Fingiste decirme algo y me besaste. Me dijiste entonces que saliéramos. Yo solo asentí con la cabeza y te tomé la mano. Afuera, sacaste un paquete de Boston de tu jean, y encendiste un cigarrillo con el briquet que llevabas en tus tetas. Diste unas caladas y nos volvimos a besar.

Vera Ellen y Gene Kelly en "Words and Music" (1948)

Vera Ellen y Gene Kelly en “Words and Music” (1948)

Por Giussepe Ramírez

Me bastó verte bailar una vez para mirarte toda la noche y bailar contigo en silencio, sin tocarte, mientras me decidía. Al comienzo me pareciste inaccesible. Tu altura, tus piernas, la botella de whisky que servías con elegancia. Entonces, mientras esperaba que me llegara la confianza para sacarte, pedí una jarra de cerveza e invité a bailar mujeres de otras mesas. Bailé con una rubia bajita que tenía unos vistosos zapatos negros, pero no sabía exhibirlos en la pista. Después me dirigí a una mesa donde estaban cinco mujeres y dos tipos. Ellas, damas de entrepierna fácil —disculparás el eufemismo—; los tipos, proxenetas, macarras, traficantes de coñitos. Cuando les brindé mi mano para que cualquiera saliera a bailar, todas miraron a la más adolescente (no tendría más de dieciséis), insinuándole que bailara ella conmigo. Tal vez era su primera noche de trabajo; olía mucho a jabón y las manos le temblaban. Sentí pena por ella, pero tampoco le pregunté por qué temblaba, de qué tenía miedo, porque mi política de esa noche era el silencio en la pista, el disfrute desinteresado del baile, cerrar los ojos e imaginarme arena y palmeras, el compás de las olas y la música. Y a pesar del temblor de sus pequeñas manos, tenía paso decidido pero un poco acelerado.

Me decidí a sacarte cuando terminé la jarra de cerveza. La primera que bailamos fue Agúzate. Nos entendimos de inmediato. El olor a tabaco revuelto con perfume barato plagó mi nariz. Y como me pasa muchas veces cuando conozco a otras, y aunque han pasado varios días desde esa noche que bailamos, siento que a cada instante tu aroma me lo trae el viento. Bailamos varias más y pedí otra jarra.

 La apoteosis ocurrió cuando sonaron Cabo E. Qué éxtasis, qué atmósfera. Porque en Cali, Richie y Bobby hacen parte del altar de las deidades a las que se les rinde culto en las noches bajo el influjo del aguardiente y la cerveza, con veloces movimientos de pies y la oscilación armónica de las caderas. Nos miraban de las otras mesas, sorprendidos. De las muchas vueltas que te di, te mareaste, e incluso te caíste, pero como tengo buenos reflejos te sostuve y evité que tocaras el piso con la cola. Pareció una acrobacia de bailarines avezados. La gente reconocía nuestro sentido del ritmo señalándonos. Yo, feliz, vanidoso, alimentado el ego dancístico, sonreía como un bailarín profesional batiéndose en duelo con otras parejas.

Volví a mi mesa solitaria y acabé la segunda jarra. Seguí invitándote a la pista, cada vez tenías más confianza. Me bailabas pegadísima, abrazándome a cada oportunidad. Fingiste decirme algo y me besaste. Me dijiste entonces que saliéramos. Yo solo asentí con la cabeza y te tomé la mano. Afuera, sacaste un paquete de Boston de tu jean, y encendiste un cigarrillo con el briquet que llevabas en tus tetas. Diste unas caladas y nos volvimos a besar. Sacaste el celular y tuve que ayudarte a desbloquearlo porque estabas muy borracha. Llamaste no sé a quién y después me exigiste un pericazo. Allí empezó la despedida. Te fuiste echando chispas porque no te di para el perico. Y no es que no te haya dado por puritano, o porque cuando lo probé me supo feo —porque para qué pilotear un viaje con tanta turbulencia—sino por mi constante economía de crisis, por mis bolsillos casi siempre vacíos. Subiste al taxi, furiosa, y cerraste la puerta con violencia. Si supieras, debí volver a casa caminando.