Fotografiar se convierte en una práctica gozosa, porque además de ser un freno para el movimiento de la vida, es una de las posibilidades con la cual registrar las grietas con las que convive el ser humano.

 

Texto y fotografías por: Christian Camilo Galeano Benjumea

No soy fotógrafo. Siempre es bueno comenzar por aclarar y ser preciso en algunos puntos, así se pueden evitar varios malos entendidos. Y, lo más importante, hacer a un lado las objeciones académicas y los purismos intelectuales que terminan por ser una piedra en el zapato al momento de decir o hacer.

Ya Cortázar en uno de sus cuentos, Las babas del diablo, expone que todo aquel que porte una cámara fotográfica tiene una responsabilidad. Es decir, tiene la oportunidad de detener un instante de la vida, que es permanente movimiento, en una fotografía; llevar consigo una cámara permite parar, respirar y apresar momentos. Cómo no hallar placentero la posibilidad de romper la lógica diaria del transcurrir al guardar un registro: una calle, una panorámica, el rostro de un niño, un habitante de la calle que busca en medio de las basuras.

Quizá por eso resulta divertido divagar por las calles de la ciudad y fotografiar aquello que normalmente es ignorado. La vida diaria del hombre moderno se encuentra inmersa en el ajetreo, ir de un lado para otro como un loco a pagar una factura, hacer una fila, comprar un regalo, evitar una multa… todos estos sucesos son un obstáculo que impiden mirar la realidad humana.

Una realidad humana que está plagada de objetos, fisuras, situaciones, contradicciones y vacíos. El mundo se abre ante los ojos del hombre que no desea mirar, prefiere ignorar.

Fotografiar se convierte en una práctica gozosa, porque además de ser un freno para el movimiento de la vida, es una de las posibilidades con la cual registrar las grietas con las que convive el ser humano.

Aquellos objetos dicen algo de la vida de los hombres, son extensiones de lo que son o desean ser las personas, en esos retratos se perciben las grietas del tiempo, no se equivocaba Susan Sontag al decir que las fotografías eran la antesala de la muerte. ¿Qué tienen para decir entonces estos fenómenos llamados fotografías?

Una copa de vino y pipa reposan sobre un muro. El blanco y negro de la fotografía permiten entrever que existe un sentimiento de añoranza y soledad. Sólo hay una copa llena, la otra persona con la cual se esperaba celebrar, al parecer nunca llegó, del otro se percibe la ausencia, el vacío. Tanto el tabaco como el vino usualmente son elementos para compartir y disfrutar con el otro en una conversación o en el goce de los cuerpos; sin embargo, en este caso, el símbolo del encuentro revela la soledad. Ya no importa beber, el tabaco se ha fumado para combatir la ansiedad y el vino ya no representa nada.

El ser humano, al igual que esos utensilios, se encuentra a la espera de poder contactar y conocer al otro, no obstante, se topa ante un abismo que lo separa de los demás. Al parecer no hay puentes o medios para acceder al otro, nos hayamos irremediablemente solos.

Una panorámica de lo que parece ser una cancha de tierra y al fondo un grupo de jóvenes que juega, alejados de ellos, otro se acerca caminando. Aquí los protagonistas de la fotografía no son las personas, en realidad es el espacio y las nubes. Las personas son insignificantes, casi imperceptibles. Las nubes infestan la fotografía y se imponen, son el símbolo de lo pasajero y fugaz, inmensas colman el cielo y se fragmentan en él. A su vez, el espacio está abierto, pleno de posibilidades, en donde los hombres son sólo pequeños referentes en el mundo.

La espacialidad de la fotografía permite intuir un horizonte abierto, inmenso y hasta cierto punto inabarcable, habitado por el ser humano. Este horizonte sobrepasa las expectativas de los hombres que parecen flotar como hojas en el viento, sin rumbo alguno.

Las teclas roídas por el paso del tiempo en aquel órgano son el centro de la fotografía. De nada sirve el efecto focal de difuminar las demás teclas, todas se hayan inservibles. Es palpable como el tiempo ha corroído aquel instrumento musical y hace imposible que el viento circule por los tubos que ya son solo un recuerdo. Las teclas que antes daban la posibilidad para que surgiera, lo que en su momento fue considerado como el canto de los ángeles, ahora solo albergan el silencio. La música que servía de tributo y comunicación con el Dios de los católicos, ha finalizado, el contacto con la divinidad y los hombres por medio de las artes se ha perdido.

Los hombres, han lanzado un instrumento musical de gran complejidad y belleza al cuarto del olvido, porque la belleza musical se encuentra en otra parte. Hoy solo nos queda preguntarnos en dónde están la belleza y el arte divino de la música.

Y así se puede avanzar por una cantidad de fotografías que revelan las contradicciones en que vive el hombre. Cómo no hallar placer en el hecho de detener el tiempo y contemplar los fracasos del ser humano.