Matar es lo mismo que dar la vida, es una decisión; incluso para vivir alguien tiene que morir, así es en este país.

http://diegofirmiano.wordpress.com/

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Texto: Diego Firmiano

 

“La guerra empieza a ser un crimen desde que su empleo excede la necesidad estricta de salvar la propia existencia.”

Juan Bautista Alberdi

“El crimen de la guerra”

Iban en una ruidosa motocicleta a alta velocidad por la carretera que llevaba de Orito hasta San Pablo. Solo por momentos se aminoraba la marcha del aparato por los baches en el camino, porque había partes que no estaban totalmente asfaltadas. Era una ruta recién gestionada. El ruido feroz del viento zumbaba en las orejas de Marco Antonio y una especie de pánico se apoderó de él, que no estaba acostumbrado a tanta velocidad; Geovanny solo aceleraba concentrado en la carretera.

—¿Eh…Falta mucho para llegar?—Gritó Marco Antonio en la oreja de Geovanny, porque en plena marcha las palabras no eran del todo claras.

—Sí, sí, ya casi llegamos. Tenga paciencia; le gustará el lugar, se lo aseguro.

El viaje era monótono y ambos se dirigían hacia un nuevo terreno adquirido por Geovanny en dos millones de pesos: unas cuadras de tierras compradas a un campesino que amenazado por la guerrilla, decidió ofertarlo para irse del pueblo y salvar su vida. Lo había comprado para sembrar y cultivar, para pasar el tiempo, pero al saber que eso no era lo suyo, decidió hacer los documentos a nombre de su madre Loida como verdadera propietaria.

Era un lugar lleno de pastos verdes y amarillos, de animales silvestres, con una espesa selva virgen delimitada por colinas de riachuelos claros. Un olor a hierba lo envolvía todo. Casi un paraíso. Allí, una variedad de pájaros acostumbraban a sobrevolar encima de una vieja casa de madera instalada en el centro de terreno, para hacer sus nidos. Era una casa que antes había sido habitada por una familia, luego se convirtió en un laboratorio para el procesamiento de cocaína y ahora solo era astillas y recuerdos. Una estructura que hacia parte del paisaje.

En la carretera, un hoyo en el pavimento hizo que Geovanny redujera la velocidad y fuese ese el momento oportuno para contarle a su hermano, recién llegado de Medellín, que después de haber terminado su temporada en el ejército había adquirido una extraña afición de dispararle a los animales, especialmente a las águilas y los monos. Lidiaba con aquel raro hábito, que era, casi una obsesión con el movimiento y la velocidad. Después de estar cinco años de servicio activo, ahora no sabía qué hacer con su tiempo libre. Es más, desde el servicio militar no sabía hacer nada más.

—Lo necesito Toño (apodo con que Loida llamaba a Marco Antonio). Es más que un deporte. Es para calmarme, tengo que dispararle a algo, sino me siento inútil.

Marco Antonio no podía entender ese extraño hábito porque no había ido a la guerra. Desde joven se había dedicado al comercio. Repudiaba las armas. Encontraba sin propósito esos aparatos que amedrantaban con ruido y producían miedo. En su oficio, según pensaba, podía apretar la mano de otro hombre y mirarlo a los ojos sin ninguna mala conciencia. Para él, vencer no era convencer, pero convencer era vender.

…fue cuando presté servicio militar allá en Arauca –continuo Geovanny. Mientras no había combates con la guerrilla, nos permitían dispararle a lo que se moviera en la montaña. -aseguraba con una cierta nostalgia. Había muchas balas pero poca acción. No había nada más aburrido que ir a la guerra para morirse de aburrimiento. Así se moría mucha gente. Ahí aprendí a tirarle a todo.

Geovanny soltó una risotada sin perder el volante, mientras Toño escuchaba aquello con cierto desdén, porque de disparar no sabía nada, antes bien lamentaba la guerra porque creía que obstaculizaba el desarrollo de una nación y volvía indolente a los seres humanos. Veía el mundo con otros ojos. Con lo único que Marco Antonio asociaba el término “disparar” era con esas decisiones políticas que hacían temblar el bolsillo de media sociedad, el “disparo de precios” en la economía del país.

—¡Eh Toño! escucha esto –dijo-. Si ese Darwin, creía que venimos del mono,
entonces he matados a unos cuantos seres humanos extras.

Y soltó de nuevo otra risa estruendosa, pero esta vez por poco pierde el equilibro de la motocicleta. Con pericia esquivó un hueco enlagunado que estaba justo en frente de ellos. Geovanny se reía como un gitano. El eco se reproducía por los lugares por donde pasaban. A Toño le pareció gracioso el comentario, porque no encontraba ninguna relación entre ese excéntrico naturalista y la guerra actual.

— ¿Darwin? Ja, ja, ja. Qué tiene que ver. Preguntó Toño.

Mucho. -Aseguró con una extraña firmeza. “La ley del más fuerte” eso. Creo que has escuchado. Y ¿Quién no?

—Si, algo. Pero…esas cosas no me interesan. Aunque tiene lógica esa “Ley del más fuerte” y en la guerra parece que es una filosofía de acción, porque creo que quien la entienda bien es el que toma ventaja.

—¡No, no, Toño! Parece que no entiendes. Esto no es solo en la guerra, también en los negocios existe esta filosofía y usted lo sabe muy bien. En la guerra y en el comercio siempre el grande aplasta al pequeño. Es la ley de la vida.

—Ja, ja, ja, cállate. Ya suenas como un político -dijo Toño- y con su mano derecha le pegó suavemente en la cabeza a Geovanny.

— ¡Oye! Creo que te ríes de mí. “Anda a freír monos”

—No me río de usted.

Geovanny tenía el corte usual de los militares que le resaltaba el enorme cráneo; tenía ojos pequeños, fríos y penetrantes. De manos delicadas como las de un sastre y su tono de su piel era color tierra.

—¿y las águilas? -preguntó Toño- que piensa de ellas.

—¡ah! Si, le disparé a varias. Solo son gallinazos más grandes, solo eso, gallinazos –enfatizó-. Matar es lo mismo que dar la vida, es una decisión; incluso para vivir alguien tiene que morir, así es en este país.

—No lo creo.

— ¿Qué?—Gritó.

—Que no lo creo así.

—Bueno, Toño, créalo o no, es un hecho.

Y se escuchó un golpe secó en la caja de velocidades de la moto. Geovanny aceleró. Toño sintió un escalofrío. Frunció el entrecejo y no pudo evitar que el aíre frío golpeara su cara porque era una mañana frígida y medio lluviosa. Se encogió de brazos.

— ¡Toño, por dios, con cuidado!, ¡no se mueva! ésta carretera tiene muchas curvas y no quiero tomar ningún atajo por uno de estos abismos para llegar al terreno.

Llevaba Antonio una escopeta desarmada y envuelta en un costal de yute, para que al ser requisados por la policía en un retén próximo al terreno, no les dispararan a matar al ser confundidos por guerrilleros. En Orito Putumayo, el clima de guerra era tan denso que veían hasta en los niños, posibles guerrilleros. La carretera era serpenteada y por la lluvia Geovanny bajó de nuevo la velocidad de 60 a 40 Km/h. Con su dedo índice señaló hacia un lugar abandonado, como tratando de decir algo, pero luego aseguró el volante con sus dos manos.

— ¿Geovanny, qué pasó?

—Allá donde está esa gasolinera -dijo mientras señalaba con la boca- los militares encontraron un arsenal bélico de la guerrilla.

— ¿Ahí? Señaló Toño con cierta incredulidad. «No, creo»

— ¡Oye no crees en nada! le replicó Geovanny.

—Digo. ¿En ese lugar? Es que está muy destruido para creer que eso era antes una gasolinera. Parece que una bomba le cayó encima. Aseguró.

—Eso tiene su historia. Alguien le “cantó” a los militares de la caleta. Nadie sabía nada. Fue extraño. Luego que los militares se llevaran las armas, curiosamente sin incriminar al dueño de la gasolinera, los guerrilleros tomaron represalias. Destruyeron todo. Amenazaron al dueño, un señor llamado José Díaz.

— ¿José Díaz?, ¿Y no fue ese el que te vendió el terreno en ese precio tan exageradamente bajo?

—Exacto. Eres todo un analista—. Geovanny rompió en risa. Y Toño de nuevo le pegó en la cabeza pero está vez más fuerte.

—Me dejarás sin cabeza.

Ya no tienes. La guerra te dejo así.

—Mejor dime si ya casi llegamos, son casi diez minutos los que llevamos en esta motocicleta.

—Calma, calma que Marco Polo no llegó a América en un día.

—Hablas como si leyeras—Refunfuñó.

— ¿Sabe por qué me gusta matar pájaros?

— ¿Qué? Gritó Toño.

— ¿Qué si sabe por qué me gusta matar águilas?

—No— respondió con un “no” dudoso mientras se encogía de brazos.

—Porque me recuerda el cómo disparaba a matar guerrilleros. Es una sensación similar como cazar animales en el monte. Cada vez que caían a tierra sentía uno que la paz se acercaba para nuestro país. Por eso te dije que necesitaba dispararle a esos animales, para algunos es una crueldad, pero para mí es una necesidad.

— ¡Horrible! No hay argumentos. La cara de Toño se crispó.

— ¿Horrible? Qué prefiere, ¿que dispare sobre personas?. Y Geovanny movió su cabeza hacia ambos lados, afirmando negativamente y en tono de sarcasmo.

— ¡No! de ninguna manera. Con su mano derecha expresó ese “no”.

—Toño, por si no lo sabía. Hay muchos que han salido del ejército y lo están haciendo. Matan anónimamente. Es triste, pero para ellos es una angustia que desfogan de la peor manera.

— ¿Tan horrible es el ejército?

—No -gritó Geovanny por el viento que no dejaba hablar- el ejército no, la guerra. Eso daña. Las ideas porque las que uno muere hoy mañana no valen nada.

— ¿Y sigue creyendo que matar guerrilleros es necesario para conseguir la paz?

—Umm… ¿y quién lo cree? Las cosas han cambiado. La gente termina por perder sus creencias y se aferra a sus costumbres. Hoy en día matar a la chusma no es rentable. Es una pérdida de tiempo.

—Pero son personas. ¡Cuidado!, civiles.

—Si lo son. Igual que las instituciones son persona jurídicas: simplemente una definición. Esa gente tiene sangre de mártir, porque cuando se los mata se reproducen de una manera que uno no sabe cómo.

Toño escuchaba con un silencio indiferente, mientras se acomodaba el cuello de su saco para no perder el calor del cuerpo. Cerró los ojos y se dejó llevar por un pensamiento personal. Fue solo unos segundos, porque luego un frenazo en seco lo despertó.

¡Listo, ya está! Llegamos -dijo Geovanny ordenando. Saque la escopeta del costal y ármela que hoy mataremos águilas por la paz.

— ¿Y matará también monos? Preguntó Toño.

¿Monos? No. Las águilas representan para mis guerrilleros, los monos son seres humanos. Esos se matan solos.

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