La vida no tiene asco, ni sabe de deformidades, la belleza tampoco. Rocky se mece con sus espasmos o da saltos al caminar, el falso leoncito dormita sobre la acera, las palomas comen y esparcen microbios mientras picotean entre dulces y cigarrillos próximos a fumarse.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
Tiene una venta ambulante de dulces; es realmente ambulante porque él arrastra su carrito por los andenes del parque y las calles que lo rodean mientras ofrece, sin mucho ímpetu, los dulces que expone con cuidado y orden. A su lado siempre va Rocky, un perro pequeño, con cara de gruñón, pero amable. Lo de gruñón es lo que cabe suponer porque los dientes y colmillos de su mandíbula inferior le quedan siempre expuestos. La cara de Rocky es deforme, la mandíbula inferior es desproporcionada, casi como si le hubieran injertado a un perro diminuto la quijada de uno mediano. Para colmo Rocky se sacude permanentemente como si algo le incomodara en su interior. En cuanto se detiene una cadena ininterrumpida de espasmos lo sacuden casi como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico; sin embargo, Rocky se sabe sostener en medio de esa constante convulsión y en cuanto sacude un poco la cabeza reanuda su paso, casi orgulloso. A veces, cuando quiere dormir, Rocky se mete en una especie de perrera que su dueño le ha adecuado debajo del carrito de dulces. Se trata de un espacio apenas suficiente para su tamaño, forrado de cartones y cobijas, allí adentro no debe sentir frío, y cuando llueve no se moja.
Conocí a Rocky una tarde, desde mi ventana. Lo vi sacudirse con aquellos espasmos suyos, mientras su dueño, de espaldas, conversaba animadamente con un transeúnte. Suponiendo que el perro estaba ahogado corrí a la calle para intentar socorrerlo, cuando llegué vi que el perro se movía tranquilo y sin temblores, el vendedor sonriendo me dijo que no había de que preocuparse, que Rocky era así. Vi entonces, además, su cuerpo enclenque y la enorme quijada. El hombre agregó que lo había adoptado y que desde siempre se sacudía de esa manera, aprovechó entonces para cargarlo y abrazarlo. Rocky se dejó.
Desde aquella tarde he visto a Rocky y a su dueño en el parque casi cada vez que lo atravieso. He notado además que venden hasta tarde en la noche, cuando con una desenvoltura especial se pasean entre jóvenes, paseantes nocturnos y volutas de marihuana. A veces Rocky va corriendo tras el carrito dando unos saltos también espasmódicos, pues por cada paso recoge una de sus patas de tal forma que el siguiente apenas lo da con tres. Otras veces va montado en su perrera ambulante, en estos casos parece un pequeño príncipe oriental que va en andas de sus porteadores.
Justo en la acera del frente por la que se pasean Rocky y su dueño se instala otro vendedor de dulces. Uno al que le revolotean y rodean decenas de palomas, muchas de ellas se posan sobre su carrito que apenas intenta cubrir con los restos de alguna valla publicitaria. Las paredes externas de la venta las decora con recortes de la figura de un Golden retriever que viene en los empaques de comida para perros, y que es además casi idéntico al suyo, que también lo acompaña siempre y que se tiende junto a él sobre una cama de cartones. El hombre habla y vende poco, pero les susurra algo a las palomas que alimenta constantemente. Mientras el hombre está en el sitio las palomas se asientan en los aleros y andenes del lugar a la espera de la comida y el cariño que les va dando. Cuando el hombre se da cuenta que su clientela, ya reducida por cuenta de su amor a las palomas, se reduce aún más, se desplaza trescientos metros hasta la entrada de un banco, y las palomas van tras él en una especie de danza terrestre y aérea que casi nadie percibe: el hombre empuja su carrito mientras al lado va el Golden con su paso cansino y en el aire las palomas que lo siguen. Hace unos meses cargaba una paloma enferma en una caja de cartón, la llevaba hasta su casa en la noche, caminando, porque ningún bus quiere llevarlo con su Golden, al que además peluquea, a veces, para hacerlo parecer un león en miniatura. Rocky y su dueño si pueden viajar en bus de regreso a casa. Lo hacen cada día.
A Rocky le tienen sin cuidado su feúra y su enfermedad, él vive, y lo hace tal como le ha sido posible: sin quejas, sin afanes y sin amargura. No conoce un veterinario y seguro no lo conocerá. A las palomas también les tiene sin cuidado las pestes que seguro llevan en su sangre y el asco que provocan a algunos; vuelan, se pasean entre zapatos y comen. Al Golden pareciera que le fueran mejor las cosas, pero su dueño lo motila y quiere hacerlo parecer un león, sin embargo, no le importa, o no se entera, que es mejor. La vida no tiene asco, ni sabe de deformidades, la belleza tampoco. Rocky se mece con sus espasmos o da saltos al caminar, el falso leoncito dormita sobre la acera, las palomas comen y esparcen microbios mientras picotean entre dulces y cigarrillos próximos a fumarse, y dos hombres empujan sus carritos y sus vidas, sonrientes o balbuceando, mientras una cola de enfermos en la calle busca pedir una cita médica y unos jóvenes cantan versos de apoyo a su equipo. Es la vida insisto, y no está mal que todo, o cada uno, vaya en lo suyo mientras sucede; no solo es así, conviene que así sea.


