Hay mucho para conocer en esta historia de la pobreza escrita por Salazar, quien por primera vez la hace evidente en una región que siempre ha magnificado valores como la pujanza y el civismo de figuras proceras escudadas en grandes apellidos, las cuales esconden tras de sí aquel inapelable anatema de que “detrás de toda gran fortuna hay un gran crimen”, frase atribuida a Balzac.

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Por: Antonio Molina

¿Qué y cómo se alimentaban nuestros antepasados recientes?, ¿qué implicaba viajar por la zona andina en la primera mitad del siglo 20?, ¿cómo se desarrollaba la vida doméstica en aquellos mismos años?, ¿cómo era la iniciación sexual?

Estas preguntas y muchas otras parecidas surgen siempre que se lee la Historia colombiana, esa en la cual desfilan muchos hombres y unas cuantas mujeres a quienes se les ha asignado papel protagónico en la construcción de nuestra sociedad. Escarbar detalles, que en apariencia guardan algo de cierto voyeurismo, es una tarea que para muchos no es menos importante que todas las sagas de carácter épico, esa especie de culto al héroe que de manera errada nos inculcaron en la escuela. Héroes que nunca tenían miedo, jamás sonreían y mucho menos nos contaban cuanto de su vida sexual se trataba. Hombres y mujeres asexuados, sin emociones conocidas y siempre en trance de tomar decisiones que cambian el rumbo de la Historia. Pero la historia, esa otra con minúscula, era la que deseábamos conocer.

“La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”, escribió Thomas Carlyle en esa especie de panegírico germinal del nazismo llamado “De los héroes y el culto de los héroes”. Y Ralph Waldo Emerson intentó imitarlo en las conferencias expuestas en “Hombres representativos”, su propio tributo al libro fundamental de Carlyle. Esa historia de culto a los grandes hechos y a los personajes que marcaron el devenir de las sociedades fue la marca preferida de quienes construían la Historia, esa ciencia que se presta para toda clase de chistes maledicentes, como el de aquel lector que ingresa a una librería para solicitar un manual de Historia colombiana, pero que a cambio recibe como respuesta de la sagaz empleada una pregunta: “¿tergiversada por quién?”.

Por fortuna, desde hace unas cuantas décadas para acá la historia de las representaciones, la de la cultura popular, la microhistoria… en fin, la historia de la vida cotidiana, han ganado protagonismo para lograr marcar esa diferencia entre lo público y lo privado, una línea que a veces parece imperceptible. Las demostraciones de afecto, las relaciones donde prima la sexualidad, el amor, el trato con los niños y la visión que del mundo tienen los mismos… esas historias mínimas son las que en la actualidad se pretenden estudiar para tener una versión más cercana del complejo desarrollo de las sociedades.

Con arrestos de guapoEn ese contexto, “Con arrestos de guapo”, el libro autobiográfico de Lisímaco Salazar Ruiz (1899-1981) que recién se da a conocer entre el público en general, se convierte en una pieza fundamental para conocer la familia y las relaciones domésticas en la Pereira de buena parte del siglo 20, desde la primera década hasta finales de los años 60. No en vano el autor la había llamado inicialmente “Autobiografía kilométrica”.

Escrito con abierta sinceridad que a veces causa cierto pudor en quien lee, Salazar logró convertir en algo cercano un pasaje importante del surgimiento de la muy joven ciudad, con un agregado: hay una mirada certera y memoriosa de la vida rural. Su formación como poeta -no en vano en los años 20 de ese siglo fue reconocido como “el poeta de las muchachas sentimentales”- abre miradas profundas sobre hechos cotidianos en apariencia intrascendentes, tales como los primeros noviazgos, los juegos, los cantos y dichos populares, incluso las pequeñas negociaciones.

Un capítulo aparte amerita comentar la manera cruda y espontánea con la cual presenta la prostitución en la incipiente ciudad, con sus devaneos por las zonas de tolerancia que ya eran bien reconocidas en al Pereira de ese entonces: El Clarinete y otros lupanares son mostrados con palabras vivaces, exentas de cualquier hipocresía, al igual que un recuento de las “mujeres públicas” que en las primeras décadas se dedicaban a tal oficio. Hay allí un acercamiento al tema tabú de los pereiranos, a la transacción por favores sexuales de toda índole, a la vida bohemia sellada con licor y abrazos pagos.

prostitutasPara un ejemplo, valga retomar un extracto del primer encuentro sexual, precisamente con una de estas mujeres de “vida licenciosa”, como las llama Salazar:

“Aquella noche fue la primera que amanecí fuera, sin la compañía de mi madre. ‘Teresa chiquita’ – así la llamaban en el barrio- me enseñó cómo se hacía el amor-; cómo se besaban las mujeres; cómo se revolcaba uno con ellas en momentos de concupiscencia, pues yo no había conocido estas actividades sino con la prima hermana de mi madre, pero sin besos, sin caricias, sin movimientos eróticos”.

Hay, en este aspecto, un material valioso para analizar las relaciones afectivas y el manejo del despertar sexual en los adolescentes de la época, en una sociedad que sigue siendo pacata y constreñidora de todo lo relativo al amor venéreo. Salazar lo cuenta sin tapujos, sin ocultamientos y se expone de manera abierta en varios apartes del libro.

 

Lucha de clases

Lisimaco-Salazar

Lisímaco Salazar

Lisímaco Salazar es reconocido como uno de los pioneros en la organización de movimientos obreros y de colonización de tierras, acompañado por otros personajes como el siempre olvidado Ignacio Torres Giraldo, compañero sentimental de María Cano, la revolucionaria de la naciente clase obrera colombiana, a la cual dedica un importante apartado contando sobre su llegada a la ciudad y la posterior represión de las manifestaciones callejeras de apoyo a la notable líder.

Salazar, fiel discípulo de la Revolución rusa, expone sus lecturas, que van desde “El capital” hasta el “Manifiesto comunista”. Además, con una memoria envidiable, reforzada con los apuntes constantes que hacía en su libreta de mano, cuenta sobre los hechos y personajes que lideraron las causas populares apenas entrada la tercera década del siglo 20. Expone las reivindicaciones sociales de una clase trabajadora que debía cumplir jornadas de 12 horas diarias, de lunes a sábado, sin prestación social alguna, y con salarios que apenas daban para vivir de manera miserable.

La descripción detallada de los cuchitriles en donde habitaba buena parte de la población, incluido el escritor mismo, es una obsesión constante que causa malestar y explica las pobres condiciones de salud de la ciudadanía, expuesta a enfermedades como la tuberculosis, la viruela y las infecciones por contacto sexual, fruto del hacinamiento y el desaseo general. Salazar hace una perfecta radiografía de la pobreza imperante en cada uno de los sitios que visita, pues su espíritu de aventurero lo llevó a recorrer desde Antioquia hasta el departamento del Cauca, desde lo que hoy es Chocó hasta Cundinamarca, en viajes a pie que detallan los recorridos y hallazgos que asombran al caminante.

En el libro se muestra la represión violenta de cualquier manifestación de inconformidad social, en una época en la que las huelgas eran ilegales -¿como hoy?-, sin atenuantes, y se atendían con el brazo riguroso de la fuerza pública, a balazo limpio y dentro de la mayor impunidad.

No podía faltar el recuento detallado y crudo del surgimiento y primeros años de la llamada “Violencia” partidista de los años 40 y 50, época que sufrió en carne propia como liberal de izquierda que era, viviendo siempre al filo de la muerte. Cuenta, por ello, sobre su viaje como colono al Chocó, acompañado por su familia, en la zona de San Pedro de Ingará, en busca de sosiego, el mismo que parece evadirlo, pues allí la crueldad y las luchas partidistas son pan de cada día.

Hay mucho para conocer en esta historia de la pobreza escrita por Salazar, quien por primera vez la hace evidente en una región que siempre ha magnificado valores como la pujanza y el civismo de figuras proceras escudadas en grandes apellidos, las cuales esconden tras de sí aquel inapelable anatema de que “detrás de toda gran fortuna hay un gran crimen”, frase atribuida a Balzac. En este caso, el crimen de una sociedad injusta, inequitativa y clasista.

El libro autobiográfico “Con arrestos de guapo” solo pudo ver la luz gracias a la decisión de los herederos del autor, quienes contaron con el respaldo de personas como Luz Adriana Carrillo, Mauricio Ramírez, Jaime Ochoa, Joel Valencia, Víctor Daniel Araque y muchas más que lo hicieron posible.