En el otoño de 2018 realicé un viaje por Europa. Estos artículos que inicio hoy no pretenden ser un exhaustivo recuento del viaje en su totalidad, pues solo tratan de cuatro países (Grecia, Italia, España y Portugal) que son absolutamente entrañables para mí.  

 

Texto y fotografías: Jaime Flórez Meza

La Acrópolis de Atenas. Ruinas del Partenón.

Sin duda alguna Grecia es “el lugar”. Soy un enamorado de Italia, pero debo reconocer que Grecia es la cuna de la civilización occidental, descripción tan repetida y manoseada que con el tiempo tal vez se ha ido despojando de su sentido. En Grecia nacieron muchas de las cosas que nos definen social y culturalmente: la ciencia, la filosofía, la polis, la política como la conocemos, la democracia, las artes como las hemos conocido (que ya existían como prácticas culturales pero que aquí serían institucionalizadas), el deporte…

En fin, inventos que nos han hecho evolucionar como especie, pero todos ellos instrumentalizados en la modernidad, con las consecuencias que seguimos sufriendo hasta nuestros días: esos nobles inventos se han promovido y empleado también para subordinar a las personas y controlar sus cuerpos y sus mentes.

Así es que mi viaje a la tierra donde se originaron o desarrollaron estas prácticas sociales que transformaron a la humanidad fue un extraño reencuentro con el pasado de la civilización y un reconocimiento de este paradójico presente de una sociedad del control digital bajo la cual, por un lado, se han democratizado cosas como la tecnología, la comunicación, el saber, el arte, la sexualidad y hasta la política como construcción de ciudadanía (el ejercicio constante de hacerse y ser ciudadano), al tiempo que todo esto se ha manipulado, ideologizado y banalizado para favorecer a los de siempre y oprimir a los de siempre.

Puede ser que los griegos, y con ellos Occidente, hayan sido víctimas de sus propios inventos. Y el pueblo griego ha pagado hasta el día de hoy por ello. Ayer soportaron las arremetidas de los persas, los cristianos, los romanos, los bizantinos, los turcos y hoy las de un sistema político global que ha puesto el crecimiento económico como bien supremo.

Entonces, el recorrido por la mítica Atenas fue de alguna manera eso, percibir esa larga cadena de frustraciones que se manifiesta en la calle con la agresividad que estalla con cierta frecuencia entre sus habitantes.

Contemplo, pues, las ruinas y vestigios de lo que fue el esplendor ateniense y, simultáneamente, de su decadencia, destrucción y, finalmente, subordinación.

La Acrópolis de Atenas. El Erecteion. Cinco cariátides originales se encuentran en el Nuevo Museo de la Acrópolis y la otra en el Museo Británico.

Se dice que la Acrópolis es el principal monumento de la ciudad. Lo que más me fascina, aún más que su arquitectura, su historia y sus templos, es esa conjunción que los griegos lograron entre arte, ciudad y naturaleza, que las culturas posteriores, aunque no todas, mantuvieron y desarrollaron, como el caso de los romanos y los árabes y, de algún modo, las naciones europeas y de otras latitudes.

No sé si sea precisamente un legado griego, en cualquier caso me llama mucho la atención y es lo que más placer me produce. Ahí está quizás el equilibrio que buscaban los griegos entre política, ciencia, arte, filosofía y religión (la otra cara de la política).

Todo el conjunto de la Acrópolis, y en él incluyo los pintorescos barrios de Anafiotika y Plaka a sus pies, y la colina de Pnyx, me pareció maravilloso. Era el corazón de la antigua ciudad y creo que el barrio aún conserva el trazado original, así es que caminar por las mismas calles y parques que caminaron Platón, Aristóteles, Diógenes y Epicuro fue una experiencia muy placentera, aunque a veces también dolorosa por esa mezcla de orgullo y frustración que flota en el ambiente, de banalidad por cierto turismo inescrupuloso y esnobista al que solo parece interesarle el comercio y hacerse la foto con los monumentos y nada de lo sagrado de estos lugares.

Cuando digo sagrado me refiero no a lo místico de los lugares sino a la reverencia por la vida que en ellos había.

Atenas. El popular barrio de Monastiraki. Al fondo se observa la Acrópolis.

Me sigue pareciendo indescriptible hablar de las emociones, sensaciones y sentimientos vividos en un lugar como éste, por lo cual lo mejor que pudimos haber hecho es volver a él varias veces y no hacer la visita rápida y superficial que hacen muchos turistas para que les alcance el tiempo y puedan ir a las islas griegas.

No, para mí estos sitios son para sentarse en una roca y contemplar su belleza, meditar, caminar e intentar registrar su belleza en una cámara, algo imposible que de todos modos se intenta porque siempre quiero guardar un pedazo del viaje de esta forma, sabiendo que lo recordado y guardado en la mente y el cuerpo es insuperable.

Nuevo Museo de la Acrópolis.

Es imprescindible también realizar una visita al Nuevo Museo de la Acrópolis, inaugurado en 2009, en el cual se conservan las estatuas originales y otras reliquias que no fueron saqueadas o destruidas y que permite reconstruir la historia y esplendor de la misma; recorrer la ya mencionada colina de Pnyx, en la que funcionó, según dicen, la primera asamblea o parlamento de la historia; la hermosa colina de Filopapos con sus vistas extraordinarias de la Acrópolis, en la que se encuentra, entre otras cosas, la llamada Prisión de Sócrates o Desmotherion, la cárcel en la que, según la leyenda, el filósofo fue recluido y forzado a beber la cicuta. En cualquier caso me pareció un sitio desolador aunque lejos del bullicio turístico en que se mantiene la Acrópolis.

Atenas. Colina de Filopapos. Prisión de Sócrates.

Otro monumento imperdible es el templo de Zeus Olímpico, también conocido como Olimpeion, cuya construcción se inició en el siglo V a.d.n.e. (antes de nuestra era) y fue terminado por el emperador romano Adriano en el II d.n.e. con la colosal estatua de Zeus que mandó esculpir e instalar en su interior, además de la suya propia.

Por tratarse de la mayor deidad y de la más importante ciudad-Estado de la antigüedad, era el templo más grande de Grecia, pero desafortunadamente solo quince de las ciento cuatro columnas que lo componían se encuentran en pie. El conjunto está presidido por el Arco de Adriano, el emperador que de este modo separó lo que era la ciudad antigua de la nueva que habían levantado los romanos.

Atenas. Ruinas del templo de Zeus Olímpico.

El Teatro de Dionisos era, por el amor que profeso por el teatro, uno de los baluartes que más deseaba conocer. Se cuenta que tenía una capacidad para 17000 espectadores, que fue construido en el siglo VI a.d.n.e. y que antes de las representaciones clásicas de las tragedias los espectáculos consistían en mimos y danzas, mucho antes de que la voz se añadiera al cuerpo con los primeros parlamentos y diálogos, y después de que el actor solista Thespis (el primer actor-director del que se tiene noticia) recorriera el país y los autores trágicos entraran finalmente en la sociedad y la escena atenienses. Ubicado en una de las pendientes de la Acrópolis, esto es lo que queda de él:

Junto a éste se encuentra el majestuoso Odeón de Herodes Ático, construido por este cónsul romano en el siglo II d.n.e. Era un teatro cubierto para presentaciones musicales.

Ruinas del Odeón de Herodes Ático.

Hubiera querido encontrar el sitio exacto donde estuvo localizado El Jardín de Epicuro, pero no me fue posible pues hay tanto que ver que los cinco días en Atenas resultaron insuficientes.

El Jardín es el nombre dado a la escuela materialista fundada por Epicuro de Samos en 306 a.d.n.e. en una casa rodeada por un huerto y ubicada a las afueras de Atenas, en dirección a El Pireo, ciudad que visitamos por unas horas.

El filósofo, pues, enseñaba ahí, en su propia casa, en un ambiente como el de esta imagen, una ética del placer que evite o disminuya el dolor, que permita disfrutar de las cosas sencillas, que haga de la moderación y la discreción normas de vida, que celebre todo el tiempo la vida, puesto que la muerte no existe mientras se esté vivo y cuando existe ya no se lo está.

Atenas. Jardín Nacional.

Se comprende que hubiera un culto al cuerpo en un lugar privilegiado por la naturaleza con bellísimos jardines, bosques, colinas y el azulado mar Egeo. Por doquiera que vayas encuentras estatuas que dan cuenta de las proporciones de belleza establecidas por los griegos.

Otro emblema es el estadio Panatenaico (construido sobre los restos del antiguo estadio olímpico del siglo IV a.d.n.e.), en el cual se llevaron a cabo las primeras olimpíadas modernas en 1896. Otra vez: creo que los griegos supieron encontrar el justo equilibrio entre naturaleza y cultura. O al menos eso fue lo que quedó como la norma a seguir en Occidente.

Atenas. Estadio Panatenaico.

En fin. Creo que a veces las imágenes expresan mejor las ideas y sentimientos. Y espero que mi intento haya valido la pena.