Finalista Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR

Ave Fénix

Por: Juliana Becerra Urrego

Ilustración: Daniel Román

Prendo y apago la luz con la esperanza de que desaparezca, pero sigue ahí… mirándome.

En la mañana, con los primeros rayos de sol, tomo mi taza de café pensando en lo sucedido anoche, atormentándome, ensimismada. Al fondo suena aquella canción que tanto él amaba. No la soporto. Retiro el vinilo inmediatamente, aunque me estremece aún más el espectral silencio de la casa, pues me hace sentir con más fuerza los latidos de mi corazón agitado, al punto de poder escucharlos, recordándome que sigo estando viva.

Acorde a mi ritual vespertino, abro las ventanas dando paso a los centellantes rayos de sol que acarician mi piel como delicados pétalos de rosa recién cortados, y solo en ese pequeño instante todo desaparece. Las cicatrices de mi bélico pasado sanan, el retorno de su recuerdo ya no es amargo; solo permanece algo vano, buscando en aquellos rayos un patético consuelo de los recuerdos.

Me miro al espejo y veo mi cara demacrada, los labios algo secos. Intentando arreglar este desastre, cubro la tristeza con algo de rubor, las sombras son la mejor manera de disimular el llanto. Dejo todo limpio y organizado, me dirijo al café Le Chat Noire, junto a la biblioteca ubicada en la mesurada calle San Bartolomé. Caminando por la estrepitosa ciudad me tomo un respiro y empiezo de nuevo. Dando vuelta a la esquina logro ver la puerta negra y roja del café y lo primero que hago es sentarme en la silla frente a la barra, pido una taza de café Borgia y espero.

Baptiste llega minutos después como de costumbre. Se sienta a mi lado y me saluda. Pregunta sobre mi mañana, y tengo el impulso de decirle que es la mejor de las mañanas con tal de que él esté justo frente a mí, hablándome. Pero me abstengo. Decir tal cosa sería abominable. Me limito a escucharlo, contemplar sus rizos, que tanto amo, veo sus labios y finalmente sus maravillosos ojos color avellana. Definitivamente, la mejor manera de empezar el día; y así tan rápido como llega se va, dejándome la marca de sus besos en mi mejilla, me sonrojo; salgo del café y en la vitrina de la biblioteca veo el reflejo de la horripilante criatura que me sigue, recordándome mi verdadera naturaleza. Camino hasta el parque, lleno de árboles, hace frío y las hojas están cayendo, igual que yo.

Miro mi reloj, ya es la hora de ver al señor Gustav en su consultorio. Paro un taxi para que me lleve al dichoso lugar. Nada especial, solo un cuarto con estantes llenos de libros de superación, un sillón enorme y un escritorio. Al llegar, la simpática secretaria me pide que tome asiento, la miro detalladamente, cuando ella no lo percibe; le sonríe a todo el que llega, cuando contesta el teléfono, cuando le piden indicaciones y sonríe – hasta cuando no hace nada. Me exaspera. ¿Cómo puede estar tan feliz cuando los niveles de pobreza aumentan y cada vez hay más enfermedades sin cura? No la culpo. Bajo esa máscara de porcelana debe esconder el sufrimiento, que vive cada día, yo más que nadie, conozco cómo funciona esa máscara, nadie la nota y te hace lucir espléndida, es mejor que el maquillaje.

Entro al consultorio de Gustav, él con una chaqueta tweed y pipa. Hacemos lo de rutina, pregunta sobre mi día, mis cambios de humor y cómo me siento. Pienso que es patético todo esto. Un hombre preguntando sobre mi vida y tratando de “ayudarme” con mis problemas cuando él no los ha vivido. Respondo a cada pregunta sin ningún interés. Me hace meditar y reflexionar sobre “lo valiosa que soy” y “mis metas personales”. Es absurdo, completamente absurdo; quisiera lanzarle uno de esos pesados libros de autosuperación que no ayudan en nada, pero no debo –lamentablemente–. Al finalizar le agradezco y salgo apresurada.

Trabajando en la tarde en Le Chat Noire pienso en Baptiste, solo pienso en él, me hace olvidar aquel monstruo, ser inmundo, pérfido que me trasformó e hizo de mi algo repugnante, destruyó mi endeble ser… y vuelvo a encontrar mi faro de luz con él. El reloj anda demasiado lento y no marca la hora que deseo, me ahorro el tedioso trabajo de torturarme contando los segundos, tomo mis cosas y salgo a su encuentro, en su galería.

El corazón me da un vuelco cuando me mira fijamente, me muestra sus obras de arte y sus nuevos proyectos.

-Creo que tienes un talento excepcional Baptiste, deberías vender tus pinturas, serías un pintor famoso.

-La pintura, querida, va más allá que ser rico o famoso, es dejar que tu alma pinte sobre el lienzo.

Toma mi mano y la utiliza para hacer un dibujo imaginario en el aire, siento el latido de su corazón que palpita en mi espalda, me toma delicadamente por la cintura, mi corazón palpita, me sonrojo al igual que él. El momento es inevitable, mientras el mundo estalla en guerra, los trenes llegan a su estación, un enfermo es desahuciado y el reloj da la hora, él me besa como nunca lo había hecho, como si al siguiente segundo todo terminara. Me besa como si fuera la única mujer en el planeta y yo lo beso a él, como nunca pude besar a otro, porque yo soy suya y él es mío.

La llama extinta que llevo dentro vuelve a nacer. El mundo ahora tiene sentido para mí. Pero amar y ser amado es, sin duda, la mejor terapia que ni Gustav ni sus libros ayudarían a curar mi alma.

Después de aborrecer la mujer que era, odiarme por no ser valiente y pensar que era una víctima sin reparos, hoy vuelvo a creer en mí. Si hoy  Baptiste me dijera que no me ama, no importaría, él hizo de mí un ave fénix y renací de las cenizas. Puede que él me haya hecho daño, pero ¿qué es un gladiador sin cicatrices?