Una corta narración que gira en torno al dilema de la existencia versus la vocación existencial. Como dijo el escritor alemán Georg Ch. Lichetenberg, “Tres agudezas y una mentira hacen hoy en día a un escritor”.

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Por: Diego Firmiano

 

Una biblioteca (bien lo saben los perseguidos de todos los regímenes)

es lo primero que se pierde

Beatriz Sarlo

 

Sentado en la mesa, el capitán Aragón miraba con una rara curiosidad y en silencio un limón partido por el estómago: oteaba los compartimientos llenos de zumo, la forma de la semilla, el olor, el color pintón de la cascara. Luego lo exprimió suavemente y vertió el jugo sobre tierra. Surgieron gestos espontáneos en su rostro y su boca tuvo una sensación húmeda. «¡Señor!», llamaron con voz firme. Y ensimismado, viendo gotear el jugo de limón, solo oía aquella voz como un sonido a lo lejos. «¡Señor!, ¿qué hacemos con estos escritores?».

El capitán limpió sus ásperas manos con una hoja de periódico,  levantó la mirada y con voz castrense de autoridad se dirigió a Gutiérrez, su subordinado. «¡Cuélguenlos! Pero que no mueran. Cada treinta segundos dejen que respiren. Y el primero que escriba un relato sobre esta agonía de muerte, y que al leerlo me convenza, quedará libre. El que no pueda hacerlo, vuelva a colgarlo».

Los escritores, que eran siete en total, todos ellos disidentes de la revolución, no podían hablar, y luchaban por su existencia en el patíbulo. Nunca habían estado antes en ese lugar: respiraban diferente, miraban desde otra perspectiva la vida, la de condenados, y no tenían piso bajo sus pies.

Aragón, evitando la escena, hundió de nuevo su cabeza en el pecho como teniendo paciencia con esta situación y tomó la otra mitad del limón y lo exprimió en su boca después de tomarse dos dedos de aguardiente. Luego encendió la radio y apostado en la mesa se dispuso a leer tres hojas, con tres narraciones garabateadas de los condenados.

El primer escrito decía: el camino verdadero de la vida transcurre sobre una cuerda (como ésta) que no ha sido tendida en lo alto por un verdugo, sino puesta a  escasa distancia del suelo para tropezar con ella. Aragón meditó un par de minutos, mientras subían y bajaban los escritores de la horca como si fuese un carrusel de niños. Arrugó la hoja, sobó su nariz y lo desechó bajo la mesa.

Debajo de su arma, haló la siguiente hoja: Lo que tiene que ser eficazmente destruido debe ser antes completamente afianzado; lo que se desmorona, se desmorona, pero no puede ser destruido. Simplemente la dejo caer.

Y la última nota, que tomó con expectativa, simplemente estaba en blanco. «¡Gutiérrez!» «Dígame capitán». «¿Quién ha tenido la valentía de ser bajado del pedestal, tomar una hoja para escribir su experiencia y dejar una hoja en blanco encima de mi mesa?». Hubo silencio nervioso en el contingente de soldados. «¡Bajen inmediatamente a este escritor!, no morirá, déjenlo libre. A los demás, ahórquenlos». Gutiérrez siguió las órdenes al pie de la letra. Desaparecieron los cuerpos, incineraron los libros de los malos escritores y siguieron caminando por entre los pueblos y ciudades buscando a los escribidores junto con sus obras, para colgarlos y quemarlos en nombre de la revolución.