Combustible para el amor

La cama era amplia. Elena quiso posar su cabeza sobre el pecho de Efrén. Desde arriba le llegaba el aliento con notas cítricas y mosto fermentado de su esposo.

A very Married woman – Vettriano

 

Por Giussepe Ramírez

Cuando Elena llegó de la universidad, un cuchillo golpeaba rítmicamente una tabla de madera. Efrén troceaba el calabacín para la ensalada y en la estufa la salsa alcanzaba la textura que decía la receta. Mientras comían —Efrén preparó una cena esmerada y actuó todo el tiempo con los modales de un maître—, cada uno comentó su día. Elena ultimó los detalles con el grupo de investigación de un artículo sobre sistemas dinámicos. Efrén salió temprano del consejo de redacción porque no hubo noticias de última hora que retrasaran la publicación del día siguiente. Cuando acabaron el pollo a la naranja y tomaban la segunda copa de vino —puesto a refrigerar cuidadosamente antes de la cena—, Efrén, imitando una cita, la invitó a ver una película. Elena, gratamente sorprendida por el detalle de la cena, aceptó la invitación de su esposo.

Las sábanas estaban frescas. Elena se metió a la cama mientras Efrén ponía la película. Lo único que iluminaba el cuarto era el resplandor del televisor y la luz que llegaba de la calle. La cama era amplia. Elena quiso posar su cabeza sobre el pecho de Efrén. Desde arriba le llegaba el aliento con notas cítricas y mosto fermentado de su esposo. El trabajo en la cocina dejó en el pecho de Efrén un mador que Elena sintió en la camisa.

El plano se fue abriendo hasta mostrar la mata de pelo entre las piernas de una mujer portentosa, voluptuosa, de senos grandes y vello generoso en las axilas. Al terminar de ponerse una media velada, se levantaba de la cama e iba a tomar por la espalda a su amante, que miraba por la ventana del hotel; fingía penetrarlo por el culo, y el hombre sugería repetir el movimiento. Y Miranda lo hacía, obediente, juguetona. Naturalmente el colchón empezó a ponerse caluroso. No se deshicieron de la ropa hasta veinte minutos después, cuando Efrén deslizó la mano hasta el compás perfectamente abierto de Elena y la hundió de a poco en el vértice, mientras quitaba la cara de su pecho y le metía la lengua entre los dientes. La boca reemplazó a los dedos que se anclaron en la espalda. Navegó torpe como antiguo marinero que temía al horizonte porque había un precipicio y el mundo se acababa. No le dijo frases al oído; entró cuando sintió que la marea estaba alta y la apretó fuerte con sus dientes en el cuello. Entre satisfecha y extrañada, Elena sintió que su esposo le hacía el amor con un brío sospechoso.

Presa de la languidez posterior al placer, tendida en la cama, agotada, Elena preguntó qué había sido eso. Efrén sonrió y dijo que tal vez había sido la película. Una reliquia italiana que alguien le había recomendado. Fue a la cocina por una copa de vino. Mientras se alejaba por el pasillo, Elena lo observó inquieta. Meditó entre la maraña de las sábanas. Efrén entró con una copa de vino para ella. Cuando se la entregó, lo fulminó la severa mirada de Elena. No volvieron a dirigirse la palabra durante la película. Efrén no prestó más atención. Pensó mirando la pantalla, que hay silencios cargados de sosiego, alegrías, y otros, como el de su esposa, colmados de desdichas, discordancias.