De esa manera queda claro que es determinante la introspección de Ramiro mediante la mirada, exclusivamente a través de ella es que reconoce lo repugnante de su ser, es él en su totalidad cubierto por la amalgama de cosas denigrantes que lo componen, entre esas, la huella de Araceli.

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Por: Ángela Fernández Muñoz

Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón.

William Shakespeare.

Para comenzar, es preciso recordar la importancia de la mirada, sin duda en ella se posiciona una carga de señales tan fuertes que posibilitan desencadenar diversas cosas en nuestro entorno. Así, pues, es de de notar que en la novela Luna Caliente de Mempo Giardinelli, aparte de tópicos como el sexo, la lujuria, la locura; la mirada juega un papel clave en esta historia. Sin más ni menos, es ésta factor decisivo en el drama de la novela. Pero, ¿qué es mirar?

“[…] Para mirar hemos de recurrir a la raíz mir, que se desarrolla en primer lugar con el verbo miror, miraris, miratus sum, que significa maravillarse, asombrarse, mirar con admiración, extrañarse. Inclusive, en el mismo entorno léxico tenemos miráculum, que ha evolucionado a milagro […]”, escribe Mariano Arnal. Por lo tanto, nos queda claro que mirar trasciende las fronteras del significado que tal vez teníamos previamente.

Así que, al centrarnos en la obra, podemos iniciar con las miradas de los protagonistas, en este caso Araceli y Ramiro Bernárdez, quienes desde el principio no cesan de mirarse. “Durante la cena, sus miradas se cruzaron muchas veces…”.  Y más adelante, obtenemos una revelación de la misma: “Araceli no dejó de mirarlo ni un minuto, con una insistencia que lo turbaba y que él imagino insinuante”.

La explicación a todo ello la podemos tener gracias al psicólogo Silvan Tomkins, quien afirma que el contacto ocular destaca la intimidad, expresa las emociones, y es un elemento importante en la exploración sexual. “Cuando dos personas se miran mutuamente a los ojos, comparten una sensación de placer por estar juntas, o de enojo, o bien ambas se excitan sexualmente”.

En consecuencia, no es motivo de sorpresa que más adelante y al finalizar la velada con la familia Tennembaum, Ramiro y Araceli tengan un encuentro sexual. “Estuvieron así, mirándose en silencio, durante unos segundos. Ramiro entró en la habitación y cerró la puerta tras sí…”.

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Y es que la mirada en este caso no sólo desata pasiones y deseos, sino también miedo. El miedo se ve reflejado en Ramiro la mayoría del tiempo. Al analizar un poco la psicología de este sujeto,  cabe resaltar que vive en una constante ansiedad y fatiga. Pero teniendo siempre por “antesala” la mirada. En efecto, después de la escabrosa hazaña cometida con Araceli y estar envuelto en la apretada situación de tener al papá en el carro, se observa lo anterior. “Sintió un escalofrío. Por el rabillo del ojo, vio que el médico lo miraba fijamente. Se sobresaltó. ¿Y si sabía? ¿Y si esto era una trampa y así como había sacado una botella de vino, ahora Tennembaum sacaba un revólver? Sintió náuseas, un fuerte mareo”. Para luego tomar una decisión radical cuando Braulio le dice: “-¿Te creés que no te vi, esta noche, cómo mirabas a Araceli? Fue entonces cuando se asustó por la acusación de ese hombre y, sin pensarlo, le pegó un puñetazo en el mentón con toda su fuerza”.

De ahí que se resuelva a asesinarlo y ese hecho sea punto cumbre para el desarrollo de la historia. Dicha conducta puede ser explicada por un experimento que realizó el psicólogo Ralph Exline, de la universidad de Delaware, cuando examinaba la comunicación entre hombre-mono. Al acercarse Exline a la jaula del animal y mirarlo fijamente a los ojos, el mono comenzaba a mostrar los dientes y balancear la cabeza amenazadoramente. En cambio, el animal no respondía como si se sintiera amenazado cuando el investigador con la misma expresión fija mantenía los ojos cerrados.

Por consiguiente, para retomar a los protagonistas, no podemos olvidar el miedo que Araceli le provoca a Ramiro.  “[…] Ramiro se preguntó cómo era posible tanta belleza y, a la vez, tanta malicia en su mirada cuando lo besó…sintió miedo […]”. Es allí, al descubrir ese tipo de mirada aplastante, que el protagonista se convence una vez más que con urgencia debe alejarse de esta niña, porque a través de sus ojos ha encontrado esa mirada que encarcela, imposibilita o intimida.  Y no sólo eso, se ha dado cuenta que  a partir de esas hermosas perlas negras, se vislumbra un ser sombrío. Esto último se relaciona estrechamente con las señas que andamos emitiendo por el mundo, expuestos a los demás que apenas si se acercan a nosotros con una mirada analfabeta incapaz de comprender todo lo que nuestro cuerpo revela. Aún así hay indicios tan fuertes de los que somos y hemos sido que ellos nos conducen a acercarnos o alejarnos de quienes nos rodean, como expone Francisco Cajiao en “La piel del alma”. 

Asimismo, esas ganas de escapar o evadir a determinadas personas, la observamos cuando Bernárdez se encuentra bajo la mirada de Almirón y Gamboa. En los interrogatorios, Almirón no deja de mirar fijamente al acusado, él detalla muy bien cada movimiento de Ramiro, y aunque éste trate de sostenerle sus ojos, admite que es un estúpido al querer aparentar ser valiente y reconocía que aquel inspector no era ningún tonto. Puesto que “la mirada más viva y penetrante, la que infiere y abduce, es la mirada policiaca”, como propone Francisco Vásquez.

Ni qué decir de Gamboa, perspicaz y dominante, un hombre que se manifiesta como imponente, fijando como meta lograr lo que se propone siempre. Inclusive, atropellando al otro. Ese caso se plantea en el momento que tiene por testigo al camionero, cuando éste todavía estaba dubitativo en la seguridad de su declaración frente a la culpabilidad de Ramiro. “-Olvídese de cómo habla-dijo Gamboa, mirando al sujeto a los ojos, muy fríamente-. ¿Diría que es la persona que lo llevó, o no?”. Para después, conseguir la respuesta que deseaba, es decir, un “sí”, y en base a esa confirmación casi que forzada tener el derecho de encarcelar a Bernárdez. Esa manifestación de dominio entre los hombres y de igual manera en los animales refleja estatus. Por lo general, el animal superior es más dominante en su mirada. Cuando un mono superior capta la mirada de otro que considera inferior, y éste desvía la mirada, corresponde a un acto de jerarquía. Además, nadie ha observado qué ocurre con las ondas cerebrales del hombre cuando lo miran fijo, pero un estudio reciente parece indicar que una persona que es mirada insistentemente tiende a aumentar su ritmo cardiaco, como afirma Flora Davis. Así pues, que de nuevo somos testigos del poder de la mirada, con la anterior indicación y en relación con el ritmo cardiaco y los nervios, estamos expuestos  a ciertas actitudes y palabras forzadas o irracionales.

Ahora bien, después de haber hecho un recorrido por los matices que tiene la mirada a lo largo de la novela, es propicio destacar la mirada a sí mismo; la que se da en Bernárdez. Iniciando sólo con una parte de su cuerpo. “Ramiro se miró las manos, con las palmas abiertas. Luego les dio vuelta, lentamente, y las contempló del otro lado, venenosas, velludas; le parecieron manos de un monstruo de novela gótica”.

Posteriormente, en el epílogo, una mirada más profunda. “Si hasta el miedo había perdido. Lo veía en el espejo, frente a la cama, que le devolvía su propia imagen descamisada, semidesnuda, con ese lamparón en el cuello que le recordaba la pasión de Araceli, su mordisco, su seducción”. ¿Y por qué?, ¿por qué ese miedo que también  señalaba el propio Borges?:   “hay algo de temible en esa duplicación visual de la realidad”. Porque, y apoyados en el estudio de “Pistas para una semiótica de la mirada”, el monstruo es un símbolo de nuestra intimidad, de nuestra profunda memoria psicológica. El monstruo es nuestro doble. Un “otro”, una segunda piel, una zona difícilmente cognoscible. Opaca, oscura, múltiple, inconexa, fragmentaria. Es quizá un rostro tan feo como el de la Medusa, quien tiene la oportunidad de mirarla queda petrificado, encontrarse frente a frente con el monstruo, es tanto como desfallecer.

De esa manera queda claro que es determinante la introspección de Ramiro mediante la mirada, exclusivamente a través de ella es que reconoce lo repugnante de su ser, es él en su totalidad cubierto por la amalgama de cosas denigrantes que lo componen, entre esas, la huella de Araceli. Con base en su propia mirada deduce cuán atrapado está en sus propias pasiones y mundanos deseos.

Para resumir, después de la mirada hay un mundo diferente; la mirada es decisiva y crucial en la vida, lo experimentamos constantemente, a veces es el hito de bellos o terribles sucesos. Pero lo cierto es que también es la puerta para los grandes dramas literarios. Por ejemplo, qué seríamos entonces sin una María que no haya fijado su mirada en la escena de la ventana de la pintura de Castel, o sin la mirada amorosa entre Paolo y Francesca; incluso, la mirada hacia atrás que dio Lot. En definitiva, cuando la mirada cae en el campo minado explotan las  mejores cosas, los mejores dramas.

Bibliografía

 

Arnal, M. (s.f.). El almanaque. Recuperado el 26 de 04 de 2015, de http://www.elalmanaque.com/lexico/mirar.htm

Cajiao, F. (1997). La piel del alma.

Davis, F. (2010). La comunicación no verbal. Madrid: FGS.

Giardinelli, M. (2000). Luna caliente. Lima-Perú: Nacional S.A.

Borges, J.L. La rosa profunda. (1989). Buenos Aires.

Rodriguez, F. V. (1992). Más allá del ver está el mirar. Revista Signo y pensamiento.