Desafortunadamente, Julio Cortázar murió de cáncer en febrero de 1984 a la edad de sesenta y nueve años y no pudo leer la entrevista. El diario El País de Madrid lo aclamó como uno de los más grandes escritores de Latinoamérica y por dos días llenó once páginas llenas de tributos, reminiscencias y despedidas.

 

Traducción y edición: Carlos Alberto Villegas Uribe
El esfamopio es un animal mítico que no aparece en el libro Manual de zoología fantástica que Jorge Luis Borges escribiera en colaboración con Margarita Guerrero en 1957. La razón es sencilla: el esfamopio es un híbrido entre esperanza, fama y cronopio y el libro de Julio Cortázar Historias de famas y cronopios no fue publicado hasta 1962. Si Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero le hubieran invitado a presentar el esfamopio en la actualización del Manual de zoología fantástica, realizada en 1967 bajo el título El libro de los animales fantásticos, seguramente Cortázar lo hubiera descrito así:

Esfamopio. Animal mitológico. Personaje híbrido entre esperanza, fama y  cronopio. Como los cronopios, el esfamopio es marginal, aparentemente loco, irresponsable, alelado, sin ningún temor. Algunos de los rasgos físicos del esfamopio conservan la condiciones verdes, erizadas y húmedas de los cronopios. Por su condición de fama el esfamopio también defiende el orden establecido, ama los horarios, las agendas y la puntualidad.

De las esperanzas el esfamopio conserva entre sus avíos un pez flauta y un carácter ambivalente que lo impele a dejarse llevar por los famas y los cronopios. Como los cronopios, el esfamopio es igualmente afecto al periodismo cultural, al pastiche y los juegos de planos de realidad, por ello, también un esfamopio va a abrir la puerta de la calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este esfamopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías.

Así es que este esfamopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo está algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para qué. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el esfamopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.
Leer algunas de las historias de famas y cronopios puede ayudar a formarnos una mejor idea de la condición híbrida del esfamopio.

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa. Imagen de la película Cronopios y famas.

Conservación de los recuerdos
Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: “Excursión a Quilmes”, o: “Frank Sinatra”.
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: “No vayas a lastimarte”, y también: “Cuidado con los escalones”. Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Su fe en las ciencias
Una esperanza creía en los tipos fisonómicos, tales como los ñatos, los de cara de pescado, los de gran toma de aire, los cetrinos y los cejudos, los de cara intelectual, los de estilo peluquero, etcétera. Dispuesta a clasificar definitivamente estos grupos, empezó por hacer grandes listas de conocidos y los dividió en los grupos citados más arriba. Tomó entonces el primer grupo, formado por ocho ñatos, y vio con sorpresa que en realidad estos muchachos se subdividían en tres grupos, a saber: los ñatos bigotudos, los ñatos tipo boxeador y los ñatos estilo ordenanza de ministerio, compuestos respectivamente por 3, 3 y 2 ñatos.

Apenas los separó en sus nuevos grupos (en el Paulista de San Martín, donde los había reunido con gran trabajo y no poco mazagrán bien frappé) se dio cuenta de que el primer subgrupo no era parejo, porque dos de los ñatos bigotudos pertenecían al tipo carpincho, mientras el restante era con toda seguridad un ñato de corte japonés.

Haciéndolo a un lado con ayuda de un buen sándwich de anchoa y huevo duro, organizó el subgrupo de los dos carpinchos, y se disponía a inscribirlo en su libreta de trabajos científicos cuando uno de los carpinchos miró para un lado y el otro carpincho miró hacia el lado opuesto, a consecuencia de lo cual la esperanza y los demás concurrentes pudieron percatarse de que mientras el primero de los carpinchos era evidentemente un ñato braquicéfalo, el otro ñato producía un cráneo mucho más apropiado para colgar un sombrero que para encasquetárselo.

Así fue como se le disolvió el subgrupo, y del resto no hablemos porque los demás sujetos habían pasado del mazagrán a la caña quemada, y en lo único que se parecían a esa altura de las cosas era en su firme voluntad de seguir bebiendo a expensas de la esperanza.

Julio Cortázar. Ilustración / Turcios

Relojes 
Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda con gran cuidado. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.
El reloj alcaucil de este cronopio es un alcaucil de la gran especie, sujeto por el tallo a un agujero de la pared.

Las innumerables hojas del alcaucil marcan la hora presente y además todas las horas, de modo que el cronopio no hace más que sacarle una hoja y ya sabe una hora. Como las va sacando de izquierda a derecha, siempre la hoja da la hora justa, y cada día el cronopio empieza a sacar una nueva vuelta de hojas. Al llegar al corazón el tiempo no puede ya medirse, y en la infinita rosa violeta del centro el cronopio encuentra un gran contento, entonces se la come con aceite, vinagre y sal, y pone otro reloj en el agujero.

Ilustración / Cristina Pacheco

El almuerzo
No sin trabajo un cronopio llegó a establecer un termómetro de vidas. Algo entre termómetro y topómetro, entre fichero y currículum vitae. Por ejemplo, el cronopio en su casa recibía a un fama, una esperanza y un profesor de lenguas. Aplicando sus descubrimientos estableció que el fama era infra-vida, la esperanza para-vida, y el profesor de lenguas inter-vida.

En cuanto al cronopio mismo, se consideraba ligeramente super-vida, pero más por poesía que por verdad. A la hora del almuerzo este cronopio gozaba con oír hablar a sus contertulios, porque todos creían estar refiriéndose a las mismas cosas y no era así.

La inter-vida manejaba abstracciones tales como espíritu y conciencia, que la para-vida escuchaba como quien oye llover -tarea delicada. Por supuesto, la infra-vida pedía a cada instante el queso rallado, y la super-vida trinchaba el pollo en cuarenta y dos movimientos, método Stanley Fitzsimmons. A los postres las vidas se saludaban y se iban a sus ocupaciones, y en la mesa quedaban solamente pedacitos sueltos de muerte.

De tal forma que cuando Jason Weis lo visitó en su apartamento, en la parte alta del edificio ubicado en un distrito de tiendas y mayoristas de porcelana china, para realizarle una entrevista que sería publicado en la edición 93 del otoño de 1984 en la Paris Review, Julio  Cortázar, especialista en taxonomías de famas y cronopios y afecto a lo fantástico, no dudó que aquel periodista cultural era en realidad un esfamopio supervida y es posible especular que en algún momento Cortázar sospechó que el esfamopio le bailaría en su propio apartamento tregua, catala y espera.
Desafortunadamente, Julio Cortázar murió de cáncer en febrero de 1984 a la edad de sesenta y nueve años y no pudo leer la entrevista. El diario El País de Madrid lo aclamó como uno de los más grandes escritores de Latinoamérica y por dos días llenó once páginas llenas de tributos, reminiscencias y despedidas.

Cunado Borges habló sobre Cortázar. Ilustración / María José Daffunchio.

Una historia de Paris Review
Como lo dejó consignado el esfamopio en las palabras preliminares de la entrevista, en la sección: The Art of Fiction No. 83, de la Paris Review:
Aunque Cortázar había vivido en Paris desde 1951, él visitó Argentina regularmente hasta que fue oficialmente exiliado a los inicios de 1970 por la junta Argentina que había objetado varios de sus cuentos.
Con la victoria del democráticamente elegido gobierno de Alfonsín fue posible para Cortázar hacer una última visita a su país. El ministro de Cultura de Alfonsín prefirió darle una bienvenida no oficial temeroso de que sus posiciones políticas estuvieran demasiado a la izquierda, pero el escritor fue sin embargo recibido como un héroe retornado.

Una noche, regresando de un cinema después de haber visto una nueva película basada en la novela No habrá ni más pena ni olvido de Osvaldo Soriano, Cortázar  y sus amigos tuvieron que escapar de una manifestación de estudiantes que corrían hacia ellos, quienes instantáneamente rompieron filas al vislumbrar al escritor y lo rodearon. Las librerías en los bulevares todavía estaban abiertas, los estudiantes de prisa compraron copias de los libros de Cortázar para que él se los firmara. El vendedor de un quiosco quien se disculpó por no tener más libros de Cortázar, tomó una novela de Carlos Fuentes para que se la firmara.
Cortázar nació en Bruselas en 1914, cuando su familia retornaba después de la guerra, él creció en Banfield, no lejos de Buenos Aires. Él hizo un pregrado como profesor de escuela y fue a trabajar en un pueblo en la provincia de Buenos Aires hasta iniciada la década de 1940, escribiendo en ese lugar. Una de sus primeras historias publicadas, La casa tomada, la cual le llegó en un sueño, apareció en 1946 en un magazine editado por Jorge Luis Borges.

Sin embargo, sólo fue hasta que Cortázar se trasladó a Paris en 1951 que comenzó a publicar en serio. En Paris trabajó como traductor e intérprete para la Unesco y otras organizaciones. Los escritores que tradujo incluyen a Poe, Defoe y Margarita Yourcenar. En 1963 su segunda novela Rayuela (acerca de las búsquedas existenciales y metafísicas de un argentino a través de la vida nocturna de Paris y Buenos Aires) realmente estableció el nombre de Cortázar.
Aunque él es conocido sobre todo como un maestro moderno del cuento, cuatro novelas de Cortázar han demostrado una preparada innovación de la forma mientras, al mismo tiempo, explora cuestiones básicas del hombre en sociedad. Estas incluyen Los premios (1960); 62: Un modelo para armar (1968) basado en parte en su experiencia como intérprete y El libro de Manuel, acerca del secuestro de un diplomático latinoamericano. Pero estas fueron las historias de Cortázar que declararon de forma más directa su fascinación con lo fantástico. Su mejor conocida historia fue la base de una película de Antonioni con el mismo nombre: Blow Up.
Cinco colecciones de sus historias han aparecido en inglés, el más reciente es Amamos tanto a Glenda. Justo antes de la muerte de Cortázar fue publicado un diario de viaje. Los autonautas de la cosmopista, en colaboración con su esposa Carol Dunlop, durante un viaje desde Paris a Marsella en una furgoneta de camping. Publicado simultáneamente en español y francés, Cortázar destinó todos los derechos de autor y regalías para el gobierno sandinista en Nicaragua; el libro ha llegado a ser un best seller. Dos colecciones póstumas de sus artículos políticos sobre Nicaragua y Argentina también han sido publicados.
A través de sus años de exilio en Paris, Cortázar vivió en diversos vecindarios. En la última década las regalías de sus libros le permitieron comprar su propio apartamento. El apartamento podría haber sido el escenario para una de sus historias: espacioso aunque abarrotado con libros y las paredes decoradas con pinturas de sus amigos.
Cortázar era un hombre de seis pies y cuatro pulgadas de altura, aunque más delgado de lo revelado en sus fotografías. Los últimos meses antes de esta entrevista habían sido particularmente difíciles para él, porque su última esposa, Carol, treinta años más joven que él, había muerto de cáncer. Además, sus extensos viajes, particularmente a Latinoamérica, lo tenían exhausto. Él había estado en su hogar apenas una semana y fue finalmente, relajado en su silla favorita, fumando una pipa, como hablamos:

Esfamopio: En algunas de las historias de sus más reciente libro, Deshoras, la mirada fantástica se incrusta en el mundo real más que nunca. ¿Ha sentido usted como si lo fantástico y lo ordinario llegaran a ser uno?

Julio Cortázar: Sí. En estas recientes historias he tenido el sentimiento que hay menos distancia entre aquello que llamamos lo fantástico y aquello que llamamos real. En mis anteriores historias la distancia fue mayor porque lo fantástico realmente fue fantástico y algunas veces tocó lo sobrenatural. Por supuesto, lo fantástico trata sobre la metamorfosis: Los cambios. La noción de lo fantástico que teníamos en la época de la novela gótica inglesa, por ejemplo, no tiene nada que ver con nuestro concepto actual. Ahora reímos cuando leemos El castillo de Otranto de Horace Walpole (los fantasmas vestidos de blanco, los esqueletos que caminan alrededor haciendo ruidos con sus cadenas). Estos días, mi noción de lo fantástico está más cercana a lo que llamamos la realidad. Quizás porque la realidad se aproxima a lo fantástico más y más.

Esfamopio: La mayoría de su tiempo en los años recientes los ha gastado en ayudar varias luchas de liberación en Latinoamérica. ¿Esto no le ayuda también a traer más cerca lo real y lo fantástico y lo hace a usted más serio?

Cortázar: Bueno, no me gusta la idea de “serio,” porque no pienso que yo sea serio, al menos no en el sentido en que uno habla de un hombre serio o una mujer seria. Pero en estos últimos años, mis esfuerzos conciernen a ciertos regímenes latinoamericanos (Argentina, Chile, Uruguay y ahora sobre todo Nicaragua) que me han absorbido tanto al punto que he usado lo fantástico en ciertas historias para ocuparme del tema (en alguna forma esto está muy cerca a la realidad, en mi opinión. Tanto que me siento menos libre que antes. Esto es, hace treinta años yo estaba escribiendo cosas que me venían a la cabeza y las juzgaba sólo por su criterio estético. Ahora, aunque continúo juzgándolas por su criterio estético, primero que todo porque yo soy un escritor) ahora soy un escritor atormentado, muy preocupado por la situación en Latinoamérica; en consecuencia, esto con frecuencia se desliza en mi escritura en una forma consciente o inconsciente. Pero a pesar de que las historias tienen muy precisas referencias a cuestiones ideológicas y políticas, mis historias, en esencia, no han cambiado. Ellas son todavía historias de lo fantástico.
El problema de un escritor comprometido, como los llaman ahora, es continuar siendo un escritor. Si lo que ellos escriben es simplemente literatura con contenido político, esto puede ser muy mediocre. Esto le ha sucedido a un número de escritores. Entonces el problema es uno de balance. Para mí, lo que haría siempre sería literatura, lo más alto que la pueda hacer… ir detrás de lo posible. Pero al mismo tiempo tratar de colocar una mezcla de realidad contemporánea. Y esto es muy difícil de balancear. En la historia de Deshoras, acerca de las ratas, “Satarsa” (la cual es un episodio basado sobre la lucha contra las guerrillas Argentinas) la tentación fue dejar el nivel político solo.

Esfamopio: ¿Cuál ha sido la respuesta a tales historias? ¿Hubo allí mucha diferencia en la respuesta que recibió de las personas literatas y las que recibió de los políticos?

Cortázar: Por supuesto. Los lectores burgueses de Latinoamérica, quienes son diferentes a los políticos o aquellos quienes se alinean con la derecha, no tuvieron problemas con las cosas que me causan problemas (los problemas de explotación, de represión, y tantos otros). Aquella gente lamenta que mis historias con frecuencia tomen un giro político. Otros lectores, sobre todo los jóvenes (quienes comparten mis sentimientos, mi necesidad de lucha y quienes aman la literatura; aman esas historias). Los cubanos disfrutan “Meeting”. “Apocalipsis de Solantiname” es una historia que los nicaragüenses leen y releen con gran placer.

Esfamopio: ¿Qué ha determinado su creciente implicación política?

Cortázar: Los militares en América Latina. Ellos son quienes hacen el trabajo arduo. Si ellos fueran removidos, si allá hubiera un cambio, entonces yo podría descansar un poco y trabajar en poesía y trabajar en historias que fueran exclusivamente literarias. Pero son ellos quienes me dan trabajo.

Esfamopio: Usted ha dicho en varias oportunidades que, para usted, la literatura es un juego. ¿En qué forma?

Cortázar: Para mí la literatura es una forma de juego. Pero siempre he añadido que aquí hay dos formas de jugar: Futbol, por ejemplo, el cual es básicamente un juego y aquellos que son muy profundos y serios. Cuando los niños juegan, aunque estén ensimismados, ellos toman el juego muy seriamente. Esto es importante. Esto es justo tan serio para ellos ahora como el amor lo será para ellos diez años después. Recuerdo que cuando era pequeño y mis padres solían decir: “de acuerdo, has jugado suficiente, ven a tomar un baño”. Yo encontraba eso completamente idiota, porque para mí el baño era una cosa absurda. Ello no tenía importancia en absoluto, mientras jugar con mis amigos era algo serio. La literatura es como esto, es un juego, pero es un juego donde uno puede colocar su propia vida dentro. Uno puede hacer cualquier cosa por este juego.

Esfamopio: ¿Cuando llegó a interesarse en lo fantástico estaba muy joven?

Cortázar: Ello comenzó en mi infancia. La mayoría de mis jóvenes condiscípulos no tenían sentido de lo fantástico. Ellos tomaban las cosas como ellas eran… eso es una planta, eso es un brazo de silla. Pero para mí las cosas no estaban bien definidas. Mi madre, quien todavía vive y es una muy imaginativa mujer, me animaba. En lugar de decir: “No, no, deberías ser serio”, ella estaba complacida que yo fuera imaginativo; cuando yo giraba al mundo de lo fantástico ella ayudaba dándome libros para leer. Yo leí Edgar Allan Poe por primera vez cuando sólo tenía 9 años. Me robe el libro para leerlo porque mi madre no quería que yo lo leyera: ella pensaba que yo estaba demasiado joven y ella estaba en lo correcto. El libro me asustaba y estuve enfermo por tres meses porque yo creía en ello -“dur comme fer” (duro como el hierro)- como dicen los franceses. Para mí lo fantástico era perfectamente natural; yo no tenía duda de ello. Esta era la forma como las cosas eran. Cuando yo les daba aquellos tipos de libros a mis amigos, ellos decían: “Pero no, preferimos leer historias de vaqueros. Los vaqueros eran especialmente populares en el momento. Yo no entendía aquello: que yo prefiriera el mundo de lo sobrenatural, de lo fantástico.

Referencias

Documento traducido y editado por el autor del artículo a partir de las siguientes fuentes:

Julio Cortázar: Historias de cronopios y de famas. En: https://www.taringa.net/posts/arte/15020621/Julio-Cortazar-Historias-de-cronopios-y-de-famas.html

Julio Cortázar, The Art of Fiction No. 83. En: https://www.theparisreview.org/interviews/2955/julio-cortazar-the-art-of-fiction-no-83-julio-cortazar

Julio Cortázar. En: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Julio_Cortázar

Memoria de autor
Carlos Alberto Villegas Uribe. Escritor, artista, gestor y periodista cultural colombiano. Docente de pregrado y postgrado en las universidades del Quindío, Javeriana y Antonio Nariño.