Mariela se paró apenas con fuerza en sus rodillas para dar el paso. El doctor la despide con una sonrisa y con la promesa de que su propio instinto femenino le hará amar a aquel bebé.

 

Por: Daniela Machado Maya

AMariela la mataron. No la mató su hijo, la mató la negligencia, la mató su incapacidad para dar vida. Puede no sonar sencillo, pero ¿qué se le puede reprochar a un ser que se siente incapaz de vivir? Que la pesadez de su alma, tan solo equiparable a la de su vientre inflado, la llevó a morir envenenada en su propio líquido amniótico.

4:30 am. A 4 meses de su muerte, Mariela despertó con ahogos y agradecida con el universo porque fuera tan solo una pesadilla. Sin embargo, aún después de abrir sus ojos, su pulso agitado y sus sentidos seguían conectados con aquel recuerdo que arbitrariamente irrumpía en su realidad, haciéndole sentir que el ayer y el hoy no distaban ni un poco.

Esa madrugada, al igual que otras tantas, sintiéndose anclada a su pesadilla  podía sentir aquellas manos toscas y grandes que recorrían cada rincón de su cuerpo, casi que podía sentir el olor de ese sudor ajeno combinado con el suyo, que se deslizaba por detrás de su espalda y que entrapaba su cabello. Aun sabiendo que su cuerpo reposa en la seguridad impenetrable de su cama, no había nada más distante de aquel lugar que ella misma.

Mientras se duchaba esa mañana, recorría de manera enfermiza y minuciosa  con las manos jabonosas el mismo recorrido que otras manos hicieron sobre su cuerpo hacía tan solo cuatro semanas.

Buenos días, doctor Montilla –dijo Mariela  mientras el médico escribía  sin mirarla–. El sonido de las teclas era lo único que se escuchaba en aquel consultorio. Al cabo de un minuto que pareció eterno para ella, el médico, sin cambiar su posición, y con su mirada posada sobre la pantalla del computador le preguntó:

-¿Cuál es el motivo de consulta?

-Tengo cuatro semanas de embarazo y… –dijo Mariela antes de ser interrumpida abruptamente por Montilla–. Felicidades, señora. ¿Ha tenido algunos de estos síntomas: mareos, dolores de cabeza, gastritis?

– No, doctor, usted no me está enten… –dijo Mariela en voz baja y temblorosa.

Volvió a ser interrumpida. –Perfecto, le asignaré el control prenatal para el otro mes para monitorear el bebé, por lo pronto le formularé acido…

Ahora el doctor fue interrumpido por Mariela. –¡No doctor!, quiero terminar mi embarazo… ¡quiero interrumpirlo!–

En ese momento el médico levantó su mirada hacia los ojos de Mariela y luego los desplegó sobre ella:

-Señora Mariela, no me diga que “ya sabe que su feto tiene malformaciones” en esta semana tan temprana de embarazo, o que su vida está en riesgo, porque según su historial médico no posee enfermedades importantes. Y ¿violación…? – dijo el doctor Montilla en tono irónico y con voz pausada–, ahora todas son abusadas después de la rumba–.

Mariela no podía creer lo que oía, nunca había sido una mujer muy expresiva, sin embargo en sus ojos se reflejaba el miedo y la ansiedad que la recorrían y la sumergían en un silencio total.

-Mariela, supongo que si está aquí es porque piensa que su embarazo hace parte de los tres casos contemplados por la ley. Pero eso sí le digo: yo no creo en esas cosas, y como único doctor del pueblo le digo que eso por acá no se ve. Mire usted que de aquí a que usted reúna los papeles, permisos, diagnósticos y autorizaciones médicas… para que le aprueben ese procedimiento y contando con que yo no estoy en la obligación de realizarlo, porque es que yo vine a promover la vida y no lo contrario, le cuento que para ese entonces va a tener al niñito en brazos.

-No, doctor, es que yo no quiero ser mamá, dijo Mariela, atisbando en su voz un tono irreverente.

-Eso dicen todas, pero cuando ven al bebé, todo es diferente. Mejor dicho, el otro mes la espero para el control-, terminó el Doctor Montilla, abriendo la puerta del consultorio.

Mariela se paró apenas con fuerza en sus rodillas para dar el paso. El doctor la despide con una sonrisa y con la promesa de que su propio instinto femenino le hará amar a aquel bebé.

El doctor la despide con una sonrisa y con la promesa de que su propio instinto femenino le hará amar a aquel bebé. Fotografía / Colsanitas

Pasaba el tiempo y como por conspiración del universo la promesa del doctor saltaba de boca en boca, en cada uno de sus conocidos, amigos, familiares y vecinos. La perseguía su condición histórica, ligada al vientre abultado y la misión que le fue encomendada biológicamente: reproducirse. Y mientras se debatía entre los consejos de conocidos y su deseo natural de no dar vida, notó que su barriga crecía de una manera acelerada.

Una mañana se levantó sintiendo todo el peso del mundo encima. Era muy extraño. –Ayer no parecía tan grande–, pensó Mariela. Intentó sentarse en su cama, pero le fue sumamente difícil, sus pies se veían hinchados y algo morados. Después de la charla con el doctor Montilla comenzó a acudir a una partera, recomendada por su madre. La misma Mariela había venido al mundo en manos de la partera. En ella reposaba la sabiduría de muchas generaciones

-¡Muchachita, esa barriga está demasiado grande para ocho semanas! ¿Seguro no son mellizos?, dijo la partera muy aterrada.

-No lo sé… pero dígame ¿me voy a morir?

-Tranquila mijita, voy a darle y untarle un menjurje de plantas, y si no mejora… ya veremos qué hacer.

Pasaron los días y Mariela poco se levantaba de la cama. No se ocupaba en pensar si sería niño o niña, por atiborrar su pequeño cuarto de ornamentos rosados o azules, más bien se sentía indigesta. Se ocupaba en pensar que aquella presencia dentro suyo se parecía más bien a la de un parásito. Quizás sería pegajoso y se estaría encargando de obtener nutrientes de ella. Solía pensar en que tendría la misma suerte de aquella mosca disecada hasta la última gota por la araña que residía en la esquina superior de su puerta.

Para ese entonces, al sentarse en las mañanas en su cama, el vientre le rondaba las rodillas. La piel parecía y se veía tensa, las venas brotadas simulaban raíces que emergen de lo más profundo de la tierra, sus estrías enrojecidas parecían reventar y su ombligo se hundía cada vez más.

Asustada la partera, debido a que Mariela apenas se acercaba a la semana 14 su buen ojo, experiencia y tactos vaginales le indicaban que Mariela poseía una extraña y exagerada cantidad de líquido amniótico. Así que inició la extracción de este, inyectando a Mariela en su ombligo con una enorme jeringa. Su aguja de 15 centímetros lograría el cometido: extraer el exceso.

Entre terapia y terapia Mariela pensaba menos. Se concentraba por días enteros en la pequeña y hambrienta araña que residía en su puerta. Ya no comía y nadie la visitaba, pues no era el rostro de un ser que reflejara la luz que daría vida a la vida. Solo su madre y la partera la acompañaban. La dolorosa terapia parecía no surtir efecto.

Para la semana quince Mariela había perdido más de veinte kilos, su cara demacrada y sus huesos se marcaban dolorosamente en su piel. Pero en su vientre la escasez de comida no parecía ser un problema. Su madre la consolaba: Mariela, hija, lo importante es que el bebé crece, quizás va a ser un gordito ¿qué hay de malo en un regordete de cacheticos sedosos?

Mariela ya no hablaba y definitivamente para la semana dieciséis su vientre no paraba de crecer y la partera al ver que ella ya no se movía de su cama y que sus estrías se convirtieron en heridas profundas que parecían sangrar sugirió llevarla al hospital.

-Doctor Montilla, ¿cómo la vio?, preguntó la madre.

-Señora, Mariela está lista para dar a luz. – contestó el Doctor.

-¿Qué dice? ¡¿Está usted loco?! ¡Solo tiene 4 meses!, replicó la madre exaltada.

-Señora, estoy igual de sorprendido, pero el bebé ha alcanzado un tamaño óptimo.

Horrorizada, la madre sacó a Mariela de allí y rebuznó – ¡¿qué le pasa a estos médicos?! ¡¿Quieren matar al bebé y de paso a mi hija?! ¡Jamás! Llamaré a la partera, y si esa no sabe buscaré a otra.

Y así Mariela, con diecisiete semanas, en la casa de su madre, con su vientre estallado, fue hallada muerta con un bebé ahogado, con pulmones incapaces de respirar por sí mismos. Un corazón que excedía su capacidad corporal, un bebé de diecisiete semanas que pidió ser dado a luz, pero ¿cómo podría la mismísima oscuridad evocar la luz? ¿cómo se puede dar vida cuando se muere desde adentro?