EL PODER Y EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS

Los virus, que tanto afectan la salud animal como humana, también tienen su importancia —tanta— que han arrasado con millones de vidas de animales y humanas. Aún queda mucho por conocer de esos extraordinarios seres.

 

Por / Jorge Triviño

Hace mucho tiempo he venido observando las cosas pequeñas: las hierbecillas que pisan nuestros pies, como: la grama, el diente de león, la espadilla, la sarpoleta, el poleo, el trébol, los líquenes, el musgo; las piedrecillas, la arena, etc. Son pequeñas, pero guardan muchas virtudes y poderes en sus cuerpos. El diente de león se encuentra en casi todos los pisos térmicos, desde los nevados, hasta las partes bajas, cambiando su constitución, pues en los pisos altos, como los nevados, sus hojas son gruesas, anchas y muy verdes, y le permiten atrapar la humedad y realizar un mejor desempeño en la fotosíntesis. Esta planta se utiliza —además— para limpiar el hígado y permitir, de esa manera, un mejor funcionamiento de los riñones.

La espadilla es utilizada para bajar las fiebres y la sarpoleta para mejorar las afecciones pulmonares.

La grama, se destina como forraje para el ganado y los caballos; también se emplea para fines medicinales, pues limpia de manera portentosa los riñones, si se toma en infusiones.

El poleo, se usa para darle sabor a la longaniza y como carminativo, pues ayuda a expulsar los gases y a estimular la secreción de la bilis.

Los líquenes y los musgos, interactúan con todo el ecosistema y permiten mantener la humedad, favoreciendo el desempeño de los microorganismos.

Las piedrecillas y las arenas, aparte del soporte que representan, también conservan la humedad, al retenerla uniformemente.

       Pero no podemos quedarnos aquí, en este espacio, pues existen otras partículas más pequeñas como los microbios y las bacterias, que son utilizadas industrialmente, si se conocen sus efectos en otros organismos mayores.  Son extraordinarias.  Se han encontrado bacterias que tienen millones de años de existencia en el planeta tierra. Aunque se creía que solo podían habitar en ambientes en presencia del aire, estas, sin la presencia del oxígeno, han logrado vivir durante tanto tiempo. ¿Esconden, acaso, el arcano de la existencia en sus cuerpos vivos? Lo aclaro, porque la vida no se encuentra en las estructuras físicas, sino en aquellas que lo animan.

Los virus, que tanto afectan la salud animal como humana, también tienen su importancia —tanta— que han arrasado con millones de vidas de animales y humanas. Aún queda mucho por conocer de esos extraordinarios seres. Esconden tantos secretos como las demás criaturas que pueblan el planeta tierra, y debieran estudiarse para conocer sus propiedades maravillosas, que podrían dar luces nuevas a la ciencia.

No podemos dejar de lado a los insectos —que por miríadas habitan el planeta tierra—. Estos seres tan asombrosos, como hermosos, no dejan de impresionarnos. Se han adaptado positivamente mediante procesos como el camuflaje, sus vistosos colores, sus formas aerodinámicas; su modo de volar para alcanzar velocidades sorprendentes con las cuales engañan el ojo animal o humano, y su diseño, que les permite penetrar en las corolas de muchas flores y polinizarlas.

Presencié tres casos que quiero dar a conocer. Dos de ellos —en mi hogar— y el último, en el campo, cuando realizaba una visita comercial a un campesino, en una zona alejada de la ciudad.

Por una de esas causalidades —pues la casualidad no existe— una noche en que me encontraba lavando los trastos de la cocina. Por el desagüe del lavaplatos había una abertura muy pequeña. Ni siquiera tenía un centímetro de ancho. Cuál no sería mi sorpresa cuando pude observar que, desde dentro, salía una cucaracha; pero mi asombro fue mayor al ver que el insecto, que parecía pequeño, se fue ensanchando hasta hacerse bastante voluminoso. El artrópodo se había encogido demasiado, para poder pasar a través del agujero, y luego, había aumentado su tamaño; es decir: había recuperado su dimensión normal.

Otro caso, que también me pareció sorprendente, ocurrió cuando había escaso alimento para que estos insectos se alimentaran. Vi cómo una cucaracha devoraba a otra. Ignoraba que fuesen caníbales; en ese instante, entendí las razones por las cuales han sobrevivido millones de años en el planeta tierra.

En otra ocasión, y mientras iba por un camino hacia una finca enclavada en una montaña, pude observar a un cocuyo atacar a un escarabajo, mucho más grande que él y vencerlo.

Pero estos ejemplos de seres pequeños, son en realidad muy pocos, pues la realidad supera a la ficción.

Es muy conocido en ciencia kabalística que un discípulo le preguntó a su maestro cómo podía dibujar a Dios, y él, muy sabiamente, dibujó un punto.

Según la Kabalah, el punto tiene como valor 1 y 10, ya que representa el principio y el fin, que es la plenitud. Desde el punto de vista de la ciencia, representa el átomo, indivisible y único, al que se le ha tratado de comprender, pero que aunque han encontrado otras partículas que lo constituyen, jamás han podido develar su esencia íntima y luminosa.

        Este Punto Primordial —se multiplicó a sí mismo de sí mismo— de manera portentosa; así como se propaga una onda en el agua, y genera otros millares de ondas más.

La ciencia hallará otras partículas —sin duda alguna— pero la comprensión, mediante el pensamiento y la ciencia materialista, no es posible, pues aquello que llaman antimateria es la energía divina puesta en movimiento por el santo dinamismo de su Voluntad Poderosa.

Todo aquello que es complejo está estructurado por partículas infinitamente pequeñas. Los organismos están compuestos por: plasma —pero este plasma contiene el licor de la vida —; por células que configuran órganos, y por órganos que estructuran cuerpos, y por cuerpos que pueblan ecosistemas vivientes.

Los cuerpos —que la ciencia considera inertes— no lo son, pues están compuestos de millones de átomos de distintas densidades, y giran a vertiginosas velocidades, alcanzando vibraciones de diferentes longitudes de onda.

Aquellos cuerpos que parecen inanimados tienen un alma vegetativa:

       “Esta voluntad metálica, el alma misma del metal, queda claramente puesta en evidencia en uno de los hermosos experimentos hechos por Ch. Ed. Guillaume. Una barra de acero calibrado es sometida a una tracción continua y progresiva cuya potencia se registra con ayuda del dinamógrafo. Cuando la barra va a ceder, manifiesta un estrangulamiento cuyo lugar exacto se fija. Se detiene la extensión y la barra vuelve a sus dimensiones primitivas. Luego, se reanuda el experimento. Esta vez el estrangulamiento se produce en un punto distinto al primero. Prosiguiendo la misma técnica, se advierte que todos los puntos han sido experimentados sucesivamente y que han ido cediendo, uno tras otro, a la misma tracción. Pero si se calibra una última vez la barra de acero, reanudando el experimento por el principio, se advierte que es preciso emplear una fuerza muy superior a la primera para provocar la aparición de los síntomas de ruptura.

         Ch. Ed. Guillaume concluye de estos ensayos, con mucha razón, que el metal se ha comportado como lo hubiera hecho un cuerpo orgánico: ha reforzado sucesivamente todas sus partes débiles y aumentado a propósito su coherencia para defender su integridad amenazada.”[1]

        Albert Einstein, el sabio judío, encontró en esa partícula infinitesimal —el átomo— el poder maravilloso, con el que se pudo crear la bomba atómica, cosa que lo desilusionó, pues supo posteriormente el uso inadecuado que la humanidad había hecho de él.

Nosotros, seres divinos, compuestos de materia estelar, tenemos el poder de cambiar la humanidad, si nos proponemos; ostentamos el ineludible deber de prepararnos para hacerlo de manera paulatina, pues somos la vida misma. Poseemos idénticos genes que se encuentran en los demás seres vivos en toda la naturaleza.

Es hora de seguir el camino de aquellos que nos precedieron con su ejemplo: Mahatma Ghandhi, quien, con su ideal inamovible de liberar a trescientos millones de hindúes, y solo con un sari, unas sandalias, un reloj, unos lentes y una cabra, logró liberarlos. Seguir el ejemplo de Teresa de Calcuta, quien, con su amor incondicional, logró salvar miles de vidas. Debemos cooperar con el género humano, sin distinción de razas, credos, política o nacionalidad. Cada uno de nosotros, tiene talentos innatos con los cuales puede hacer la diferencia.

Debemos empezar a hacer cosas pequeñas, pues los grandes actos se inician con pequeñas acciones. Todos los movimientos se inician con ideas, las ideas se convierten en actos, y los actos generan otros de mayores. Un acto noble y desinteresado, despierta simpatía en otros seres; y estos a su vez, dan lugar a poderosas acciones. No se deben menospreciar los actos individuales —por pequeños que parezcan— para cambiar la situación actual del mundo.

Como decía Lao Tse: “Un viaje de mil millas comienza con un primer paso”

Ningún acto pequeño queda en el olvido. Cualquier pensamiento conmueve una estrella.

Pertenecemos a un universo en un flujo constante de energía. Ya está comprobado que cada uno de nosotros, es una energía poderosa para la acción. No se necesitan dotes especiales, se requiere una decisión firme, una voluntad a toda prueba y un ideal, pues sin una bitácora, es imposible llevar a cabo una misión.

Recuerdo —con mucho agradecimiento— la enseñanza de un amigo, y compañero de una empresa metalmecánica: “Deja el mundo mejor que lo encontraste”

Si cada uno de nosotros se diera a la tarea que plantea mi amigo, este mundo sería mejor para las generaciones futuras.

Viendo a aquellos que considero como verdaderos héroes; como los campesinos, los obreros de las grandes fábricas; a algunos trabajadores independientes, como un hombre muy maduro que empuja una carreta con verduras por las avenidas de nuestra ciudad —jadeante y con poco aliento— y a quien jamás he visto quejar; a un vendedor de ilusiones y sueños, es decir, a un vendedor de chance, que arrastra sus pies con una mano pegada a su cuerpo, pues —sin la menor duda— sufrió un derrame cerebral que le dejó en ese estado, y que lo único que puede llevar a su hogar son cinco mil pesos; y que por esa causa, camina varios kilómetros hasta su hogar en el barrio Chipre en la ciudad de Manizales; entonces, recuerdo a mi madre —una abnegada mujer que lavaba ropas y hacía oficios de sirviente en muchos hogares— en tiempos en que mi señor padre se encontraba en el Chocó, haciendo un alcantarillado, y que por no sé qué razones, el ingeniero jamás le pagó durante un largo año; aunque adivino que el vicio del licor le impidió pagarle, y luego vi a mi progenitor llegar a nuestro hogar, acongojado y triste después de su larga ausencia.

       Mi madre tenía abnegación, sentido de caridad y amor incondicional, capacidades con las cuales logró sacar adelante a once hijos; además de poseer una alma pura y limpia.

Sencillamente era una mujer transparente y amorosa.

Recuerdo también a mi abuela paterna que en el mismo barrio Chipre vendía chachafrutos, guayabas, cartuchos, dulusogas, lirios, yerbabuena, limoncillo y cidrón.

Va también mi reconocimiento a mi padre —un campesino— que, con una escasa educación, de segundo de primaria —autodidacta— y que logró triunfar como mampostero, interpretando planos, y construyendo silos, puentes, carreteras y casas. Poseía gran agudeza mental, gran capacidad de análisis del alma humana, comprensión de los problemas cotidianos y un elevado sentido de responsabilidad; facultades que le permitieron avanzar por el sendero de la vida.

A esos seres, mi eterno agradecimiento, pues son los pilares olvidados de nuestra sociedad, y son los que construyen un mundo mejor, en silencio, sin ostentación y con la bondad infinita de su alma.

Como pueden ver, lo pequeño es lo que realmente sostiene la estructura maravillosa de la vida.

¡Loor y agradecimiento a esos seres y criaturas que forman el monumental, infinito y hermoso universo!

[1]FULCANELLI. Las moradas filosofales. Págs.115 y 116