Este cuento mereció mención de honor, por parte del jurado conformado por Juan Gustavo Cobo Borda, Carlos Castillo Cardona y Juan David Correa, en el X Concurso Literario El Brasil de los Sueños, promovido por el Instituto de Cultura Brasil Colombia, el 25 de febrero de 2019.

 

Por / Susana Henao Montoya – Ilustración / Juan Manuel Madrid Ríos

Emilia se rebeló con las guerras y las otras formas de crueldad de los seres humanos. “Emilia es filósofa”, pensó el vizconde, “o al menos me pareció entender que ya se inscribió en el programa”.

El vizconde era el prefecto de disciplina del colegio donde Emilia había obtenido su diploma de bachillerato. Se había ganado ese mote unos años antes, cuando contra todo pronóstico, se casó con otra exalumna, la hija menor del protector Don Silverio Castellanos, a la que llamaban la condesa. No lo hacía feliz el mote, pero en parte respondía a la realidad de su vida, pues la condesa lo decidía todo, desde el color de la corbata hasta el destino de las vacaciones que tomaban cada dos años. Seguramente fue uno de sus errores más graves, pero desde el principio, él le permitió tomar las riendas de su casa. De puertas para adentro, claro, pero las riendas al fin y al cabo. Entonces, unilateralmente, ella decidió que no tendrían hijos, que vivirían en las afueras de la ciudad, que los gastos suntuarios eran su rubro y que él debería pagar los servicios públicos y el mercado, incluida la comida light de Fredo y Khalo, pues también resolvió que tendrían dos gatos en lugar de un perro. El vizconde odiaba esos gatos. No es que hubiese una caja de arena que limpiar, sino que eran insoportablemente tiránicos y asquerosamente bigotudos. Al día de hoy, odiaba toda su vida, pero especialmente a esos gatos. La punta erecta de sus colas asomaba cada mañana y esas almohadillas de las patas hacían un ruidito sordo sobre el saltalecho que, invariablemente, lo despertaba. Cualquiera diría que esos infelices parecían discretos, pero eran una alarma tan precisa como la de un aparato celular. Ahí comenzaba el ritual de arrumacos entre su mujer y las bestezuelas, mientras él tenía que contentarse con ver cómo a ella se le elevaban los pezones cuando le caminaban sobre el vientre y el pubis o se le enroscaban entre las piernas. El vizconde salía de la cama, tomaba una larga ducha, se vestía en silencio, se preparaba un café que debía compartir con la condesa y esperaba a que ella estuviera lista para llevarla a su trabajo. Hasta ese punto y hora del día todos los pensamientos del vizconde se reducían a imaginar los pezones de su mujer y a fabricar un plan para deshacerse de los gatos definitivamente. Mantenía abierta la puerta del auto, mientras alcanzaba a escuchar el instructivo detallado para la empleada del servicio y el empleado de la jardinería. En ese momento era cuando a ella mejor le quedaba el apelativo de condesa por su voz de mando, sus ínfulas, la hipocresía del gesto. Cualquiera podría darse cuenta de la naturalidad orgullosa con que tomaba posesión de sus propias cosas. “Si pudiese comprar alas” –pensaba el vizconde– “seguro volaría con las águilas para mirarme desde más arriba como siempre pretendió doña condesa”.

El vizconde, casi nunca, le dirigía la palabra a su mujer, pero a veces le comentaba asuntos del trabajo, pensamientos pedagógicos que había anotado en la bitácora diaria del colegio, pues valoraba la opinión en esos casos de aula problemáticos en los que había miles de nombres para que los comportamientos más sencillos se transformaran en un galimatías de heteroconfusión. El vizconde era flojo para eso, y la mano que su mujer le daba le ayudaba con los detalles que seguramente al final del año escolar nadie revisaría ni leería a no ser que se convirtieran en una situación urgente. Poco más que eso compartían. Salían a dar una vuelta los fines de semana, a visitar amigos comunes o familiares. Él la espiaba para saber lo que les contaría a esas amistades, si diría algo en su contra y mientras la oía reír a mandíbula batiente le venía la imagen de los gatos colgados por la cola, como aristócratas venidos a menos, elegantes y sofisticados en otras vidas, pero ridículos en su rama como le corresponde a cualquier mortal común. Lo importante para él, de todos modos, era la vida del colegio, la relación con los alumnos. La relación con Emilia que le había pedido ayuda con el plan para un ensayo sobre el ser humano y la guerra, pues eso era parte de los requisitos para ser admitida en el programa de filosofía de la universidad. Emilia pensaba como él: los problemas humanos venían de un montón de tripas voraces e insatisfechas, no de los afectos del corazón ni de los pensamientos negativos, así que el cruel lo era a pesar de la buena crianza y la educación.

Cuando discutían estos asuntos después de clase, el vizconde contaba historias de tiempos pretéritos y la curiosidad de la chica se dejaba atrapar en una tela de araña de acotaciones, disquisiciones, lecciones y señales que muchas veces terminaban volviendo al clásico de Caín y Abel. Y mientras ella tomaba notas, el vizconde viraba al tema del amor y la filantropía. De pronto, hacía una pausa y evaluaba la emoción de Emilia. Se regañaba un momento por el cuadro imaginario que se pintaba en su mente y trataba de controlar el vértigo de los detalles. “Soy un hombre benigno y bien intencionado”, se decía el vizconde. “No podría dañar a doña condesa ni aunque me lo propusiera”. Lo repetía un par de veces y volvía a mirar a Emilia llevada como un bólido a través de las líneas de la pantalla. Los avisos publicitarios se sucedían imparables en el cuadrante inferior derecho de la página de texto. Empezó a observarlos con cierto interés y tal vez fue por eso que no se asombró cuando a su pensamiento se le impuso la imagen de los gatos y la condesa colgando juntos de la misma rama.