Para Sade, Dios es una idea en el cerebro de los hombres, lo verdaderamente existente es la naturaleza, y esta cumple una función de destrucción a través de la maldad; el hombre es un esclavo de la naturaleza y en consecuencia debe obedecerla.

 

Por Sofía Tangarife Sánchez

Dentro del corazón de todo ser humano yace un pozo de oscuridad, violencia y egoísmo irracional. Esta oscuridad es innata, nos acompaña desde el día en que somos engendrados hasta la noche del silencio eterno. Todos somos perversos, todos tenemos un poco de esa palabra luciferina. Es esta la esencia del ser humano: ser perverso; cometer actos llenos de la más absoluta depravación. ¿Por qué lo hacemos? Pareciera que nos complaciéramos en la perversidad, la inquina y la maledicencia. ¿Nos procura la perversión alguna forma de placer o solo se trata de una actividad sin sentido? Ya se dice que los seres humanos somos el animal depravado, el que goza con el dolor, se satisface con la depravación y se ensaña con el masoquismo, el sadismo, el exhibicionismo y el voyerismo.

La literatura es una manifestación artística y un reflejo del hombre mismo, por consiguiente, no está exenta de tinieblas. Logra conducirnos a través del horror y de la delectación de lo horrible ya que el arte no existe con el objetivo de ser correcto. Para comprender un poco más sobre esta propiedad –una apasionante deficiencia– exclusiva del hombre, como lo es la perversidad, nos adentraremos en algunos autores que tratan el tema ya sea de forma implícita o explícita. Poe, Lamborghini, Sade, Masoch, entre otros, son capaces de llegar a un grado poético por medio del retorcimiento y símbolos del espanto. Trabajan de forma artística el aspecto satánico del universo y,

Eduardo López Jaramillo

por consiguiente, del hombre. Eduardo López Jaramillo, en El ojo y la clepsidra, manifiesta cómo la literatura puede hacernos estremecer, ya que es un reflejo del ser humano: “La literatura de nuestro tiempo carece de función pedagógica, no pretende ‘enseñar’ a los hombres, aspira solamente a desconcertar, a colocar al lector entre signos de interrogación, a hacerle dudar, a asquearle hasta la toma de conciencia de su cobardía”.

     Nos sentimos atraídos hacía lo mórbido, esto es innegable. Ya lo expresaba Platón en su obra La República: “sentimos apetencia por vistas de la degradación, el dolor y la mutilación”. Nos deleitan los infortunios, los lamentos, el sufrimiento de los demás; ¿acaso no es verdad que nos sentimos atraídos por buscar noticias sobre calamidades? Diría que el amarillismo nos seduce, tanto así que produce un estado de placer. Las imágenes de lo repulsivo y lo mórbido nos

William Hazlitt

causan fascinación. Es innato.  “El ‘amor a la maldad’, el amor a la crueldad, es tan natural en los seres humanos como la simpatía” –expresa William Hazlitt–. Buscamos que nos horroricen. Buscamos fotografías de víctimas, muertes, mutilaciones, torturas. Nos atrae lo atroz. En otras palabras, perseguimos este sentimiento hasta saciarnos.

 

Revisitando al maestro

     El Marqués de Sade nos ayuda a comprender de una forma más contundente este morbo al que nos referimos. Es sino notar cuál es el hombre único para el escritor, puesto que para Sade el hombre soberano o único, es aquel que confronta la libertad y la excede hasta llegar a un libertinaje, y es necesario también comprender cómo se llega a él, pues este libertinaje solo se conquista por los caminos del crimen y de la realización del mal.

Marqués de Sade

Para Sade, Dios es una idea en el cerebro de los hombres, lo verdaderamente existente es la naturaleza, y esta cumple una función de destrucción a través de la maldad; el hombre es un esclavo de la naturaleza y en consecuencia debe obedecerla.

Estas ideas se ven muy reflejadas en las obras del Marqués, allí se manifiesta su ateísmo y su aborrecimiento al hombre. Por ejemplo, en la obra titulada Las 120 jornadas de Sodoma, Sade redacta una de las frases más perentorias para referirse a este ateísmo y a esta exclusión de un Dios: “Niña, no te atrevas a hablar de Dios aquí dentro. Si Dios existiera no nos dejaría hacer esto contigo”. El autor concluye que todos somos malvados, todos llegamos aquí para hacer el mal, satisfacernos y gozar de ello.

     Así como para Sade la única verdad absoluta es el sometimiento de individuos y el libertinaje, para Masoch es la sumisión y el masoquismo. Además de buscar el placer por medio del dolor, el masoquismo crea unas relaciones específicas de completa dependencia con el individuo y el ser que le completa esta necesidad de sufrimiento.

También se debe tener en cuenta que el masoquismo o la conducta masoquista no es solamente un comportamiento netamente sexual, sino que se extiende por fuera del ámbito erótico.

Leopoldo Sacher-Masoch

Masoch veía a su esposa como una dominatriz, y en su obra titulada La venus de las pieles refleja este comportamiento masoquista creado en la mente del escritor. Seguramente Severin sería él y Wanda sería un reflejo de su consorte. ¿Es pervertido querer hacernos daño? ¿El hecho de que el daño sea a nosotros mismos lo hace menos trascendental que cuando la laceración se les realiza a sujetos externos, como lo observamos en las obras de Sade?

 

Otras voces sobre el mal

“Un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría, ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte”. El anterior es un fragmento extraído de un corto escrito titulado El demonio de la perversidad y redactado por Edgar Allan Poe.

Edgar Allan Poe

Esta dolencia exclusiva del hombre es un impulso, un impulso que inhibe toda razón humana y además es irremediable. Por ejemplo, en el cuento El gato negro se manifiesta este cruel padecimiento; un hombre no soporta a su gato, le molesta observarlo, le molesta ver como el animal se contonea y lo observa tranquilamente. Es aquí entonces donde sobresale el primer impulso o el primer acto perverso del cuento: el hombre ahorca al gato. Consecutivamente, el individuo adopta a otro felino –el cual es casi idéntico al anterior exceptuando una fina mancha blanca en el pecho–, este acto lo obliga a conducir un suceso horroroso.

Charles Baudelaire

Es este el impulso al que se refería Poe, el acto perverso es el más fuerte y es de alguna forma irremediable. Baudelaire expone cómo nos sentimos atraídos hacia esta perversión o hacia el mal en sí mismo, esto expresa en Las flores del mal: “Nos vemos atraídos misteriosa y permanentemente hacia el mal: aquella perversidad constituye una fuente inagotable de placeres por quien da rienda suelta a sus inclinaciones satánicas”.

Para Baudelaire –muy por el contrario de Sade–, calificado como un paria, sufre por la voluntad de la sociedad, considera que el hombre es perverso y hace el mal porque sufre, por su condición de ser excluido. El autor opina que el mal no existiría sino existiera el sufrimiento al que somos sometidos.

Jean-Jacques Rousseau, en El contrato social, afirma que: “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Según Rousseau, el individuo al nacer carece de moral y debe captar las normas sociales a medida que se desarrolla en su entorno. Plantea que el Hombre es bueno, pero los hombres concretos no lo son; en la naturaleza los hombres eran buenos y su constitución como seres sociales los ha pervertido.

Thomas Hobbes

Por otro lado, Thomas Hobbes opina que el hombre es malo por naturaleza. Hobbes resalta cómo los seres humanos ya venimos predispuestos a realizar el mal, en otras palabras, nosotros como individuos sólo buscamos nuestro propio bienestar, somos malvados y perversos porque así lo deparó la naturaleza del hombre. Sostiene que lo que de verdad mueve al hombre es su miedo y su egoísmo. El estado de la naturaleza es la “guerra de todos contra todos”.

Osvaldo Lamborghini

Para ilustrarlo, basta repasar el cuento titulado El niño proletario de Osvaldo Lamborghini. Los niños son curiosos por naturaleza, algunos hasta rozan el umbral de lo malvado, pero lo que hay a continuación es una de las narraciones más explícitas y mórbidas que atañe infantes.

El niño proletario narra la historia de un pequeño abusado física y sexualmente por infantes de su misma edad, pero de diferente clase social. Lamborghini expone al comienzo de su narrativa: “Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras que la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria”.

La descripción cruda y ostensiva que realiza Lamborghini es una clara muestra de lo mórbido y denso que se torna el cuento. Aquí es reflejado el retrato del hombre como un ser completamente pervertido. Además de ser sumamente explícito en el ámbito sexual nos demuestra otra cara de la historia donde inferimos la dominación de clases y cómo el autor realiza cierta analogía por medio del abuso al niño proletario. El hombre es un ser perverso por naturaleza, y aunque somos seres racionales, esta misma perversión inhibe cualquier rastro de raciocinio en nosotros.

El asesinato de James Bulger, ocurrido en 1993, tuvo como protagonistas a dos niños –ambos de 10 años– los cuales secuestran, torturan y asesinan a sangre fría a un pequeño de tan solo dos años. Casos iguales o peores que este abundan en todo el mundo, de una u otra manera podemos inferir que existe algo en nosotros, una maldad, una perversión y una necesidad de realizar actos pervertidos. Tal como lo afirmaba Hobbes, somos seres llenos de perversidad, somos perversos. Y la literatura –o las artes en general–, siendo una representación y un reflejo de nosotros mismos, relucen nuestra maldad innata, sacan a flote todo lo repugnante y todo lo pervertido que puede ser el alma humana.

 

Bibliografía

López Jaramillo, Eduardo. (1995). El ojo y la clepsidra: Akhenaton, J.A Silva, Sade, García Lorca. Colección Literaria del Fondo Mixto para la Cultura y las Artes de Risaralda. Pág. 22.

Poe, Edgar Allan. (2016). Cuentos completos. Penguin Clásicos. El gato negro.

Lamborghini, Osvaldo. (1973). Novelas y cuentos I. Edición al cuidado de César Aira.

Marqués de Sade. (1998). Las 120 jornadas de Sodoma. Tusquets Editores S.A.

Platón. (2000) La República. Universidad Autónoma de México. Programa editorial.