Yo prefiero la ciudad. Y aunque esta tiene millones de personas, uno termina sintiéndose sólo.  La gente de la ciudad habla con el psicólogo, yo hablo con mi Colt Caballo 45. Cada mañana, como ésta, me pregunto cosas…. Pongo el tubo de mi arma en mi oreja por si logro escuchar algo.

experimentos con mi armaPor: Diego Firmiano

En momentos, especialmente en la mañana antes de salir a la calle, miró mi Colt Caballo 45, siento su peso, acaricio su textura, y me pregunto ¿para qué sirve  esta mi arma?  La llevo todo el tiempo y a todas partes, hasta a la iglesia. Antes solo la portaba en ocasiones especiales para sentirme seguro, pero luego que el predicador dominical dijera en una ocasión que los pecados pesan y la gente carga con ellos, pensé, “bueno, mi arma pesa menos que un pecado”, por eso la llevo sin remordimiento. Le he puesto un nombre. Nada cursi como “dedo de hierro” o “trompa poderosa” o “la señora”. No. Solo un nombre familiar, le he puesto el nombre de mi madre y como dicen allá en la calle, “a la madre hay que respetarla”.

El ponerle nombre a la cosas es una costumbre que adquirí en el ejército.  Antes de tener mi Colt Caballo 45, o mejor, después de pagar servicio militar obligatorio, me compré una computadora portátil. La Dorothy.  Intenté volverme escritor. Quería contar todos los horrores de la guerra por medio de oraciones, párrafos, capítulos y finalmente que todo eso fuera, lo que se llama, un libro. Escribía después de las diez de la noche hasta entrada la mañana. Al estar solo, en mi sala, con un refresco, a la luz de la lámpara y recordando esas horribles escenas, sentía que la cabeza me iba a explotar. Los recuerdos empiezan a doler, especialmente si se anidan en el corazón.

“…Hacía frio. Íbamos en la carretera que de Pasto conduce a Tuquerres en el convoy militar haciendo inspecciones de rutina. Y allí en la vía, dentro de un carro rojo estacionado se encontraban dos hombres. El camión paró y a la orden del mayor nos bajamos en manada alistando nuestros fusiles. Los dos hombres fueron interrogados. Estaban nerviosos. Uno de ellos, un joven que parecía tener veintitrés años, decía que se habían quedado sin combustible. Revisamos la bodega del carro. Y uno de mis compañeros preguntó la razón del color rojo del carro. El hombre mayor, acompañante del joven, se molestó al tratar de responder esa simple pregunta. Luego se escucharon disparos. Yo estaba en la parte trasera del auto, revisando el escape y escuché los gritos del joven. Gritos desconsolados, porque temía por su vida.

Al preguntar con voz castrense qué sucedía, mi compañero de apellido Montoya, dijo: ¡No ve que son guerrilleros!. Están por estos lados para planificar un atentado”. ¿Y cómo lo sabe? Le pregunté. No somos militares para saber o no saber, solo cumplimos órdenes. Y luego ¡bam!, ¡bam! dos detonaciones más del arma de Montoya impactaron al joven que parecía ser el hijo del hombre mayor.

Al revisar los documentos de ellos, sus identificaciones mostraban claramente que era padre e hijo. El papá era profesor de arquitectura en la universidad del Valle y su hijo estudiaba medicina. Cursaba quinto semestre. Se contaminó la escena. Y se reportó que habían sido abatidos dos guerrilleros. Yo sabía que aquello no era cierto y no creía la idea de que vivir en un país nervioso por la violencia nos hacía a todos esquizofrénicos. El fuego jamás podría apagar el fuego….”

Termino de escribir esta historia hasta acá y no puedo ver bien la pantalla. No sé si es el brillo que me ha empañado la vista o es que tengo los ojos empañados al pensar en aquello que sucedió en Nariño.  Desistí de escribir con la idea de que a mí nadie me podría joder de esa manera. Con esta idea en la mente fue que no dude al comprar mi Colt Caballo 45. Una sola requisa de ellos y les suelto toda la carga de mi arma en sus entrañas.  ¡Bam! ¡Bam!. Luego gritos y lamentos.

Yo quisiera que se acabara esto de la guerra, pero primero hay que matar las ideologías que engañan las verdaderas ilusiones de los hombres. Las causas, son pólvora extraña que lleva a hombres a inmolarse por cosas que solo  creen en grupo, nunca de manera individual. Como si los imperios antiguos con toda su gloria, no hubiesen caído  de la noche a la mañana y hoy, solo puedan ser leídas en las polvorosas enciclopedias.  En esos tiempos también había hombres que creían en Dios, en la patria, en el gobierno, en las leyendas, en el destino, pero murieron y ya nadie los recuerda. Hoy constituyen el polvo de los asolados desiertos.

Yo prefiero la ciudad. Y aunque esta tiene millones de personas, uno termina sintiéndose sólo.  La gente de la ciudad habla con el psicólogo, yo hablo con mi Colt Caballo 45. Cada mañana, como ésta, me pregunto cosas. Hay un mutismo frío en el ambiente. Pongo el tubo de mi arma en mi oreja por si logro escuchar algo.  De pequeño, en el puerto de Buenaventura, mi padre solía tomar conchas del borde de la playa para hacerme escuchar el mar. Ponía mi pequeña oreja y escuchaba, como dice el apóstol Juan, el sonido de una muchedumbre de gente. El tubo frío de mi pistola no me dice nada. Ni siquiera puedo escuchar el silencio. Huele a pólvora y mi nariz no aguanta esto.

Me miro en el espejo de mi baño. De nuevo. ¿Las armas están hechas para disparar sobre personas buenas o malas? ¿Si un pincel o una brocha hace un pintor, en que se convierte una persona con un arma? No logro poner mi cabeza en orden.

Saldré al parque céntrico de la ciudad. Iré con ella, con Miriam. Estará en mi cintura, y aunque parece que tuviera una protuberancia en mis genitales, creo que nadie osará mirarme ahí. Bueno, solo los maricones lo hacen. Piensan que tengo algo grande y responsable. Sólo miran, nada de palabras. Y quizá no dicen nada, porque estamos en un país sumamente intolerante. Si yo ando con mi Colt Caballo 45, ella o ellas (travestis, gay, maricones etc) deben andar con una gran cuchilla en su bolsillo.  Somos extraños entre nosotros, en este paraíso perdido, todo el tiempo tratamos de timarnos de una u otra manera. Nadie se acuesta a dormir sin dejar de pensar cómo sobrevivir al día siguiente.

Como dicen entonces esos cabrones de dirigentes que tenemos que vivimos en sociedad. ¿Sociedad? Vivimos es en un puto zoológico. Los sociólogos nos observan como lo harían con los primates y los políticos creen que somos representativos e importantes cada cuatro años. Estamos Jodidos. Pero conmigo no se meterán. También quisiera dispararle a un político. ¡Bam! ¡Bam! Romper el orden. Sólo es ahí cuando todos pierden la cabeza, como los alemanes.  Yo solo quiero responder a mis preguntas.  Seguir con los experimentos con mi arma. Uno se siente bien.  Otra vez, cuando pregunto sobre la utilidad de mi Colt Caballo 45, creo que la respuesta es obvia por la misma naturaleza del objeto. Nadie fabricaría algo solo por adorno, a excepción de los adornos, claro. O mejor, nadie erigiría una estatua de un santo sino fuese para adorarla.