ES LA VIDA

Es la vida. Ellos, hombres y mujeres, plantas y animales, existen más allá de mí. No se ven, no pueden hacerlo, como yo los veo a ellos.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Sale a tomar el sol a media mañana, nunca antes. Temprano las ventanas están cerradas y los blackout abajo. A las siete de la mañana no se percibe el más mínimo movimiento, podría conjeturarse que el apartamento está deshabitado, pero no es así, a eso de las nueve y media o diez se desata una oleada de movimientos que corren cortinas y abren puertas como si una Furia hubiera despertado. Al principio no percibía de dónde provenía todo ese despliegue de actividad y energía, no alcanzaba a ver quién era el individuo que manoteaba y tiraba, porque después de abrir cortinas, comenzaba a verse el arrojo de almohadas, sábanas y cobijas, y luego una serenidad extraña. La semana pasada logré verlo. Es un hombre joven. Estaba sentado en una silla de plástico, asoleándose y cogiéndose el pelo con ambas manos en un gesto de absoluto regodeo. Le gusta su pelo, evidentemente. Luego tiró su espalda hacia atrás, se acarició la cara y cogió un porro que tenía sobre un banco justo al lado, lo encendió y comenzó a fumarlo, exponiendo su cara al sol con los ojos cerrados mientras se llevaba complacido el cigarrillo a los labios.

En cambio, dos apartamentos a la izquierda del joven, en su mismo piso, una mujer comienza temprano a trabajar en el computador. Ha convertido el comedor en su despacho y lo tiene cubierto de papeles y archivadores. Juraría que es una contadora. Desde muy temprano ya está vestida y maquillada como una oficinista y se sienta al frente de su trabajo, tal como lo haría si estuviera en un despacho de auditoría. Alrededor de ella trabaja una asistente que limpia la casa. La asistente trabaja con empeño y entrometimiento, parece que no para de hablar o canturrear algo. La contadora en cambio siempre está en silencio y con la mirada fija en la pantalla de su computador. La real dueña del apartamento es la asistente, la oficinista lo usa con vergüenza. Seguro estará pagando la hipoteca que le concedió un banco y terminará de hacerlo dentro de varios años. Ella lamentablemente entiende de débitos y créditos. La asistente no, que seguro además sirve cada día de la semana en un apartamento diferente, y se apropia del espacio que ocupa durante apenas unas horas; por eso mueve con tal propiedad sofás y materas, y golpea las persianas y las cortinas, mientras interrumpe a la contadora que intenta cumplir con un horario de trabajo, tal como si estuviera en la oficina de sus jefes, la pobre no necesita reloj que marque su horario de trabajo, lo tiene instalado en el inconsciente.

Dos pisos más abajo, junto a un apartamento que alquilan o venden, una mujer mayor ha convertido su balcón en un pequeño jardín. La mayoría de las plantas reflejan tanto cariño como naturalidad. Han crecido a su aire. La señora no las poda, seguro no siente que deba hacerlo. A un ser al que se le habla no se le cortan sus partes, así que algunas son varas extendidas con apenas unas pocas hojas, pero reverdecidas y hermosas. En medio de las plantas hay dos jaulas y en ellas unos loritos australianos y una cacatúa que se desperezan al sol y acicalan sus alas, tal como lo hará más tarde el joven vecino de unos pisos arriba.

En otro balcón un gato blanco con negro duerme sobre una bicicleta estática que evidentemente no se usa desde hace varias semanas, al borde de la bicicleta está el arenero que habrá limpiado la dueña, a quien he visto en otras ocasiones, antes de salir para su trabajo, y quien seguro deja con aprehensión a su mascota, muy a pesar de la malla que ha puesto para impedir que salte al vacío; la malla le sirve además de estandarte de una bandera argentina que medio otea desde el triunfo en el pasado mundial de fútbol. Hay también otro gato en otro apartamento, aunque este toma el sol a través de la ventana cerrada, y en uno más, que también tiene un arenero, es un perro salchicha el que sale a dar vueltas por el balcón, siempre brevemente. ¿Qué habrá sido del gato que convivía con el perro?, alguna vez lo vi.

Es la vida. Ellos, hombres y mujeres, plantas y animales, existen más allá de mí. No se ven, no pueden hacerlo, como yo los veo a ellos. Ellos en cambio nos verán a mí y a mis compañeros de oficina que cumplidamente venimos los lunes a la reunión de comité. Verán nuestros gestos a veces ansiosos y angustiados, y otras veces distendidos. Supondrán, claro, supondrán nuestras existencias y preocupaciones, e imaginarán nuestras vidas y seguro acertarán y otras veces no, o simplemente pasarán de largo como seguro lo hace el joven del porro, que pone más empeño en la tendida de su cama, que en lo que sucede en el mundo; guerras o inflaciones incluidas. Es la vida, insisto, que se hace evidente en el patio trasero de aquel edificio, y que a veces se manifiesta más intensamente, para nuestra fortuna, en la pequeña selva que la señora ha creado en su balcón, o en el saco de punto que alguien, tal vez su dueña, o la madre de la dueña, le ha tejido al perro salchicha, para menguar el frio matutino. Porque la vida es así de sencilla o trivial, y conviene verla así, no como el pobre L. B. Jefferies de Hitchcock en La ventana indiscreta; no siempre son corrompideces decía una tía, es más, casi nunca.