Es solo música y la música nos caga la vida porque nos llega hasta el fondo del fondo de nosotros y sentimos como nos desmoronamos en nuestros propios recuerdos: recuerdos enterrados en el lodazal del tiempo y que una sola canción los saca a la luz. 

Paraguas como parpados: Andrés Felipe Yaya. Curador gráfico: Camilo Gómez.

Paraguas como parpados, de Andrés Felipe Yaya. Curador gráfico: Camilo Gómez.

Por: Andrés Felipe Yaya

¡Ay campanas de pueblito! ¡Cómo repican en mi corazón vacío! ¡Cómo tiemblan y me hacen temblar el alma! Paren su sonido antes que se desfonde el cielo con todo lo que carga.  Lo que siento es un sonido tan adentro que el corazón me da un vuelco, viene de allá, de la iglesia, de la cúpula. Su sonido metálico que llega en el aire: vivo, negro, hondo. Mi estómago palpita. ¿Han sentido este sonido una tarde de domingo en un parquecito cualquiera? ¿Frente a una iglesia? ¿En un pueblito? ¿Han sentido ese sonido tan fino de una campana que es azotada y su dolor se convierte en un largo quejido que nos llena el pecho de clara música? Es una música extraída de los sueños azules de Paganini: baña el alma y donde está rota, la rasga. Una música violeta, limpia, ligera. La guardo en el puro fondo de mi memoria. Esa música es de carne, es un ser vivo: posee un alma, un corazón desbocado, palpitante, lo siento como si fuera mío, como si estuviera amarrado en mis costillas. Posee unas piernas porque viene hacia nosotros, lenta, por el pavimento caliente, como una gata que viene a dejarnos su pelo en nuestros pantalones; sentimos tanto su cercanía que nos hiere. Y es una música que pesa y nos aplasta.

Escucho esta música en La Virginia, en este parque: en este parquecito sucio, lleno de prostitutas, de viejitos, de niños, de palomas que vuelan de árbol en árbol y que todo lo cagan. En esta la hora en que el sol, cuando cae la tarde, es rojizo, y es preciso cerrar los ojos para que las cosas tengan sus propias horas y no vivan de nosotros. ¡Ding dong dang! ¡Ding dong dang! ¡Ahí viene! Me tiembla el alma y me creo más humano. Lo escucho, siento como viene hacia mí, como cae en los huecos del piso, llenando cada cosa,  se levanta, entra por mi oído y me devora. ¡Ahí está! ¿Qué nos quiere decir? ¡Nada! Es solo música y la música nos caga la vida porque nos llega hasta el fondo del fondo de nosotros y sentimos como nos desmoronamos en nuestros propios recuerdos: recuerdos enterrados en el lodazal del tiempo y que una sola canción los saca a la luz. No quiero saber quién hace esta música, es preferible desconocerlo del todo: ver el arte e ignorar el resto. No tiene caso.

En esta tarde la luz hace un juego perfecto con las cosas; todo vive durante brevísimos instantes, vivo yo, vive mi alma junto el alma revoltosa, pantanosa de este pueblo. Todo es brevísimo en esta hora en que mi abuela recoge la ropa tostada extendida en las ventanas que dan a la calle y yo pronunciaba su nombre para no sentirme solo; su imagen me llega tan fresca como un extraño rumor: se esparce, esparce en forma de avalancha por los cajones vacíos de mis recuerdos; como el Cauca endemoniado que a todo rincón de la casa llega: nada se salva. Todo queda perdido bajo sus aguas negras y lo que está bueno lo daña. Me llega hasta este parque donde estoy solo, bajo estos árboles que con sus sombras rompen la uniformidad del pavimento con pequeños punticos negros. Aquí, donde todos van y vienen en ruidoso flujo y reflujo: desde prostitutas hasta vendedores; donde el corazón de las estatuas y el mío es uno solo. Mientras arriba las nubes se amontonan en enormes pilotes plomizos y muere la tarde junto a mí ¡Ay Campanitas! ¡Bórrame mis recuerdos y déjame como un lienzo en blanco!