ESCRÍBELO KISCH

…quien escribe no lo hace para perdurar, sino para hacer existir y perdurar lo narrado, tal como suponía el poeta francés Edmond Jabès…

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustración / Stella Maris

“No quisiera en ningún caso poner a Stendhal en contra del Emperador, quien fue una de sus máximas autoridades. Sin embargo, no es posible dejar de mencionar el hecho de que hasta el momento en que la batalla se libró en las páginas de La cartuja de Parma, la derrota de Waterloo habría sido evitable, y más aún, hubo quienes sostuvieron vastamente que la batalla se ganó… Debo confesar que Stendhal, al lograr la máxima perfección en su relato de Waterloo, derrotó allí al Emperador. Por lo cual, contra mi voluntad, no tengo otra alternativa que declarar que Marie-Henri Beyle, al realizar el imposible prodigio de derrotar con su pluma a los estrategas, fue el verdadero y definitivo responsable de la batalla de Waterloo”.

Imagino el escozor que provoca entre los historiadores lo que escribió el genial, y ahora un tanto olvidado, Pedro Gómez Valderrama, para quien la batalla de 1815 solo fue perdida por el ejército francés, veinte años después cuando Stendhal la narró. Aunque seguro que no solo entre ellos, seguro cualquier ciudadano común y corriente tendrá cierta desazón si alguien le advierte que lo que vive y ve no será cierto sino hasta que esté escrito, o hasta que alguien lo narre, y entonces, así, narrado o escrito, pase a la dimensión de lo que realmente existe.

Deberían sobrar los argumentos a favor de la tesis de Gómez Valderrama, pero seguro son necesarios ante el terror que provoca en quienes sabemos que somos polvo olvidable, y que lo más probable es que no habrá registro que luego dé cuenta de nuestra existencia.

En cierto libro, del que no he sido capaz de recordar su título, Fernando Savater nombra algunas de sus tías, advirtiendo que lo hace para que su olvido se retrase al menos un poco.  Aquellas tías existen gracias al brevísimo y deliberado registro que hizo el escritor, y yo al menos las recuerdo con la insistencia de la memoria de una cualquiera de mis propias tías.

El periodista y escritor judío Egon Erwin Kisch combatió en la Primera Guerra mundial como cabo del ejército austrohúngaro; cada día, con la devoción de quién sabe qué, Dios y la humanidad tienen su encuentro en el texto, relató los sucesos sublimes o intrascendentes que vivía, como si unos y otros fueron idénticos, y su papel fuera precisamente el de dejar rastro de lo que sucedía: “Cuando al cavar una defensa uno se encontraba un topo aturdido, decía riendo “¡Escríbelo, Kisch!”. Dos discutían medio en broma, medio en serio: ´¡Como vuelvas a usar mi toalla, te voy a sacudir tal bofetada que te quitarán en el acto la cápsula de identificación!´. Y para que esa advertencia quedara también registrada como es debido, al menos uno de los contendientes me decía: ¡Escríbelo, Kisch!´. Cuando había caído un camarada al que todos elogiaban, me decían: ´Era un buen tipo. ¡Escríbelo Kisch!´”… Y al final ´¡Escríbelo Kisch!´ se convirtió en una muletilla que se utilizaba incluso cuando yo no estaba cerca”.

Raymond Carver es uno de los más grandes cuentistas norteamericanos, y contrario a lo que algunos suponen, no debido a su minimalismo, sino a que en sus relatos da cuenta de la vida de la clase media y baja de los Estados Unidos a finales del siglo XX, que vivía –y vive– en ese realismo sucio que luego los críticos han querido atribuirle casi exclusivamente al escritor. Gran parte de la gracia de Carver reside en que podía narrar sus propias intimidades, tal como lo hizo en un cuento prodigioso, que deja al descubierto la manera como sucede la literatura. El argumento es sencillo: el narrador visita a su exmujer, sin motivo aparente, ella lo recibe a media mañana, furiosa, echándole en cara su abandono, la dejadez que lo caracteriza, su sinvergüencería: “Creo que ahora empiezo a entender… Creo que sé a qué has venido. Sí. Sé por qué estás aquí, aunque quizá tú no lo sepas. Pero eres un viejo zorro. Sabes por qué estás aquí. Has salido de pesca. En busca de material. ¿Me acerco? ¿He dado en el clavo?… Amén, hermano. Por si no te has dado cuenta, ahí está la manzana de la discordia. Ahí reside todo el problema. Pero en mi opinión, como ya te he dicho, recuerdas lo que no deberías recordar. Recuerdas las cosas bajas, vergonzosas… Escucha. Mírame. Escucha atentamente lo que voy a decirte… Cuéntalo como crees que debes, y olvida lo demás. Como siempre has hecho. Llevas tanto tiempo haciéndolo que no te será muy difícil”.

La exmujer se lamenta de su suerte, la de ser mero material para sus cuentos, pero al final reconoce que no hay alternativa, no hay manera de huir del narrador que deberá contar lo que sucede. Escríbelo Carver, casi que dice; y como seguro decía mentalmente el infame General Emmanuel Grouchy, que así se vería eximido, un poco, de la traición que había hecho a Napoleón, escríbelo Stendhal, a ver si por fin ganan los ingleses.

Todos, en algún momento, decimos o pensamos: escríbelo; un poco a manera de ruego. Intuimos que ahí reside el secreto de la eternidad: en el libro, en la narración.  Porque, por otra parte, quien escribe no lo hace para perdurar, sino para hacer existir y perdurar lo narrado, tal como suponía el poeta francés Edmond Jabès, otro judío, que sabía que narrador y narración, son, ambos, criaturas del Libro, y que el primero es apenas un contable que además no domina el futuro.

@PabloFArango

Manizales, abril 23 de 2021