EL SECRETO DEL PASADO

Así es siempre, y no es diferente ni siquiera cuando el modelo de la fotografía es uno. Lo que ha quedado fijado en el tiempo gracias a ese juego de luz y reflejos es algo que se ubica en otra dimensión, una que viola, o desdice al menos, las leyes de la naturaleza

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Recuerdo y debo reconocer que la he buscado, pero no la he podido encontrar, así que cabe la posibilidad de que no exista y sea producto de mi imaginación, una foto del poeta Raúl Gómez Jattin en la que mira como retando el mundo —bueno, en todas mira retándolo o retándonos—. Está recostado en una hamaca, despeinado, en guayabera y con esa hermosa cara de loco. Al fondo, en la penumbra, borroso porque el primer plano es para el poeta, un gato mira la cámara. Un gato flaco que proyecta su sombra. Y el gato está atrás del poeta, es decir del lado del poeta, todos los demás estamos acá.

El ensayista holandés Rudy Kousbroek ideó lo que él denominó fotosíntesis, pequeños ensayos de no más de mil palabras en los que confluyen recuerdos que tienen origen, o pretexto, en fotografías en blanco y negro. Una antología de aquellas fotosíntesis, que llegaron a ser más de cien, fue publicada en español con el título de El secreto del pasado. Así comienza una: “El objetivo de la vida es detectar milagros. ¿Qué es un milagro? Algo que no es posible”.

La gracia estriba en que los milagros son algo imposible que al final sucede. Y suceden. Chesterton decía: “lo más increíble de los milagros es que ocurren”.

Las fotografías son un milagro. Lo fueron desde cuando Niépce o Daguerre lograron grabar una imagen a partir de la exposición de la luz, y no tanto por el portento mecánico y químico que entraña el artilugio compuesto de cámara y resultado, sino porque implica la posibilidad de grabar un instante que, de manera inmediata y seguida a su concreción, deja de existir. Lo fotografiado es algo que existió solo en el momento en que fue fotografiado, inmediatamente después dejó de existir, al menos tal como era cuando sucedió la maravilla. No se me ocurre nada que logre algo parecido, ni siquiera ahora que existen ingenios tecnológicos supuestamente mayores. La mayoría de estos, incluso, lo que pretenden es mantener un eterno presente o anticipar el futuro, pero no fijar el pasado. Y fijar el pasado es un milagro.

Y esa fijación del pasado queda además por fuera de lo fotografiado, como si se tratara de otra dimensión. Lo fotografiado allá, la fotografía acá, igual que los videntes, casi en la total acepción de la palabra. Así como en la foto que recuerdo de Gómez Jattin: él allá con su gato escuálido y nosotros acá.

Así es siempre, y no es diferente ni siquiera cuando el modelo de la fotografía es uno. Lo que ha quedado fijado en el tiempo gracias a ese juego de luz y reflejos es algo que se ubica en otra dimensión, una que viola, o desdice al menos, las leyes de la naturaleza. Lo que confirma, diría Hume, que se trata de un milagro.

Pero no siempre, pienso ahora.

No hay flash, así que no me deslumbra ningún destello intempestivo. Yo solo intento mirar hacia el escenario y descubrir el espectáculo que, según me han anticipado, es fabuloso. Me pongo de espaldas a mis compañeros de mesa y en cambio quedo casi en la de los vecinos, y así, desprevenido, por andar intentando ver aquel espectáculo de cabaré pudoroso, me doy cuenta de que me han tomado una foto. No, no es exacto, no me la han tomado a mí, se la han tomado a dos hombres y una mujer que estaban posando, y mi cara ha quedado en medio de ellos, seguro con los ojos abiertos como platos y con un gesto de estupidez insuperable. Me les he tirado la foto. Avergonzado agacho la cabeza y vuelvo a mirar a mis compañeros, pero unos segundos después busco de nuevo el espectáculo, creyendo que la sesión de fotos de mis vecinos ya ha culminado.

Pienso que tal vez haya mejorado el cabaré, y parece que sí, ahora dos mujeres vestidas con trajes a la moda de hace un siglo, cantan, y bien. Pero de nuevo vuelvo a quedar en medio de una foto, en esta ocasión la que se está haciendo tomar la mujer, sonriente, con su pecho enhiesto y expuesto, y una sonrisa diseñada que alcanza a brillar como el flash que insiste en no usar el fotógrafo. Ahora debo haber quedado peor, justo sobre su hombro, como si fuera un espanto que surge de la oscuridad para importunarla. El asunto ya no me avergüenza, sino que me molesta. Me giro refunfuñando y alguno de mis compañeros acata a decir que menos mal existe una manera de borrar lo indeseado de las fotos, otro se burla imaginando a dónde irá a parar mi imagen.

La molestia no me dura nada porque ya me interesa más observar el comportamiento de los vecinos: tres hombres y tres mujeres gobernados por un sugar-daddy que no se molesta en ocultar en lo más mínimo su inmensa y reciente fortuna. Todos tienen el celular en las manos y se toman fotos de manera desaforada. Posan entre ellos o para ellos mismos y extienden sus labios como si fueran a besar el lente. Luego miran alelados sus pantallas y si les gusta lo que ven, envían la imagen a sus redes, que de inmediato, también, corren a ver. En medio de la música lo único que se dicen, gritando, es: etiquétame y dame un like. No hablan nada más entre ellos. Han destruido el milagro.

Pienso entonces que Gómez Jattin nunca se habría hecho una foto a sí mismo, y recuerdo al escuálido gato, y lamento no serlo.