Qué mejor sujeto puede haber para recibir la noticia de que morirá en pocos meses que un hombre cuya existencia no ha sido vivida en absoluto.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Una oficina repleta de expedientes, filas de personas, sellos y papeles que son remitidos a otros despachos, así pasa la vida el señor Watanabe, un funcionario más que ha repetido la misma rutina por más de treinta años como si nada.

El maestro Akira Kurosawa toma este personaje anodino para mostrar en su película Vivir (1952) las contradicciones que trae consigo ser conscientes de la finitud de la vida.

Qué mejor sujeto puede haber para recibir la noticia de que morirá en pocos meses que un hombre cuya existencia no ha sido vivida en absoluto.

La rutina del señor Watanabe pasa, como la de mayoría de personas, en repetir las mismas acciones una y otra vez.

Alguien puede objetar que el permanecer es una virtud, rumiar las ideas y las experiencias como una vaca filosófica que degusta una y otra vez su alimento.

Sin embargo, este no es el caso, porque el hábito burocrático consiste en una actividad que estandariza a las personas, anula las pasiones e inhibe las dudas. La costumbre de los funcionarios es repetir una actividad que no abre nuevos horizontes de experiencias ni permite abordar nuevos caminos.

Estos burócratas de la vida tienen asegurada una tranquilad que les permite morir sin darse cuenta; la maestría de Kurosawa radica en que su personaje principal debe afrontar esta verdad de manera irremediable.

¿Qué he hecho de mi vida?, ¿en qué he gastado la mayor parte de mi tiempo?, ¿he vivido realmente? Son las preguntas que taladran la vida de un hombre sabedor de que sus minutos en la tierra están contados.

En medio de su ejercicio introspectivo, Watanabe reflexiona sobre el sacrificio que ha hecho por su hijo, una labor loable que todo padre “debe” realizar.

No obstante, se encuentra con que su hijo, ya adulto y casado, le demuestra poco aprecio; en realidad, el hijo no ve un padre, ve una billetera.

Kurosawa, como todo artista, sabe incomodar y poner en tela de juicio los valores dominantes.

Es claro que la responsabilidad paterna sobre los hijos es fundamental; cuánto daño ha caído sobre la sociedad la existencia de padres que abandonan a sus hijos y no velan por ellos.

Pero si el abandono es una tragedia, la sobreprotección es un karma.

Entregarse en su totalidad a los hijos representa un riesgo enorme.

Primero, porque considerar que los hijos son un todo para los padres, lo único que hace es anular las demás facetas que estos tienen, porque una persona es amigo, amante, cinéfila… la faceta de padre es una de tantas.

En realidad, obsesionarse con una sola función es un rasgo de la locura, de ahí que Lacan considere que Napoleón puede llegar a estar loco en tanto se crea únicamente Napoleón; la identificación unilateral es enfermiza.

En segundo lugar, poner a los hijos en un punto exclusivo en la vida de los padres, termina por ser una posición egoísta. Porque el querer “proteger” a su hijo de todos los peligros, es una sentencia de muerte que impide vivir.

No existe una fórmula adecuada para ser padre, en realidad parece ser una apuesta que tiene un alto contenido de azar.

Pese a ello, Kurosawa advierte al espectador los peligros de verter todas las expectativas sobre un hijo, sacrificar todas las posibilidades que trae la vida en pro de una sola función es una amenaza para todas las partes.

Por ello, un momento de inmensa tragedia es la iluminación que sufre Watanabe al lamenta en silencio al intentar dialogar con su hijo y sólo encontrarse con una pared.

En su búsqueda por hallar un sentido a la vida que se consume, Watanabe se conoce con un escritor bohemio que lo lanza a las aventuras de la noche.

Juergas, mujeres, licor aparecen frente aquel burócrata que ve cómo su vida se extingue rápidamente; un poco de exceso en una vida que fue simple y llana siempre será necesario.

Kurosawa analiza diferentes dimensiones de una vida que quiere hallar sentido ante la llegada inminente de la muerte.

Watanabe, en esa búsqueda, conocerá a una mujer que le recordará la importancia del humor en la vida, al tiempo que la carrera en contra de la muerte también lo lanzará a un proyecto social: ser solidario con los otros; solidaridad que es anulada por la burocracia.

Quizá la muerte o ser consciente de su presencia nos permite tanto acercarnos a nosotros mismos como a los demás. El sentimiento de finitud crea puentes con la vida.

Esta película tiene muchas escenas cargadas de símbolos y fuerza dramática, pero existe una que llama mucho la atención.

Cuando los compañeros de Watanabe, en medio del velorio y la embriaguez, reconocen lo absurdo de sus labores y la importancia de seguir el ejemplo del difunto; el delirio y la esperanza hacen presencia en la película.

Pese a esto, los burócratas cargan con la condena de una vida que les exige desperdiciar sus propias vidas en labores absurdas y vuelven, como en el mito de Sísifo, a la rutina de siempre.

La grandeza de Kurosawa radica en no quitar el peso de ver que nuestras vidas se consumen en un absurdo.

Vivir no ofrece una solución a este sinsentido del hombre moderno, no es su deber hacerlo, sólo resta volver a releer esta película como un clásico de la literatura para morir junto a Kurosawa y Watanabe.