Estas fábulas, escritas por Amali (pseudónimo de la autora), hacen parte del libro  El sombrero volador y otros cuentos y fábulas de la abuela, de María Ligia Acevedo, impreso en la Editorial Manigraf en 2010. A la venta en la librería Centro Cultural en Pereira y librería anexa a la Casa del Virrey en Cartago, Valle. Directamente en el celular 312 808 4198. 

Ilustración / Cuentos para amar

FÁBULA EN EL GALLINERO

 

Un gallito acicalaba sus plumitas de mañana,

y le dijo así, la iguana, que desde el árbol miraba:

-¿Te crees ya muy garboso para ir de gallineros?

No van a saber tu esmero en acicalar tu embozo,

las gallinas del corral ya tienen a su mañoso

que se llegó muy temprano y sin su pinta lustrar.

-No crea, señora iguana, dijo el gallito, aletoso,

que si está allí el asqueroso, yo lo he de echar a volar.

Aquí, donde usted me ve,

tengo afilada mi espuela y también tengo mi escuela

para hacerme respetar.

Quedó pensando la iguana en palabras tan ardientes

que hacían ver muy valiente al gallito del alar.

Y dijo frunciendo el ceño, sin sentirse convencida

del arrojo que aquel día el gallito iba a mostrar.

-Vuele, corra pues prontico si sus plumas va a entregar

 por obtener los favores de las damas del corral.

Yo veré desde la huerta su defensa matutina,

y espero que esas gallinas, lo sepan a usted apreciar.

-Claro que sí, doña iguana,

Uno, dos o tres son pocos para medirse conmigo,

yo sé por qué se lo digo: ¡se lo voy a demostrar!

Que un mañoso no me gana

y si a mí me da la gana, de un golpe se va a soñar.

Y diciendo estas palabras salió erguido y altanero

para ir al gallinero al intruso castigar.

¡Se enfrentaron en batalla!

Las gallinas asustadas corrían y alborotadas

no sabían qué iba a pasar.

Terminada la contienda, los dos gallos desplumados,

se prometen sin enfados no volver nunca a pelear.

Las gallinas muy contentas prepararon una fiesta

y todos, amigos, comieron los manjares del corral.

Es que la vida te enseña que es mejor tener amigos

que creer que al enemigo lo podemos aplastar.

No es valiente quien se enfrenta, sino aquél que se retira,

sabiendo que es la vida la que siempre hay que cuidar.

***

Ilustración / Mauro Rivera

EL SAPO Y LA ESTRELLA

Era una noche de estrellas,

cuando la luna brillaba

en lo alto de un gran cielo

siempre bello y despejado.

Observé, a mi ventana asomada,

un sapito que paseaba.

Él iba de brinco en brinco

y un ritmo alegre marcaba.

A los grillos que allí había,

con sus saltos espantaba.

El baile tan armonioso

del sapito que paseaba

lo seguían las luciérnagas

con su luz, enamoradas.

Era gracioso y coqueto

cuando el sombrero arreglaba,

para asegurar su pinta

de don Juan, en noche clara.

¿A dónde irá aquel sapito

con su pinta alborotada?

Me preguntaba curiosa

a la ventana asomada.

Caminando se acercó

a la alberca más arcana,

y en el borde se encontró

un ramito, de aromosa mejorana.

Lo cortó con gran esmero

y lo puso en su solapa.

Se acercó más a la charca

para mirarse en el agua.

Por la luna plateada,

cual espejo le embrujaba.

Reparó bien su silueta.

Le gustó lo que observaba.

Se aprobó con un buen gesto,

luego entornó la mirada.

Qué pensará aquel sapito

que así ensoñó la mirada?

Retomando su destino

se paró frente a mi puerta

y sin atreverse a entrar,

pensó y se dio media vuelta

y con saltos se llegó

de nuevo hasta la cisterna.

En el borde se paró

mirando su vestimenta.

¿Qué pasa con el sapito,

no confía en su apariencia?

El espejo de las aguas

le devolvió con presteza

su figura tan bien puesta.

Y, le adornó su sombrero,

con una de las estrellas.

De pronto, no sé qué vio

en el fondo de la alberca,

pues curioso contempló

sus aguas en noche bella.

Y así creyó que la luna,

cayó allí con las estrellas.

¡A salvar siquiera una!

Pensó con gran ligereza.

Metió su mano en las aguas

heladas de la represa

y de su fondo plateado,

sacó temblando una estrella.

Yo no vi cuando cayó

la estrellita en esa alberca,

pero sí cuando el sapito

asombrado habló con ella.

Y oí que le preguntó

por qué se hundió en la cisterna.

Y la estrella contestó:

Vine a conocer la tierra,

pues allá, desde lo más alto,

siempre la veo tan bella,

que el corazón me robó

y sin pensarlo

vine para estar con ella.

Escuchando esas palabras

del sapito y de la estrella,

comprendí el por qué yo,

habitante de la tierra,

sabiendo que es tan grandiosa,

me enamoran las estrellas.

Ahora sé que he de empezar,

por mi patria, por mi tierra,

por conocer sus tesoros,

las maravillas que encierra.

Antes de ir a otros mundos,

debo andar mi patria entera.

***

Ilustración / Coco

LA BURRA Y LA LIEBRE

La burra encontró a la liebre apurada en el camino.

—Cambia el rumbo –aquella dijo- recuerda que no es domingo,

—podríamos ir a pasear por lugares divertidos.

La liebre le contestó al instante y convencida:

—¡Cómo así, burra, querida!

—¿Tú nunca vas a estudiar?

—No hagas honor a tu nombre. Lee mucho, todo aprende.

—Si conoces tus derechos, todos te respetarán.

—Suma y resta con cariño y los derechos del niño,

—también tú comprenderás.

Así replica la burra, con disgusto y muy sentida:

—¡Basta ya! liebre, querida!

—Sólo te hice una pregunta.

—Ya sabes que no nos gusta, a los burros estudiar.

Por eso burra, ¡por eso!  -Así sentencia la liebre:

—¡Burra te vas a quedar!

La liebre con gran tristeza,

comprendió que la burrita

no sería su compañera

ni tampoco buena amiga

pues no era buena amistad.

Sólo se aprende estudiando.

Con esmero, preparado,

la vida no es lamentar.

Es deber y obligación,

mucho más para los niños,

ser honrados, ser honestos,

para que cuando ya crezcan

sepan la vida afrontar.

Quien abandona la escuela

y descuida sus deberes,

nunca ha de dar buen ejemplo

ni acabará sus quehaceres.