísticos no pueden dejarse de lado. Por ahora, me referiré solo la primer punto.

Temáticas inusuales

Clásico es una denominación rápida que surge en la mente de quien revise la obra de López Jaramillo. Desfilan por sus páginas nombres, temas y tratamientos de la edad de oro de la cultura griega o de la egipcia, a la par con otros referentes más cercanos en el tiempo, pero relativos casi siempre a sujetos que en su momento causaron transformaciones y diversos impactos en ciertos espectros de la vida cultural o literaria.

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En este orden de ideas, su obra es la expresión de un rebelde que transubstancia el innoble material de la palabra abusada para transformarla en signo de su tiempo y de su persona.
Foto: Cortesía

En “El ojo de la clepsidra”, pensado como cuarteto de ensayos sobre protagonistas de la literatura y de la historia, se recorre la vida y obra de personajes que, a través de sus historias de vida, enmarcan momentos complejos del devenir de la humanidad. Son ellos Akhenatón, José Asunción Silva, Donato Alfonso Francisco de Sade y Federico García Lorca. Son diversas nacionalidades, múltiples momentos históricos y propuestas vitales que comparten poco o nada en común, salvo el hecho notable de actuar como auténticos seres que se desmarcaron de los cauces impuestos por sus sociedades y su tiempo para transformar algunas de las costumbres en uso, propuestas que de hecho cambiaron el pensamiento de sus contemporáneos.

Todos los protagonistas de los ensayos contenidos en este volumen son seres marginales en cuanto a que se salen de lo convencional, son en sí mismos expresiones diferentes del pensamiento hegemónico, voces discordantes que propugnan por un nuevo orden que revitalice los patrones imperantes y oxigenen al individuo frente a lo que desean sus contemporáneos. Todos ellos, por demás, fueron vencidos de manera aparente por el sistema, los pocos avances que lograron en vida quedaron perdidos por décadas en los anaqueles del olvido. Ninguno logró trascendencia en su tiempo, pero la Historia, juez supremo de lo humano, los ubicó en la progresión de lo que debió haber sido. Ellos no crearon un sistema para su momento, de cierto modo lo hacen para las futuras generaciones. Con el tamizaje que permite el tiempo lograron trascendencia y respeto entre conocedores y gente del común.

Sade es, quizá, la figura más recurrente en su producción literaria. Desde su temprana colaboración para “Papeles de Son Armadans”, en diciembre de 1971, “Introducción a Sade” permanece a título de leit motiv en la obra de López, quien lo incluye con ligeras modificaciones como el tercero de sus ensayos en “El ojo y la clepsidra”, de 1995, y la revitaliza con la presencia del noble francés en “Memorias de la Casa de Sade”, novela de 2002.

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Ese yo sin ataduras de tipo alguno irrumpe en la obra de López en la forma de exquisita forma expresiva, rompedora de tradiciones en lo local y, por momentos, detentadora de una tradición de más amplio espectro: toda la tradición occidental.
Foto: Cortesía

El divino marqués va y viene por su obra, se convierte en un tema obsesivo que le exigiría profundos estudios dirigidos a la finalización de la novela ya mencionada. Es tal la exigencia, que en su alcoba destina un espacio específico, lejos de las miradas de los escasos visitantes, para recolectar todo lo hallado en relación con Sade. De manera jocosa denomina a la colección como “mi pequeño infierno”, y allí pueden detallarse eruditos textos de Maurice Blanchot, la “Bibliothèque Sade” (dirigida por Maurice Lever), la obra completa del Marqués en edición de lujo de la Pleiade, otros textos de Lever, Voltaire, Gilbert Lely, entre otros muchos, siempre en el idioma original. Esta especie de altar era con frecuencia visitado por López, como se concluye por la profusión de delicadas notas al margen escritas con lápiz, además de los múltiples separadores que contenían estos textos.

¿Pero qué denota el abordaje recurrente a la figura y obra del marqués de Sade? Quizá uno de esos extraños encuentros que depara la vida y que de seguro marcan para siempre desde las primeras edades. Es posible, a través de un seguimiento a la itinerancia de López Jaramillo, descubrir dónde o en qué momento surgen estas preferencias. Ubicarla en la adolescencia podría ser prematuro, no solo por las apetencias personales, quizá aún más por la escasa probabilidad de conseguir su obra en las librerías pereiranas de la época, pues recuérdese que Sade siempre fue y ha sido un autor estigmatizado en extremo, debido a la sugerida falta de moral que transpira su obra.

Cuando López Jaramillo se dirige a la Universidad Católica de Lovaina, claustro europeo fundado en 1425, de seguro que es el momento en el cual aborda la obra sadiana con mayor sistematicidad y documentándose con los extensos recopilados que encuentra allí, no solo de la obra publicada, también cartas, algunas inéditas, que le permiten dibujar una imagen más íntima del marqués y de su sistema de pensamiento: impulsivo, apasionado y, por momentos, contradictorio, como todo lo humano. En Lovaina, además, durante cierto tiempo estuvo recluido el conde Jean-Baptiste de Sade, padre del marqués.

Sade es una figura difícil, que a través de los siglos gana en presencia en parte debido a sus polémicas posturas en relación con la dinámica individuo – sociedad, y en otros momentos por la morbosidad que despierta su vida privada. Dos características muy atractivas para cualquier escritor, mucho más para el espíritu de López, tan imbuido de cultura panhelénica y de la tradición europea que siembra sus raíces en el Siglo de las luces.

La polémica surgida tras la estela dejada por Sade no ha finalizado y está lejos de hacerlo, pero ese caldo de cultivo permitió el debate sobre las posibilidades del individuo que se imponen a las reglas –a veces arbitrarias– del conjunto social, cuando no que las anula. Bien lo dice López en El ojo y la Clepsidra: “No hay ninguna divinidad en Sade. No existe ningún más allá”. Aunque poco después advierte: “A pesar de ser filósofo ateo, como él mismo gustaba calificarse, se puede hablar de un cierto sentido de divinidad en Sade: el individuo”.

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La sociedad local, anclada en valores del pasado idílico, no sabrá ver en su obra más que las manifestaciones peregrinas de un hombre que mira más allá de las fronteras, de un bon vivant que añora su pasado reciente en otras tierras.
Foto: Cortesía

Ese yo sin ataduras de tipo alguno irrumpe en la obra de López en la forma de exquisita forma expresiva, rompedora de tradiciones en lo local y, por momentos, detentadora de una tradición de más amplio espectro: toda la tradición occidental. Sade es una provocación que juega en doble sentido: escandaliza a la sociedad parroquial pereirana de los 70 y, a su vez, detona posibilidades expresivas en el escritor, imbuido a su vez de amplias y fortalecidas lecturas filosóficas: Voltaire, D’Alembert, Erasmo, Epicuro, por mencionar algunos al azar.

Sade es un hombre que representa el espíritu rebelde, controversial y marginal de muchos otros hombres. Para López, Sade puede ser una proyección de su yo insatisfecho con una sociedad que lo restringe en su querer ser como sujeto individual, pero en vez de caer en el libelo o en la voz panfletaria, canaliza toda su creación en la producción literaria que sirve como válvula de escape y, sobre todo, espacio de creación que lo completa como individuo urgido de una búsqueda personal muy íntima, marcada por los acentos del deseo sumados a una excelsa calidad escritural.

 

Pereira, marzo 19 de 2013. Teatro Cámara de Comercio.