Si ya no hay verdades, si todo es relativo, si lo que hacemos es producto de lo que somos, entonces, evidentemente, la Historia, producto humano, no puede ser considerado un saber científico, sino apenas un arte.

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“(…) La idea de que toda historia es ficción condujo a un nuevo interés en la ficción como historia”

Juan Gabriel Vásquez, El arte de la distorsión

Por: Kevin Marín*

Desde que en los años 60 comenzó a desarrollarse lo que se denominó como el giro lingüístico, producto de los cambios sociales en la humanidad que influyeron de manera directa en las formas de intuir y de aplicar metodologías en las ciencias sociales –aunque especialmente en la Historia por su intento de marcar una postura ya lejana sobre si esta era en últimas una ciencia o un arte, aparejado, en su mayor parte, a la literatura– una corriente ha intentado resistirse a esta postura que lleva impregnado el acento del posmodernismo y su desazón absoluta por todo lo que signifique ciencia y, en su sentido más amplio, modernidad.

Si la ciencia no daba respuestas concretas a realidades concretas, entonces esta no servía y, para no caer en absolutismos ni extremismos, lo mejor era adaptarse a una corriente ambigua, que no está ni aquí ni allá y que pretende, por todos los medios, volver a recrear la realidad a partir de lo que se consideraría una ideología neutra que no ha hecho más que convertirse en lo que ha renegado. El posmodernismo buscó romper las barreras entre historia y ficción, basándose en la deconstrucción: todo es texto, todo se debe reescribir y, por lo tanto, releer.

Ante la rigidez de las posturas científicas que buscaban objetivar los resultados de la investigación histórica, el posmodernismo surgió como la panacea que busca desmitificar esa supuesta cientificidad del estudio de la Historia. Figuras como Jacques Derrida y Michel Foucault, principalmente, emergieron en el ámbito académico y su influencia no ha acabado desde entonces.

Si ya no hay verdades, si todo es relativo, si lo que hacemos es producto de lo que somos, entonces, evidentemente, la Historia, producto humano, no puede ser considerado un saber científico, sino apenas un arte. Resulta, pues, indistinguible de la literatura, los relatos novelados y la ficción más despabilada.

A continuación presentaré mi postura con respecto a las preguntas que planteo: ¿es la Historia una ficción? ¿Es el estudio de la Historia y sus productos iguales de ficticios que aquellos que presenta la literatura? Intentaré demostrar que esto es falso; que el posmodernismo nos ha alejado de lo que verdaderamente debemos considerar como realidad y ficción, y que las pretensiones de una y otra disciplina son, aunque complementarias, terriblemente equidistantes en sus propósitos y métodos.

La historia no es una ficción porque no está hecha solamente de lenguaje –como sí le pasa a la literatura– y, segundo, porque el lenguaje no determina en todos los casos lo que es verdadero y lo que es falso.  La gran simetría que tienen la historia y la literatura es precisamente que ambas acuden al lenguaje, especialmente el narrativo, para dar cuenta de sus distintos procesos, pero lo que ambas describen y de lo que ambas se ocupan es deliberadamente disímil, pues mientras una plantea la verosimilitud, la otra no pretende –aunque lo haga en reiteradas ocasiones– decir verdades. Además, porque el procedimiento de la literatura para decir verdades (esto lo discutiré más adelante) no es el mismo que plantea la Historia.

historia1Yo no acepto aun lo que se ha dicho en reiteradas ocasiones: que la historia no existe si no es hecha por el historiador. Esto es como decir que los dinosaurios no existieron si el paleontólogo no los hubiese descubierto. La Historia existe sin necesidad del historiador, otra cosa es que reviva o sobreviva precisamente por el trabajo que el historiador hace de ella a partir de los vestigios que dejó el pasado. La sola presencia de la historia en el mundo –entendida como lo que nos precedió y dio origen al orden que conocemos ahora– ya es tácita al señalar que tiene vida propia y, por lo tanto, no se trata de una ficción como sí lo pueden ser las hadas y los duendes, que tienen vida aún gracias al lenguaje escrito que ha preservado dicha tradición mística.

Ahora bien, si el historiador plantea en el presente el estudio del pasado, lo hace, evidentemente, a partir de la evidencia parcial (porque es imposible asir la totalidad de la historia) que logra captar. Y una verdad parcial no es, como lo entienden extrañamente los posmodernos, una mentira total. Volvamos al ejemplo del dinosaurio: si el investigador descubre solamente un diente –un enorme diente– y hace los estudios pertinentes para determinar de qué especie se trata y, eventualmente descubre que no hace parte de ninguna especie ya descrita y estudiada, podrá afirmar que efectivamente se trata de un nuevo animal no enumerado anteriormente por la ciencia. Si el paleontólogo no sabe de qué especie con exactitud se trata, no le resta importancia al hecho de que, sin lugar a dudas, sí es un animal nuevo. Y lo mismo sucede con la Historia: un estudio de un aspecto del pasado que no abarque la totalidad del aspecto mismo, no le quita verosimilitud a la particularidad que ese hecho le brinda una vez hechos los estudios pertinentes.

Ante este panorama parece que el problema del lenguaje en la historia es irrelevante a no ser por el enorme debate que ha desatado el posmodernismo. Lo esencial, ya puesto en escena por Paul Ricoeur y Hayden White, se trata de la historia que el historiador pasa al papel y de las implicaciones que esta tiene sobre lo verdadera y lo falso.

Consideradas puramente como estructuras verbales, las obras (históricas) que produjeron parece tener características formales diferentes[1].

Y es que, precisamente, como la estructura sintáctica con la que construimos los relatos no es igual, el punto final que acabe un relato histórico será distinto. Pero difiero singularmente de esta conclusión. Pues aunque podamos combinar las palabras de uno u otro modo, los vestigios –que podríamos llamar los instrumentos objetivados de la Historia– solo se nos presenta de una manera particular y si las interpretaciones resultan totalmente desacordes unas con otras, el problema no es de la historia misma (el vestigio), sino de la comprensión del historiador. De ahí la responsabilidad intelectual que cada uno de nosotros debe tener con sus fuentes de trabajo, y del manejo adecuado y riguroso de los instrumentos que nos brinda el pasado.  Sonia Corcuera de Mancera, presentando la discusión entre la historia y la literatura, recurre a un pequeño relato en el que un par de amigos, estando en el mercado de flores de San Ángel, conversan sobre un infortunio que le sucedió a uno de ellos. Así:

(…)Pafnucio se veía preocupado. Mientras le envolvían las rosas que acababa de comprar, hacía algunos comentarios.

-Cuida tus palabras- le dijo a su amigo mientras pagaba. Yo tuve una dificultad monumental con mi mujer, todo un malentendido. Le pregunté de muy buen modo: “¿cómo amaneciste?” Ella estaba distraída y entendió: “¿Cómo? ¿Amaneciste?” El resultado es que no me habla; dice que me burlé de ella. No hay manera de contentarla. No me explico tanto sentimiento, cuando las palabras son las mismas en los dos casos[2].

De acuerdo, las palabras son las mismas en los dos casos, pero el problema no fue de Pafnucio, sino de su mujer, es decir, de la interlocutora, que estuviese distraída pues el emisor dijo claramente lo que deseó preguntarle.

historia2La historia no queda reducida a las diferentes formas de usar el lenguaje, como continúa en su explicación Mancera, porque la historia misma no es responsable de la irresponsabilidad de quien la construye y de quien la oye o la lee. Por supuesto que el lenguaje puede ser muchas veces fuente de ambigüedad y discordia, pero para ello precisamente –y como en todas las ciencias– existe el juego de los pares. Uno no escribe para uno mismo (al menos no en la ciencia) sino para demostrar ante el mundo que se ha acercado a una verdad, que se ha rechazado una falsedad o que las verdades antes demostradas pueden, por medio de la nueva investigación, ser más verosímiles. Las pruebas se contrastan y lo que es evidente –esto es, lo ya probado–, juega un papel importante en la determinación de las futuras pruebas. De ahí que en la ciencia en general sea tan importante el lenguaje claro, llano y conciso, el lenguaje de todos, no solo para que cumpla su papel social, sino para que las rarezas y las ambigüedades (eso sí, propias del posmoderno) puedan ser evaluadas, corregidas o, por qué no, rechazadas.

Ahora bien, las críticas desde el posmodernismo a la historia se centran básicamente en el lenguaje y en la intromisión ideológica –entiéndase raza, política, género, etc– en la elaboración del relato histórico. Pero nunca lo hicieron más allá, es decir, ¿y dónde dejaron el análisis de las otras técnicas de la investigación histórica? ¿Dónde la paleografía, acaso? ¿Cómo criticar la rigurosidad que permite afirmar la técnica del carbono 14 y la palinología, por ejemplo, para calcular la edad de un determinado objeto o de una fuente? El lenguaje aquí no tiene cómo entrometerse –no deliberadamente– en el análisis de la prueba histórica.

Los posmodernos no tomaron como crítica este hecho precisamente porque su análisis es bastante parcial y se limitaron a argumentar contra la manera tradicional de concebir la historia, quizá tomando como punto de partida la argumentación rankeana de la “historia tal cual es”, sin lograr concebir el gran despliegue empírico que todas las ciencias estaban experimentando en el siglo XX.

Finalmente, quisiera agregar unas cuantas palabras respecto a las mentiras de la literatura. Esta, como escribió Vargas Llosa, es una manera muy simple de concebirla, pues la verdad de la literatura radica primordialmente en la supuesta mentira que predica. El caso extremo puede ser el de la ciencia ficción, encarnado en figuras como Julio Verne o Arthur C. Clark, quienes a través de la imaginación concibieron un mundo que desplegaría todo su esplendor en las postrimerías del siglo XX y en lo que va del XXI: el hombre llegó a la luna; la vuelta al mundo se puede dar en menos de 80 días; las computadores ya son parte esencial de nuestra cotidianidad.

La literatura, al contrario de la Historia, no pretende decir verdades. Pero evidentemente las dice. Así que la cuestión que deberíamos plantearnos, para desgañitar por doble falta a los posmodernos, sería si la literatura es un género de la verdad. Como la Historia.

[1] Corcuera de Mancera, S. Voces y silencios en la Historia, siglos XIX Y XX. 1997. p. 362.

[2] Ibídem, p. 361.

*Estudiante de Historia de la Universidad de Caldas.