Finalista del Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR.

Back to black, juicios previos

Por: Mikaela Estrada

Ilustración: Daniel Román

Es una señora la que se sienta a mi lado. El olor de su piel se confunde con el de un gran perfume de marca. Nunca me han gustado los perfumes, la idea que se esconde detrás de ellos: el hecho de querer esconder un olor personal, único e irremplazable que de alguna manera define a la persona, que refleja su identidad. ¿Por qué llenarse de olores artificiales? Es una negación interna de lo que uno es, una necesidad de escapar de sí, una falta de aceptación. Es un olor hipócrita, mentiroso. Una simple mezcla de olores químicos de vainilla y maracuyá, un olor soso que seguramente venden como “Una fragancia moderna, carismática y única, perfecta para mujeres jóvenes, sofisticadas, y exóticas”, y esa boba se lo cree.

La tanga me talla incómodamente. La faja no me deja respirar. Tengo los labios rotos, las gotas de sangre se mimetizan con mi labial rojo. El perfume me va a asfixiar si me lo pongo otro día más. Me quiero deshacer de todo, de todos. Eso digo todos los días pero al caer la noche todo vuelve a empezar. El bus está lleno. Ojos cansados me observan al entrar, algunos llegan de una noche de trabajo, otros empiezan su día laboral. Dos mujeres cubiertas con una cobija vieja y remendada cargan varias bolsas de mercado. Un hombre flacuchento de tez muy blanca, casi translúcida, cabecea con los ojos cerrados. A su lado, una anciana mira al horizonte y mueve sus labios como hablando sola. Solo hay un puesto libre… me siento. Mi vecino voltea a mirarme y se queda en esta posición por un buen rato. ¿Por qué me mira? ¿Qué me mira? Sus ojos se esconden detrás de unas gafas oscuras, no puedo saber si me mira lo ojos, la boca, los senos. Se ve bastante ridículo con sus gafas a la madrugada, le dan un aire de falsa superioridad. Me imagino que así trata a las mujeres, con una violenta autoridad. No quiero estar a su lado pero no tengo las fuerzas para pararme. Lo trato de rayar con la mirada y mostrarle que yo también soy fuerte pero no se inmuta. Me sigue observando. No tiene el valor para quitarse sus malditas gafas y afrontarme, y después de una noche de trabajo yo tampoco tengo el valor para decirle algo.

¿Qué hace esta señora en un bus a esta hora? Supongo que llega de una larga fiesta descontrolada, llena de gente falsa como ella.

¿Dónde había estado este señor toda la noche? Tiene el perfil de mis clientes, tal vez me observa porque pasó conmigo alguna noche y yo lo he olvidado. Trato de olvidar al montón de caras y cuerpos que pasan frente a mí apenas se van.

“-Quiubo hijueputas, me van sacando todos sus celulares y cosas de valor que este cuchillito no lo tengo de decoración. Rápido, todo afuera pirobos”

Su mano se posa sobre la mía y le da un apretón fuerte pero tembloroso que transmite miedo y rabia. No siento ningún anillo pretensioso y caro en sus dedos, las uñas no son larguísimas ni están cubiertas de una gruesa capa de esmalte artificial como imaginaba. Son uñas mal limadas, manos resecas, ásperas, tienen entre los dedos varias cortadas que parecen profundas. Son las manos de una mujer a la cual la vida ha endurecido, manos fuertes que han pasado por mucho, manos de una mujer luchadora , de una mujer cansada por una larga noche de trabajo y una larga vida de sufrimiento. El apretón de estas manos tan elocuentes refleja a una mujer resistente pero delicada a la vez que sintió en este atraco su vida derrumbarse. Dicen que los ojos son el espejo del alma, para mí las manos lo son, y al contacto con las suyas, supe que el perfume de esta mujer era solo una máscara que estaba obligada a usar por alguna razón.

He tenido que afrontar muchas cosas en la vida, violencia, amenazas… pero ver sufrir a mis hijas, mirar sus ojos hambrientos y sus ropas gastadas es lo único que me da miedo. Este hombre no solo me va a robar mi celular, la manera de comunicarme con ellas, pero también mis ganancias de la noche; la pensión del colegio, la renta de la casa. Miro al pervertido de al lado mío con la remota esperanza de que se pare a defendernos a todos, tal vez detrás de sus gafas se esconde un villano armado. Para mi sorpresa, el hombre ni se ha inmutado; mira hacia el frente sin ninguna expresión en la cara. El ladrón se acerca; le entrego mis cosas con lágrimas en los ojos, mi vecino se quita las gafas y extiende la mano en busca de un palo: un palo de invidentes, su única pertenencia.