…los definió como “un dibujo fuera del margen, un poema sin rima”, constituyendo para él parte central de su propuesta artística trascendente: la dimensión lúdica del ser humano.

 

 

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Por: José Alberto Medina Molero

 

No basta haber vivido creando. Una buena cantidad de artistas  lo ha hecho. Tampoco es suficiente el legado pues, tarde o temprano, tiende a languidecer en un recodo del largo camino de la historia. Se trata entonces de haber insuflado una maravillosa energía (que como sabemos no se destruye sino que en cualquier caso se transforma) a la existencia. En cierto modo este tipo de consideraciones se ajustan como un guante a la obra de Julio Cortázar, el escribidor de vivencias,  paradojas festivas, traviesos malabares  y abismos.

Nacido por accidente en Bruselas un 26 de agosto de 1914, debido al servicio diplomático que en Bélgica cumplía su padre en representación del gobierno de Argentina, la entrada al mundo de Cortázar  coincidió con la I Guerra Mundial: fuera del hospital donde nació se sucedía  el “hecatómbico” bombardeo del Káiser sobre esa vetusta ciudad que en la edad media no era sino un conjunto de pantanos y arroyos.

Ya desde su alumbramiento tendía el portentoso escritor a esa exuberancia que con el correr del tiempo desplegaría, generosa y talentosamente, en numerosas narraciones y ensayos, pero sobre todo en su obra cumbre, “Rayuela” (1963), novela que es la suma de la creatividad de un artista de la palabra, el pensamiento y del relato, texto que cumple con todas las condiciones señaladas al comienzo de este escrito.

En un agudo análisis de “Rayuela”, el crítico José Sánchez Lecuna (El Nacional, 18 de Julio de 2014) señala: “Hay que aprehender la novela como una gran mandala/laberinto, como un espacio estético simbólico y lúdico en el que se va a extraviar inexorablemente su inefable personaje Horacio… en este sentido mandala es interpretado del sánscrito como <círculo sagrado>, haciendo de su obra una especie de “hueco blanco”  de manantial de  diversas realidades y energías…”.

Cuando se indaga acerca del término Cronopios, extrañamente constatamos que no está relacionado con el tiempo como pareciera indicar su prefijo, es una palabra inventada por Cortázar para denominar a unos seres especiales que habitan muchos de sus cuentos y que representan valores positivos, los definió como “un dibujo fuera del margen, un poema sin rima”, constituyendo para él parte central de su propuesta artística trascendente: la dimensión lúdica del ser humano.

cultural.elpais.com

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El juego es inmanente al hombre como lo es el respirar o el comer, es una necesidad innata y un acto libre y voluntarioso, un placer para el que no hay edad límite ni seriedad amargada que se le oponga. Está indeleble en su código de transmisión. A este recrear esta  actividad intrínseca  se dedicó,  entre otras preocupaciones vitales,  Julio Cortázar.

Cien años hace del nacimiento de este creador iluminado, valga la redundancia. En mi caso particular siempre admiraré sus cuentos: “Casa tomada” (sobre el cual me referí hace unos meses en este espacio)  y “Autopista del sur “.

El conjunto de su obra es  magnífica, redonda, ingeniosa y dadora de todos los elementos que convierten los escritos en clásicos y los clásicos en fuente de vida para sus semejantes, generación a generación. En un párrafo de Rayuela expresaba Cortázar:

 “Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo, mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura.

Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella.

Y hay una sola.

Y no hacemos el amor. . . dejamos que el amor nos haga.”

 

 

 

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