Aquel hombre con apariencia joven iba muy de prisa, tan rápido que no notó cuando una hoja cayó de su maleta y de repente  yo, sin darme cuenta, lo vi desaparecer. Corrí hacia el sitio donde cayó la hoja, la recogí y empecé a leerla. Con sorpresa, me encontré con el inicio de una nueva historia.

Imagen tomada de: http://1.bp.blogspot.com/_IgQckqalBoI/S9vxhjCBE2I/AAAAAAAAAdE/V6VyDKO186U/s1600/Las+Nubes+son+Pintoras.jpg

Recuerdo que alguna vez alguien dijo: -”Más arriba del cielo pero más abajo del espacio hay un mundo, lleno de ilusiones”
Imagen tomada de: http://1.bp.blogspot.com/

Por: Esteban Díaz

Me convertí en ayudante del tiempo. Tiempo que sigue, vuela, se esconde y siempre sin razón alguna vuelve a alcanzarme, encontrarme y detenerme.
Viajaba entre las nubes, en uno de los países más extraños y más remotos. Aquellas nubes, grandes y con formas de caminos eran las que poco a poco me trasladaban a aquella ciudad; La Ciudad De Las Nubes. Caminando como el explorador más emocionado por sendas de nubes, calles de nubes y por casas de nubes llegué hasta la más normal y más llamativa casa que podría haber visto jamás; tenía una forma extraña de huevo recostado y las ventanas estaban en la parte de arriba, mirando al cielo encerrado. A los lados había un par de nubes inertes con forma de árboles y la puerta del frente era sin duda como la puerta de cualquier lugar. Detrás de la casa se podía divisar una especie de jardín lleno de nubes, muy parecidas al algodón de colores, y, los olores que expedían aquellas nubes pequeñas era magnífico; aún más el olor de una nube de color extraño, claramente inexplicable.


En las afueras de aquella casa, al lado de un árbol de nubes me senté más precisamente en otra nube con forma de banca de parque; al menos eso creí. Me quedé observando como es que el cielo de La Ciudad De Las Nubes se podía ver de una forma tan extraña y llamativa. Recuerdo que alguna vez alguien dijo: -”Más arriba del cielo pero más abajo del espacio hay un mundo, lleno de ilusiones”. Todo estaba tranquilo, silencioso y muy sereno hasta que, de aquella casa sin previo aviso, salió un hombre con aparente prisa. Aquél tenía un sombrero de lana con cuadros de color rojo y azul oscuro, llevaba puestos unos pantalones que le llegaban a las rodillas y tenía el color caoba en su pelo, en su barba, bigote y en sus cejas. Aquél hombre con apariencia joven iba muy deprisa, tan rápido que no notó cuando una hoja cayó de su maleta y  de repente  yo, sin darme cuenta, lo vi desaparecer. Corrí hacia el sitio donde cayó la hoja, la recogí y empecé a leerla. Con sorpresa. Me encontré con el inicio de una nueva historia.

‘”El Vendedor De Nubes
Analogía, Marena.

Parte I

En la calle

Me basta con pensar que el mundo es como el libro al que le faltan los dibujos; claramente las representaciones, pues tiene muchos momentos pero no todos los viven de la misma manera. Ayer soñé con aquél sitio nuevamente. Siempre me veía sola, encerrada, perdida y sin vida. Cuando despierto trato de no retorcerme al recordar aquél monótono sueño, pues vivir en la miseria y la esclavitud es como vivir en la tristeza y la soledad y prefiero morir de hambre en la calle que por falta de libertad y admiración por lo exterior.
Pasa lo mismo cada noche como ésta, donde reflexiono sobre lo que no tengo y que siempre quise tener y que por obvias razones nunca podré recibir.

 Aquí recostada en el suelo duro mal oliente, en la cama que inventé con pedazos del olvido de las cosas que alguna vez fueron la arquitectura más deslumbrante de la tierra, en aquél momento imagino una cama de verdad, una casa y mi familia; ¡Mi familia!.
Hoy mi amigo Ángel salió en busca de comida aun sabiendo que la guerra entre zonas había aumentado y probablemente tuviera que enfrentarse con los rebeldes de las demás líneas por un pedazo de cualquier alimento, y así ha sido desde siempre.

 Vivimos en un mundo mágico, donde la magia solo subsiste y domina en los que habitan el cielo, nosotros, por cuestión de debilidad debíamos respetar a todo aquél que desde allí lanzara una orden, aun sin saber qué clase de inhumano vivía en aquel lugar. Mientras esperaba a Ángel, arreglé nuestro castillo; acomodé los dos palos que sostenían el techo que estaba construido con trapos y latas que recogimos del último huracán, limpié el cuadro de “la ciudad perfecta” que le robamos a los soldados de “ningún lugar”, y como olvidar la admiración que sentí al ver como nuestras camas estaban organizadas, todo eso me hacía sentir en el mejor hotel; en el mejor hogar. Me movía entre las abultadas pero preciosas baldosas que se formaban por las piedras de colores que, por cada paso que daba me hacían doler hasta las uñas.
Mientras me hundía en la rutina, porque esta actividad era de todos y para todos los días, Escuché un extraño bullicio en las afueras de la línea; nosotros vivíamos en la línea 9, donde las cosas no eran mejor que en ninguna de las otras. Salí de repente por la improvisada entrada, y pude observar como Ángel iba de sitio en sitio empujando a nuestros vecinos, tratando de acercarse apresurado hacia el sitio donde me encontraba observando como gato. Venía con su maleta de color naranja llena de algo que lo hacía entorpecer su camino al intentar correr. Al acercarse a mí, me tomó de la mano y lanzó un grito tan tenaz que casi hizo que las camas se desarmaran.
-Debemos irnos Marena-. Gritó como loco sin razón alguna.

-¿Qué sucedió?-. Le pregunté y sin darle tiempo a responder, en menos de un segundo, en la primera choza de nuestra línea aparecieron dos naves araña. Las que más odiaba y que tenían por costumbre el destruir todo a su paso para resolver los conflictos fuesen los que fuesen, lo único que pude escuchar después de ver anonadada como se acercaban aquellas naves quemando y lanzando explosivos fue.
-corre.

Una Vez terminada la nota, me quedé esperando el anochecer al lado de aquella casa. Esperé al joven que salió y que no había regresado… Así esperé y esperé.

 

 

Imagen tomada de: http://www.iquilezles.org/blog/myContent/nubes.jpg

Imagen tomada de: http://www.iquilezles.org/blog/myContent/nubes.jpg

 

Muchos caminos recorren las personas con el fin de encontrar un sitio en el que puedan quedarse, al menos, eso lo he podido observar durante el tiempo que he viajado, ahora bien ¿Será que busco lo mismo?.
Esta mañana regresé a la ciudad de las nubes y pensé que en aquél momento podía ver a aquella persona que había dejado caer su nota y que quizás la estuviera buscando por todos los sitios posibles, me volví a sentar en el mismo sitio que había disfrutado la vez pasada y esperé…, Ahora sigo aquí, no tengo mucho que hacer y he decido esperar. Reviso mis notas y entre hojas vacías escribo sin mucha concentración algo para recordar después, ”¿Seré como él?”. Continúo esperando, miro aquella casa desde afuera y siento la nostalgia de la soledad, y así pasé todo el tiempo hasta que apareció aquél hombre. Iba nuevamente apresurado, esta vez tampoco puso mucha atención a voltear a mirarme, simplemente se acercó a la puerta de su casa e intento abrirla sin la armonía que tienen las personas al observar el acto de abrir una puerta, fallaba en el intento de introducir la llave y golpeaba la puerta como esperando que alguien le abriera. Me paré me acerqué y le saludé -Buenas Tardes, Ehm… Mi nombre es Düşler y tengo algo que le pertenece. Tome la nota  y alargué mi mano -Creo que esto es suyo. El hombre tomó la nota, la observó, la leyó entre pedazos y abrió los ojos con una felicidad impresionante. -Le agradezco mucho, no sabe cuanto la he buscado, dígame una cosa, ¿Leyó su contenido?-. Su pregunta me sorprendió un poco y no sabía que responder, pero la inocencia de un buen corazón no se debate entre las cosas negativas y respondí. -Me encantó lo que estaba escrito, imagino que usted lo escribió, de ser así es un buen escritor-. Antes de poder terminar mi respuesta me contestó-. -Claro que no lo he escrito yo, lo escribieron mis padres, pero por su buena opinión le dejaré leer el resto de la historia, Espere busco los diarios-. Entró a la casa y tardó unos pocos segundos en regresar al sitio donde me encontraba. -Tenga, por favor cuídelo mucho, este es el diario de mi madre, esa hoja que usted encontró se cayó por accidente y ahora podrá estar otra vez completo, llévelo y léalo, tráigalo cuando termine. hablaremos de él y hablaremos de usted, que por sus apariencia debe ser el viajero del que muchos hablan. Dijo sin vacilar y entró a su casa, mientras cerraba la puerta me dijo. -Ya tendrás la oportunidad de saber más.
Salí de su casa me alejé de la ciudad de las nubes, iba como el viento, por todos lados y al encontrar sitio tranquilo entre las nubes. Empecé a leer lo que era la continuación de aquella buena historia.

“El vendedor de nubes
Analogía, Marena.

Parte II

 Hacia Adelante.

 Los niños gritaban desolados por el ardor en sus pies descalzos, sus padres parecían momias que podían moverse con ayuda del viento y nosotros íbamos junto a ellos. Aquella selva parecía el laberinto más extenso, con las trampas más elaboradas y con el silencio más sospechoso.  Ángel no decía una palabra, simplemente sostenía su mochila como si fuera lo más importante y miraba siempre hacía el frente como si quisiera encontrar algún sitio que no conocía pero que esperaba, estuviera a la vista de sus narices. Yo iba dando tumbos de lado a lado, iba pensando en aquellas personas que se habían quedado en lo que hasta pocas horas fue nuestro hogar y tenía la extraña sensación de que todo estaba ya envuelto en llamas. Caminamos por largas horas entre aquella selva de muchos colores, donde no había aparente vida salvaje y lo único que se movía eran las plantas que cambiaban de color cada que pasábamos cerca a ellas. Yo no sabía porque estaba escapando y era obvio que Ángel sostenía en su mochila la razón de nuestro inesperado viaje, que nos llevaría posiblemente a la muerte. Al caer la tarde, todas las personas se detuvieron, hicieron una especie de media luna, y pude contar que había diez, más nosotros dos. Estaban dos niños de aproximadamente nueve años, una pequeña niña que parecía de tres años y de contextura gruesa, dos ancianas que parecían cada vez más cansadas y dos parejas, una de dos jóvenes y la otra de personas con edades aproximadas de cuarenta y cuarenta y dos años, al parecer padres de los dos niños. Y estaba también un hombre que parecía el guía de aquellas perdidas y desoladas personas. Al llegar la noche, se hizo un campamento muy improvisado, casi siempre como todo lo que teníamos que hacer en nuestra forma tan golpeada de vivir, y simulando ser parte de la selva armamos lo que ellos llamaron, un campamento. Ángel fue el primero en dormirse y sostenía su mochila como si fuera su propia espalda y roncaba como anciano luchando batallas en sus sueños, tampoco era mi intención intentar ver lo que allí, dentro de su mochila se encontraba, aunque en definitiva me ahorcaban las ganas de abrirla. Con el frío que estaba haciendo, con el miedo que me estaba inundando, decidí de forma casi automática levantarme del suelo e ir por ahí un poco lejos del tan improvisado campamento, a saber que iba con la vaga idea, que podría encontrar algo interesante en aquél lugar, y sentía que por primera vez podría observar el cielo y me amargaba el recuerdo de nuestra choza en nuestra línea donde el cielo no podía observarse por vivir en cerrados en Domos como si fuésemos experimentos. Al recostarme en una de las piedras que tenía tres veces mi tamaño y al mirar hacia arriba pude constatar el por qué la diferencia de nuestros lados, el por qué allá arriba viven los menos preocupados y pude observar por primera vez como se movían las nubes, de hecho esta noche había sido la más maravillosa de todas las que había pasado desde que el mundo había cambiado.

Nuevos rayos de sol golpearon mis ojos, una nueva mañana estaba ya bien entrada y al levantarme pude notar que las demás personas ya no estaban por ningún sitio, y observé para cada lado, y sólo quedábamos Ángel y yo. Sin darle tiempo al primer suspiro del día, tomé a Ángel por la espalda y le pregunté apresurada y temblorosamente. -¿Dónde están los demás?, ¿Qué sucede? ¿A dónde vamos? ¿Qué llevas en la mochila?, ¿Por qué no me dices que pasará con nosotros? Cada una de las preguntas iba acompañada de un golpe que le daba en la espalda y cada lágrima que soltaba era la más firme prueba de querer una respuesta, y la obtuve de la voz más sensata y calmada. –Marena, aquellas personas decidieron irse cuando les mostré lo que llevo conmigo, ellos no quieren correr peligros absurdos pues ya tienen donde ir, y quieren llegar a su destino. Yo no sé a dónde voy, simplemente sé que quiero ir lejos, y saber qué hacer con lo que llevo en aquella mochila, que por haberlo tomado me está costando la vida, ahora bien, te traje a ti porque somos una familia, yo tu hermano mayor, y tu mi amada amiga y lo único que me faltaba para escapar eras tú. Te prometo dar mi vida por ti, pero promete cuidar de lo que hay en mi mochila, de igual manera prometo que pronto lo verás-. Aquellas palabras me hicieron pasar por mil momentos a la vez, quise responder a lo que me dijo, pero me sentí satisfecha al saber que con él iba protegida, y que nunca dejaría que me quedara sola y mucho menos en lugares como estos. Al terminar sin discutir, me tomó de la mano. –Vamos. Dijo con una sonrisa de mejilla a mejilla y pude sentir el sereno de la felicidad.

Lo que no sabía era que aquella no duraría por más de pocas horas…”