Cada vez son más las personas que montan su puesto y trabajan en la calle, expuestas a las variaciones climáticas, la inseguridad, la competencia y operativos constantes de las autoridades por el espacio público.  

 

Texto y fotografías: Margarita Rosa Rojas Torres

Salomón Alzate trabaja 13 horas al día, durante toda la semana, en la carrera octava con calle 15, en Pereira, Risaralda. Se gana la vida vendiendo mercancías que van desde bolsos y maletas, hasta gorras, cinturones y sudaderas. “Cuando me va bien, hay veces que vendo entre 70 y 80, como hay otras que como llego me toca devolverme”. Salomón es independiente y trabaja en la calle hace 13 años. Su “puestico”, como lo llama, es lo único que sostiene su familia de tres hijos. Sin embargo, Salomón no habla de sí mismo con lástima, sino que se mantiene optimista y agradece lo que tiene.

La realidad que este vendedor informal afronta diariamente es compartida. Cada vez son más las personas que montan su puesto y trabajan en la calle, expuestas a las variaciones climáticas, la inseguridad, la competencia y operativos constantes de las autoridades por el espacio público.

En Colombia, según el DANE, específicamente en 23 ciudades y sus áreas metropolitanas, el comercio informal representa un 48,2% de la ocupación de la población. Del mismo modo, la producción y las ganancias que este genera significan, para empresas formales o mayoristas, una vía favorable para llegar rápidamente al cliente.

El comercio informal se extiende por buena parte del centro de Pereira, desde la calle 14 hasta la 25.

 

Sin embargo, la informalidad laboral es un tema difícil de abordar y despierta múltiples opiniones. No toda la población está conforme con el uso del espacio público para estos fines. De hecho, en Pereira, en la Encuesta de Percepción Ciudadana Pereira Cómo Vamos 2018, los ciudadanos respondieron en un 70% que prefieren ver el uso del espacio público representado en parques y zonas verdes; mientras que el 41% lo desea ver invertido en espacios para ventas ambulantes.

Por su parte, la secretaría de Gobierno de la misma ciudad comenzó un operativo para la recuperación del espacio público e incautó 3.600 unidades de películas y discos; así mismo, capturó a siete personas e impuso igual número de comparendos, según la Policía Fiscal.

Los vendedores que no reciben subsidios por parte de la Alcaldía, consiguen y transportan sus propios puestos.

El rebusque

Ganarse la vida requiere ingenio y un poco de talento, además de múltiples características como la motivación o el conocido espíritu emprendedor. La variedad de productos y los precios bajos son representativos de esta práctica informal y refuerzan el discurso de una sociedad que busca sobrevivir.

Diana Patricia López es una pereirana de treinta y cinco años que lleva nueve de ellos ubicada en la séptima con calle 22, una de las zonas peatonales donde abunda el comercio en Pereira. Vive de la venta de organizadores y lencería en crochet fabricadas por ella misma y, como otros, llegó a esta selva de cemento por situaciones adversas. En su caso, debido al desplazamiento del conflicto armado.

Trabajó durante tres años en un local en Suárez, Cauca, antes de que disidencias de las FARC la obligaran a irse del pueblo. Ahora vive en La Virginia, Risaralda, con sus tres hijos y trabaja todos los días a partir de las 3:30 pm en la calle. “Yo tengo muchos estudios; por ejemplo, terminé el bachiller y me puse a estudiar emprendimiento empresarial, también máquina plana y también sé un poco de servicio al cliente. Sin embargo, por mi edad ya es difícil encontrar empleo”, dice resignada.

La falta de oportunidades, estudios básicos y superiores o el escaso mercado laboral son varias de las tantas razones por las cuales existe el comercio informal. Según cifras del DANE, en Pereira y sus respectivas áreas metropolitanas, el 49,5% se dedica a esta práctica, la cual se ubica por encima del promedio nacional. Diana no se avergüenza de su empleo, por eso cada día le pone más empeño y busca maneras distintas maneras de subsistir y salir adelante.

Los vendedores de este relato no se conocen entre sí, quizás se consideren competencia, pero comparten la misma realidad del rebusque. Muchos sobreviven de su puesto y hacen parte del 47% de la población que opina que encontrar empleo en Pereira es difícil.

No solo existe la venta de accesorios, ropa y demás; las verduras y frutas también son otros de los productos más vendidos.

Soluciones a medias

Las ventas callejeras crecen diariamente y así mismo lo hacen las medidas para controlar la situación. La secretaría de Gobierno de Pereira, en cumplimiento del Código Nacional de Policía, ha establecido una serie de reglas y procesos que cada vendedor informal debe acatar. Entre ellas se encuentra el RUVIP (Registro Único de Vendedores Informales) que es una herramienta para identificar, calificar y seleccionar la población que va ocupar cierto espacio público.

Cada vendedor debe registrarse allí y llenar una serie de papeles para el uso del espacio público: no pasarse de una raya pintada en el suelo, tener un puesto con el tamaño requerido y ser higiénico.

Hace siete años, Salomón tenía problemas con los funcionarios de espacio público. “Me tocaba salir corriendo con lo que tenía porque ellos le quitaban a uno la mercancía que por el espacio público. Me hacían un acta y se llevaban la mercancía a unas bodegas. Ya me tocaba ir a hablar con mucha gente de la Alcaldía”.

Otros vendedores informales como Cristina Cañas piensan diferente. Ella tiene treinta y siete años y lleva ocho años vendiendo minutos y dulces en la plaza de Bolívar de Pereira. No tiene un permiso oficial, pero la policía no la molesta por el tiempo que lleva, de hecho, según ella, la policía la cuida y ayuda.

“Ellos los de espacio público sí nos dejan trabajar, pero muchas veces no nos podemos hacer en algunos sitios porque no es debido hacerse allí, entonces algunas personas quieren montar negocios y no se puede. Pero yo no los veo como los malos”, afirma en defensa.

Sin embargo, muchas de estas soluciones no han logrado convencer a la mayoría de los comerciantes, ya que sienten que lo único que hacen es aislarlos del centro, donde se concentra la mayor cantidad de personas. “El Código de Policía es injusto y debería socializarse mejor”, repite Diana en múltiples ocasiones cuando hablamos de las sanciones que se toman y lo que se debería hacer. “Hubo un tiempo donde estaban ubicando gente por módulos en esta calle y no pude ir un día y le dieron un módulo a alguien que llevaba quince días y yo llevaba dos años” cuenta un poco indignada.

La secretaría de Gobierno hizo entrega de algunos módulos y puestos.

El negocio persiste

La informalidad laboral tiene diversas aristas y abre la discusión para quienes están a favor o, por el contrario, desestiman el asunto. Lo cierto es que las calles no son las mismas y, según los tres, con la llegada de los venezolanos este tipo de ventas han crecido más. Ellos los apoyan a pesar de las adversidades, aunque, en muchos casos, las experiencias de vida pueden llegar a ser similares.

“No es duro ser independiente, pero para salir a trabajar así de informal hay que tener tiempo y no tener otras responsabilidades como la familia o los hijos”, dice Cristina finalmente.

Al igual que Cristina otros vendedores opinan que este negocio, como cualquier otro, es exigente y riguroso. Se necesita valor para comenzar desde cero y arriesgarse a los múltiples problemas que se puedan encontrar en el camino. El comercio informal en Colombia es una situación que no debe tener soluciones en el aire, sino alternativas para que se aprovechen correctamente los elementos para el fortalecimiento de la economía. Después de todo, es un trabajo digno.