El amor es ácido, visceral, a veces te enferma y el único remedio termina siendo recurrir a la enfermedad. Siempre dejará secuelas.

 

Por: Sebastián Pineda

Saturación de los sentidos; eso resume mi estado en la casa de esa fétida anciana. Recuerdo el olor ácido de mi vómito, pero no sé si eso me causó el mareo o si eran síntomas independientes. El ruido era insoportable, los gritos de mi madre y mi abuela insultando a esa vieja que vivía entre hierbas y gatos que parecían estatuas regadas por la casa, como centinelas al acecho.  Gloria al cielo que no me tocaron estos felinos infernales, porque la sensación en la piel me hubiera acabado por completo, la sensibilidad en ese momento superaba el umbral de tolerancia a la realidad.

¿Que cómo llegué a esa situación? Hombre, pues por algo me senté acá con usted cuando vi ese letrero de “Se escuchan historias de amor”. Esta es la mía…

Jimena siempre sintió algo por mí, el problema es que no lo supe hasta que el reflujo invadía mi boca, el mismo momento en que supe que había terminado en la choza de la bruja porque en mi casa sabían que ella me había hecho el amarre. ¿Quién más podría a ser? No hay muchas brujas en estos días, o bueno, tal vez sobran las brujas, pero no las de profesión.

Debo admitir que normalmente no hubiera aceptado a Jimena, pues ella no era mi ideal de pareja. Qué ingenuo era al creer que podía idealizar o imaginar el amor antes de que sucediera; es como intentar pensar un nuevo color, solo es posible distinguirlo cuando se ve, cuando pasa por los sentidos de la carne, pero además por los sinsentidos de la razón.

A pesar del inmenso malestar que me había dejado el brebaje que preparó la anciana, ofrecido por Jimena como un “cóctel” en una fiesta del barrio, podía distinguir algunas palabras del alegato entre mi familia y la bruja. En resumidas cuentas, no se podía hacer nada por mí, tal vez aliviar el malestar que en últimas era pasajero.

La mejor propuesta de la doña fue hacerme un baño de matas para limpiar el alma, si es que ya no la había vomitado. En medio de la desesperación le dije a mi mamá –entre bocanadas de bilis– que aceptara la propuesta, cualquier cosa hubiera hecho para sentirme mejor.

Tras una larga azotada con plantas raras, mientras la bruja –por no decir atraca cunas– me vertía agua casi hirviendo por todo el cuerpo, agua que producía vapores de fuerte olor a clorofila y resbalaba por la áspera superficie de una tina de acero medio oxidada, tras ese perturbador proceso los síntomas desaparecieron; pero lo más importante no es eso.

Solo sé que tras esa experiencia me siento fantástico, como si mis ideas sobre la vida se hubieran aclarado, pareciera que los restos de mis dudas e incertidumbres hubieran naufragado en aquella agua verde hasta las cañerías de la ciudad. Empecé a sentir y pensar muchas cosas nuevas; pero ante todo se aclaró mi idea sobre el amor. Prácticamente esta pasión se resume en la experiencia que le he contado.

El amor es ácido, visceral, a veces te enferma y el único remedio termina siendo recurrir a la enfermedad. Siempre dejará secuelas.

Gracias a la limpieza de la vieja logré entender que Jimena sí era el color que no me imaginaba, guardado entre canela, clavos y especias frotadas por sus manos.