Una muralla surge entre las sombras. Camino junto a ella. Subo hacia mi barrio efímero. Un grafiti sobre una casa amarilla dice “Não sigas uma filosofía, cria uma”. ¿No es lo que yo he hecho?

 

Texto y fotografías: Jaime Flórez Meza

No podía dejar de escribir sobre mi estadía en un país cuyo nombre ya es de por sí fascinante: Portugal es para mí una mezcla de “puerto” y “frugal”, esto es, mar y frutas, puertos bellos, manzanas verdísimas, playas en el Atlántico, sidra, uvas negras, rojas y verdes que luego se convertirán en vinos exquisitos. Pero la historia dice otra cosa, que el nombre, según una primera explicación, deriva de la antigua denominación en latín que tenía la ciudad de Oporto: “Portus-Galliae”, Puerto Galia, debido a las embarcaciones galas que atracaban en ella; la segunda y más aceptada se refiere a “Portus-Cale”, por la ciudad fortificada de Cale, hoy Vila Nova de Galia, que con el tiempo quedó en “Portucale” y de ahí finalmente en Portugal.

País mágico, de inmigrantes, de grandes navegantes, en el que medraron fenicios, celtas, íberos, griegos, galos, lusitanos, romanos, visigodos, judíos… dejando sus huellas. Un país que se ama como a las personas cuya riqueza interior, cuya vida es tal que basta un encuentro fugaz, una charla breve para descubrir en ellas lo bello, lo entrañable, lo común. Y esas huellas de esos pueblos, como si todos ellos te hablaran a través de esa persona, dejan a su vez su huella personal en ti. En fin. Bastaron pocos días en la legendaria Lusitania para amarla. Y ahora para recordarla con especial afecto.

Lisboa desde el Castillo de San Jorge. Al fondo, a la izquierda, el río Tajo.

 

Lisboa

Había dejado la maravillosa Andalucía para dirigirme a Portugal, con un clima otoñal que arreciaba. Era domingo y yo al fin me había atemperado después de mi ensoñación valenciana y andaluz: el día me sabía a domingo. Lo primero que hice después de dejar mi equipaje en el alojamiento fue caminar por instinto hacia el mar, donde surgió la vida hace más de 3500 millones de años, buscando el malecón lisboeta: la calle principal de la ciudad es casi el mar, la que está en su orilla. Eso explica, tal vez, la vocación navegante de los antiguos portugueses. En realidad, no llego al mar como tal sino a la Plaza del Comercio, que termina donde empieza el estuario del río Tajo, que luego desembocará en el mar. Día nublado, viento frío, cansancio en mi piel.

Intento seguir uno de esos free tours que se hacen a pie, después de encontrar el tour en castellano. La información que da la guía, una estudiante española, me abruma y desisto de continuar. Tengo que descansar, caminar a mi ritmo, comer algo y volver al alojamiento. Dejo atrás la Plaza del Comercio. Subo por una calle peatonal atiborrada, para mi gusto, de arreglos navideños. Llego a la Plaza Pedro IV, llena de vida y tragedia (como los Autos de Fe que en ella tuvieron lugar), de esplendor y deshonra, de alegría y dolor (la ciudad sufrió un terremoto en el siglo XVIII). Un gigantesco pendón en el que ondea la figura de José Saramago me recuerda que este es un país literario. De los cafés y bares me llegan ecos de fados, la música nacional. Desgarradora y lírica como el único fado que conozco de toda mi vida, el Fado tropical de Chico Buarque, censurado por la dictadura brasileña en los setenta, cuyos versos iniciales –que libremente he traducido– dicen:

Oh, musa de mi fado

Oh, madre tan gentil

Te dejo consternado

el primero de abril

Pero no seas tan ingrata,

no olvides a quien te amó

y en tu densa selva

se perdió y se encontró

Ay, esta tierra todavía quiere cumplir su ideal

de volverse un inmenso Portugal

Chico Buarque y Ruy Guerra

Arco de la Rua Augusta. Al fondo la Plaza del Comercio,

Converso en el alojamiento con una pareja que visita la ciudad por diligencias y proviene de Angola, ex colonia portuguesa. Cae la lluvia. Y luego la noche. Ha sido un día agridulce.

Mi segundo día en Lisboa. Con mapa en mano y reconfortado por el descanso y una charla con una empleada del alojamiento, inmigrante nepalí, camino hacia el histórico barrio de Alfama en busca de la rúa que me lleve al Castillo de San Jorge, uno de los sitios emblemáticos de la ciudad, iniciado como una fortificación por los musulmanes en el siglo XI. Lisboa es una ciudad de colinas (siete colinas, como en Roma), calles empinadas y ascensores que facilitan el acceso a los lugares elevados. Yo, acostumbrado por la topografía andina a subir cuestas, no tomo el ascensor sino el camino, que es tan pintoresco con su empedrado, sus escalinatas y casas coloridas, su ambiente bohemio, sus músicos y artistas de calle. La canción de Buarque sigue resonando en mi cuerpo:

(Hablado) ¿Sabe?, en el fondo yo soy un sentimental

Nosotros heredamos en la sangre lusitana

una buena dosis de lirismo (además de la sífilis, claro)

Aun cuando mis manos estén ocupadas en

torturar, engañar, destrozar, mi corazón

cierra los ojos y sinceramente llora

Visitar estos castillos que simbolizan el poder y la defensa de las ciudades medievales, que luego deberán sufrir y enfrentar el asedio de piratas y otros saqueadores, es recorrer una historia vivida y escrita con sangre y dolor. Hoy ya no hay musulmanes y cristianos despedazándose, pero la guerra y las masacres se han trasladado de escenario y los motivos siguen siendo los mismos de hace mil años: poder, tierra, religión.

Me digo que el Castillo de San Jorge es el más bello de todos cuantos he visto en Europa. Es una extraña y paradójica belleza por todas las cosas terribles que pasaban en los castillos, que no eran exclusivamente idílicas. Es preciosa la Lisboa que tengo ante mis ojos, con sus techos anaranjados y rojizos, sus parques, sus viejos y señoriales edificios, el distrito multicolor de Alfama, el río Tajo al fondo, la promesa del mar, un cielo que ha ido aclarándose. Una ciudad que ha resistido invasiones, guerras, sismos y dictaduras.

Lisboa. Castillo de San Jorge.

Desciendo al fin de San Jorge y en una cuesta encuentro a Santa María Mayor de Lisboa o Sé de Lisboa, la vieja catedral románica del siglo XII, reconstruida muchas veces por los terremotos. El viejo tranvía sube. Más abajo las infaltables castañas. Me digo que éste es el más simpático vendedor de castañas. Mis pasos me llevan ahora por otros distritos: Baixa, Chiado y Bairro Alto. Toda la tarde se me va en ellos y, por supuesto, me queda corta.

En Baixa descubro una estatua surrealista de un hombre-libro, literalmente, ante una casa blancuzca con una placa que dice: NO 4° ANDAR DESTA CASA NASCEU EM 13 DE JUNHO O POETA FERNANDO PESSOA. La cabeza de la estatua es un libro que dice Fernando Pessoa. Me pregunto si todo esto no será una novela suya, si mi propia vida no lo será, si estaré soñando que estoy viajando por Lisboa, si no seré un personaje más de sus novelas.

Lisboa. Escultura-homenaje a Fernando Pessoa.

Sigo mi camino. Un rojo pendón vertical colgado en la enorme casa de cuatro pisos dice DIAS DE DESASSOSSEGO ’18. PESSOA E SARAMAGO NAS RUAS DE LISBOA. En efecto, Pessoa y Saramago habitan estas calles, cómo no sentir su presencia, aunada a frases claves de sus libros pintadas en fachadas. Llego finalmente a Bairro Alto, con su arquitectura que recorre varios siglos, al mirador que me ofrece otras vistas de la ciudad. Es como si el tiempo no pasara ni pesara sino Pessoa.

Desciendo otra vez. Estoy en la Plaza Pedro IV, sigo deshaciendo mis pasos y llego a la Plaza del Comercio, luminosa ahora con esta luz clara de la tarde. Voy hacia el Tajo y al barrio de los pescadores. Las frases de Saramago me siguen o yo las encuentro en el lugar y el momento en que las necesito: SEMPRE CHEGAMOS AO SITIO AONDE NOS ESPERAM. Empieza a oscurecer. Los días de otoño son más cortos o parecen serlo porque oscurece más temprano.

Me encamino ahora al parque Eduardo VII, en busca de la escultura de Botero La maternidad, pero lo que encuentro es esculturas con reminiscencias griegas. Ha caído la noche. Extenuado por toda la jornada empiezo a descender, cruzo la Plaza Marqués de Pombal, la misma por la que llegué a la ciudad a través de su estación de metro. Más tarde me entero de que la escultura boterina está en una sección del inmenso parque llamada Jardín de Amália Rodrigues, que era la que estaba a continuación y no quise visitar por la oscuridad y el cansancio. Al siguiente día, antes de abandonar mi alojamiento, contemplo desde mi ventana los viejos edificios de La Baixa, el céntrico barrio lisboeta.

Recuerdos de Saramago en Lisboa.

Coímbra

Abordo el bus en la estación de Lisboa Oriente. El viaje a Coímbra es una delicia. Es un día soleado. Contemplo el paisaje, las planicies, mientras avanzo por la recta carretera. La canción de Chico Buarque sigue dando vueltas en mi cabeza:

Con avencas na catinga                                                                                                          Alecrins no canavial
Licores na moringa
Um vinho tropical
E a linda mulata
com rendas de Alentejo
de quem numa bravata
arrebata um beijo
Ai, esta terra ainda vai cumprir seu ideal
Ainda vai tornar-se um imenso Portugal

Vista parcial de Coímbra.

Sigo las indicaciones de mi anfitriona al llegar a la estación de buses dela ciudad. Encuentro al fin el ascensor que me llevará al barrio bohemio donde se encuentra Casa Pombal, mi guest-house en la ciudad. Las vistas desde el ascensor ya son magníficas. Calles adoquinadas y estrechas. Todo parece encajar a la perfección. Mi alojamiento está en la Rua das Flores. Una pintura en el muro lateral que pareciera representar una escena de El Principito (solo que en lugar del rubio niño está una niña de atuendo rosado), pone el nombre Casa Pombal. Dos placas dan cuenta de los ilustres personajes que moraron en esta casa tipo art deco. Traduzco:

“En esta casa vivió,

como estudiante de medicina,

el pionero de los trasplantes de órganos,

ALEXANDRE JOSÉ LINHARES FURTADO

HOMENAJE DE SUS CONDISCÍPULOS

27 de mayo, 2018”

 

“En esta casa vivió, en cuanto estudiante,

el cantor y médico

Dr. Augusto Camacho Vieira

Homenaje de Casa Pombal (antiguo Palacio de Locura)

Coímbra, 24 de Enero de 2015”

Mi anfitriona es encantadora, como lo es toda la casa. Paredes verdes, flores, una pequeña terraza que mira a la ciudad. Me digo que este es el más bello alojamiento que he tenido durante todo el viaje. Un lugar digno de Pessoa. Salgo a caminar por las callejuelas. Me dirijo hacia la Universidad de Coímbra y hasta un museo que me ha indicado mi anfitriona. Las casas que observo en la parte baja de la ciudad parecen estar colgadas del cielo. Tengo la sensación de que toda Coímbra es una ciudad colgante. Pareciera que en cuestión de minutos hago un viaje en el tiempo por la Coímbra medieval, renacentista y barroca. Llego al Museo Nacional de Machado de Castro. Almuerzo en su restaurante que tiene una hermosa vista de la ciudad. Suenan fados. La tranquilidad es inmejorable. Dejo el museo. La tarde es radiante. Recorro el campus universitario que se confunde con la ciudad vieja. Observo a los estudiantes de la Facultad de Letras. Ahora debo estar en el lugar donde nació la universidad, un imponente conjunto arquitectónico medieval con una extensa plaza, la estatua soberbia de Juan III de Portugal. No, la universidad nació en Lisboa en 1290, se trasladó a Coímbra en 1308, pero de tanto en tanto volvía a Lisboa hasta su asiento definitivo en 1537 por orden de Juan III. Es una de las más antiguas de Europa.

Facultad de Derecho. Universidad de Coímbra.

Empiezo un descenso a la ciudad que ahora se descuelga ante mis ojos, como la carpa de un circo que en su interior esconde sus encantos. Escalinatas, techos anaranjados, fachadas que parecen haber sido pintadas ayer. Este es un descenso al cielo, como en un relato de Pessoa. No en vano la ciudad fue la capital de Portugal durante los siglos XII y XIII. Puedo contemplar, al fin, el río Mondego que baña la ciudad. Vislumbro también la románica Catedral Vieja de Coímbra, en medio de un laberinto de caserones y callejuelas. Descubro, también, huellas de su pasado mozárabe. Me digo que toda esta belleza se debe igual al temido imperio colonial que llegó a ser este país. De pronto la ciudad se confunde con la vegetación del otoño. Estoy ya en la ciudad baja y ante mí se despliega el acueducto romano, llamado de San Sebastián, que divide un sector de la ciudad, uno de los mayores vestigios de la presencia romana en la ciudad que sería llamada Conímbriga. Sigo mi camino. Coímbra es impecablemente limpia, solo las hojas de los árboles que incesantemente caen parecen enturbiarla. O embellecerla. Más monumentos: a escritores, gobernantes, artistas, a Camilo Pessanha, al poeta Luis de Camões, a la grandeza de un pequeño país que fuera un imperio, que ha sobrevivido invasiones, terremotos y dictaduras, y hoy es uno de los más estables y prósperos de la UE.

 

Coímbra. Acueducto romano de San Sebastián.

Visito cuanta iglesia puedo, no soy creyente, pero me gusta apreciar la arquitectura religiosa cuando vale la pena hacerlo. Los templos medievales coimbrenses están magníficamente conservados. Estoy ahora en el centro de esta pequeña grandiosa ciudad. Viejos edificios de una minúscula anchura que desafían la imaginación. Pero me asombran aún más los colores, tanto los naturales como los artificiales y la luz generosa que me acompaña. Pongo mis pies en la Plaza de la República. Coímbra es preciosa por donde se la mire. Al fin el río Mondego me saluda y yo a él. Lo sigo, me sigue. Llego al Puente de Santa Clara, me detengo, hago fotos, tomo una amplia bocanada de aire. Atardece. Avanzo, el río se pierde.

Coímbra. Río Mondego.

Ahora tengo al viejo Hotel Astoria ante mí. Un reloj de una estación me avisa que son casi las 5 de esta tarde arrobadora. Los primeros destellos nocturnos. Un jardín morisco, el mismo que había visto esta mañana cuando buscaba afanosamente el ascensor que me llevara a la ciudad alta. Esta vez ya no lo tomo, subo toda la colina. Una luz azulada parece envolver la ciudad. Una muralla surge entre las sombras. Camino junto a ella. Subo hacia mi barrio efímero. Un grafiti sobre una casa amarilla dice “Não sigas uma filosofía, cria uma”. ¿No es lo que yo he hecho? Me detengo a fotografiar a un gato blanquinegro. Él, inmutable, aguanta el flash. Me muevo ahora por la Coímbra medieval, con sus pequeños templos, torres, arcos, la ciudad amurallada, angostas y adoquinadas callejuelas, un reloj que marca las seis y cuarto, el nucleo da guitarra e do fado de coimbra, automóviles que de repente suben estas calles, la renacentista Torre da Contenda. Soy un caminante extraviado en este medioevo nocturno.

Un monumento al fado y sus sonidos que llegan de los bares. Ahora otra huella morisca, la Torre de Almedina, en el núcleo de la ciudad amurallada. Bares encantadores, pasadizos medievales. Una escultura femenina con cuerpo de mandolina, alegoría de ese instrumento de cuerda esencial en el fado, de una sensualidad embriagadora. Continúo mi paseo medieval hasta que una puerta me devuelve al centro neurálgico. Templos románicos. Ahora sí me encamino hacia mi alojamiento. Llego a mi cuarto de ventanas verdes y rosadas y paredes terracota y morado cobertor. Sueño con la ciudad o con otra que es como si fuera la misma. Al día siguiente, antes de partir, hago unas fotos desde la pequeña terraza. El día es frío y nubloso pero los techos lucen aún más bellos.

Vista coimbrense desde Casa Pombal.

Me despido de la anfitriona con la alegría de haber vivido su ciudad durante un día y la tristeza de dejarla tan pronto. Deshago o rehago completamente el camino que me trajo hasta aquí. También rehago las imágenes que hice pero ahora con la luz matinal. Arriba queda la ciudad medieval mientras avanzo hacia la estación de autobuses. Una pequeña glorieta con una escultura de una bailarina parece decirme adiós.

 

Oporto

No parece caber ni en los sueños. Es una ciudad cuya belleza se desborda por la ribera derecha del río Duero, que la baña en su desembocadura en el Atlántico. Oporto (literalmente “El Puerto”) es una ciudad legendaria. Cuentan que un argonauta griego de nombre Cale llegó hasta este lugar y la fundó en el siglo III a.C. Los romanos la llamaron Portus Cale y así fundaron el puerto en el año 136 a.C. Es la segunda ciudad más importante de Portugal y la que históricamente le dio su nombre.

Oporto. Teatro Nacional São João

Después de instalarme en mi alojamiento voy a almorzar. Me atiende uno de los más amables meseros que me han atendido en toda mi vida. Los portugueses tienen fama de hospitalarios en toda Europa. Un teatro de fachada rosada llama mi atención. Es nada menos que el Teatro Nacional São João. Le doy toda la vuelta y me digo que no tiene nada que envidiarle a los de París y Praga. Sigo caminando y descubro la Plaza de la Batalla. El letrero de patrimonio mundial que de rigor se instala para estos casos en España y Portugal, en su información bilingüe (portugués e inglés) cuenta que la plaza debe su nombre, según la tradición, a una batalla entre moros y cristianos que tuvo como escenario este lugar. En el centro se ubica un monumento a Don Pedro V diseñado por Teixeira Lopes (padre) e inaugurado en 1866. Una calle con fachadas de azulejo me recuerda a Sevilla.

Llego a la ciudad amurallada y, como es mi costumbre, hago mi recorrido por toda la muralla y me interno en la zona medieval. Es un viaje a través del tiempo a pie, sin máquina del tiempo. Voy de una época a otra. En los balcones no faltan los tiestos de plantas. En la ciudadela medieval un monumento a un héroe nacional con aspecto de cruzado, Vimara Peres, muerto en el 868 d.C. Esta vez no me resisto a entrar al museo de un templo románico-gótico, San Francisco, que guarda reliquias renacentistas y barrocas. Poco a poco me voy acercando al Duero y los puentes que lo cruzan, al ambiente portuario y pesquero. Los seguidores de un equipo holandés se divierten. Beben cerveza a borbotones. Me aproximo al intimidante Puente Don Luis I de dos pasarelas, una de ellas vertiginosamente aérea. No me siento capaz de subir hasta ella. Camino hacia la zona de pesca. Contemplo los otros puentes. Del otro lado está Vila Nova de Gaia con sus bodegas de vino y el afamado y tan apetecido Oporto. Finalmente estoy en el muelle. Ambiente bohemio y romántico a más no poder. Me quedaría aquí toda la tarde pero es tanto lo que hay que ver que sigo otras rutas.

Vista parcial del puente Luis I y el muelle portuense.

Oporto tiene fama, también, de decadente, acaso por una vida bohemia que celebra el prestigio de sus vinos de todas las formas posibles. En realidad parece ser una segunda capital de Portugal, diríase una prolongación de Lisboa, pero esto puede sonar a ofensa. Son dos ciudades que rivalizan en belleza, prosperidad, comercio, cultura y ambiente bohemio. Las plazas, las calles y callejuelas, la arquitectura, la gente (que es lo que hace a las ciudades), el Duero, los parques, los teatros, las librerías (como la famosa Lello e Irmão, que inspiró Harry Potter) hacen que ésta sea una de las ciudades más fascinantes para caminar, conocer y saborear. Como ha sido una constante en este viaje, me falta tiempo, me quedan pendientes lugares y cosas que hacer.

Pero aprovecho cada minuto e intento estirar el tiempo. Como sin querer pero agradecido por ello, me encuentro ante el británico Palacio de la Bolsa, que según dicen fue construido en el XIX para atraer a los inversores europeos, especialmente a los ingleses. Actualmente es la sede de la Asociación Comercial del Puerto. Los colores mediterráneos abundan, como en un palacio de exposiciones de roja fachada metálica. Sigo el camino. Un viejo hotel, el A.S. 1829. Oporto también tiene su Rua das Flores, una de las principales calles de la ciudad, que conserva palacetes y residencias de los siglos XVI y XVIII, según informa otro de los letreros patrimoniales. La UNESCO declaró el centro histórico de la ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1996. Ahora un museo, el MIPO (Museo e Iglesia de la Misericordia de Porto) que, según se anuncia, revela la ciudad. Las fachadas ya son impresionantes y su interior aún más, por supuesto, como la estación de trenes de San Bento, cuyo interior es un auténtico museo. La ciudad entera es un museo, una ciudad-museo. Avanzo, ruego que no anochezca todavía. Oporto es en su arquitectura, en su ambiente, en su cultura, a veces muy europea, a veces muy latina; perfeccionista y decadente. Esa mezcla es lo que me fascina.

Vista parcial del centro histórico de Oporto, con la Torre de los Clérigos al fondo.

Otro lugar histórico, la Plaza de la Libertad y Avenida de los Aliados. En el siglo XVIII se abrió aquí la Plaza Nueva, que fuera el principal centro político y cultural de la ciudad. Paso por la Iglesia de los Clérigos, que ostenta la torre más alta de Portugal con sus 76 metros de altura y más de 200 escalones. Me quedo con las ganas de subir, pues el horario es hasta las 5 p.m.

Por fin, si se quiere, llego a la Universidad de Porto con su fachada neoclásica, más concretamente a la sede del rectorado. Estoy en el sector de la ciudad conocido como Cordoaria (Cordonería), uno de los más interesantes. Un parque especial, el Jardim da Cordoaria, conocido también como “de João Chagas”, que conserva árboles centenarios, piletas y llamativas esculturas. Cerca de éste, las mencionadas librería Lello y la Torre de los Clérigos, igualmente el Centro Portugués de Fotografía. Una escultura erótica, Amor de perdición. La Torre de los Clérigos me indica que solo faltan diez minutos para las 5 p.m.  Sigo caminando estas calles maravillosas. Otra sede de la Universidad de Porto, un palacete (de los Vizcondes de Balsemão), un palacio (el Ayuntamiento), otra escultura erótica. Y cae la noche.

Jardín de João Chagas (o de La Cordoaria).

El segundo día el clima cambia. Llueve. Tengo una mañana y trato de aprovecharla. La lluvia hace relucir los techos. Observo una vegetación como del trópico, como si de repente Brasil se colara por los techos. Otra vez el lamento de Chico Buarque que va de Brasil a Portugal, del Amazonas que se pierde en el Atlántico y se junta con el Tajo, que va y viene como en las travesías de los navegantes y colonizadores portugueses. Traduzco libremente:

Guitarras y acordeones

Jazmines, cocoteros, fuentes

Sardinas, mandioca

en un suave azulejo

Y el río Amazonas

que corre tras los montes

y con gran estruendo

desemboca en el Tajo

Ay, esta tierra va a cumplir su ideal

de transformarse en un imperio colonial

(Vale la pena ver un videoclip de la canción incluida en el documental Fados, de Carlos Saura)

Un Oporto otoñal.

Cuando finalmente me dirijo a la estación de autobuses encuentro un monumento a Alfonso Costa (1871–1937), notable político y figura fundamental de la Primera República, representante de Portugal ante la Sociedad de Naciones, antecedente de la ONU. Desde su exilio en París este hombre luchó contra la dictadura que se instauró en 1926 y a la que se le pondría fin cuarentaiocho años después mediante la pacífica revolución de los claveles.

Oporto. El río Duero