José considera que es muy importante establecer la influencia que Isaacs haya podido tener en Cuesta para que su cuento tenga un tinte de homenaje. El discípulo que reconoce al maestro y lo mucho que cambió su vida a partir de ese encuentro.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Una inquietud matutina
Mientras se deleita con los últimos sorbos del café preparado con una selección de granos que le enviaron sus amigos de Chinchiná, José se propone, para cuando haya regresado del médico, escribir un cuento sobre Riosucio. El motivo se le ocurrió minutos antes, vistiéndose para la jornada, cuando en el programa radial de la mañana un profesor decía que la novela colombiana decimonónica se parecía a un llamado a lista en una escuela de niñas: Aura, María Dolores, María, Ingermina, Manuela, Teresa. En el estudio, celebraron con risas el chiste. Suspendió el nudo de sus zapatillas y como si los de la entrevista pudieran escucharlo dijo en voz alta: se olvidan de Tomás.
Durante el recorrido hacia el consultorio, José se concentra en los elementos para su relato. Quiere reconstruir el momento en el que Jorge Isaacs, desempeñándose como secretario de educación del Estado del Cauca, arribó a Riosucio con la misión de inaugurar la primera escuela pública del pueblo.
José imagina un ambiente hostil para el hombre de letras que viene con una tarea “roja” a un poblado que había avivado y entregado hombres a la causa “azul”. Dos años antes, en 1876, había estallado la Guerra de las escuelas, con el terrible saldo de la batalla de Los Chancos y combates posteriores como el de Batero.
Mientras espera su turno, José piensa en el interlocutor de Isaacs: un niño de once años. No, no se trata de uno de los primeros estudiantes, sino de uno de los profesores, Rómulo Cuesta.
A nuestro cuentista le preocupa lo poco creíble que es imaginarse a un impúber dictando clase a otros más pequeños o mayores que él. Pero ese dato es precisamente lo valioso que tendría para aportar a los lectores actuales. Además, esas inquietudes las había leído en Chalarca, el escritor manizaleño, que añadió a la biografía de Cuesta el hecho de que apenas con 15 años, se hubiese convertido en Diputado a la Asamblea del Cauca por la provincia de Riosucio.
Quizá tenga que revisar si el tema de la edad de los representantes era un vacío en la Constitución de Rionegro. También pudo haber sido tanta la ignorancia en estos pueblos, que alguien con letras ya estaba provisto de la principal herramienta para desempeñarse como maestro y político.
El médico no es nada amable con el diagnóstico de José, le advierte la probabilidad de que pronto sea hospitalizado para mirar qué pueden hacer con su corazón y sus pulmones. No son buenas noticias como para seguir pensando en Cuesta e Isaacs. Sin embargo, la curiosidad intelectual es la que lo mantiene vivo y por eso regresa obsesionado por el Riosucio de hace cien años.
Cuando regresa a casa, busca el ejemplar de la novela Tomás con el prólogo de Chalarca para corroborar datos. Al encontrarla, rejuvenece un poco y, hambriento, se va a la cocina para saltear cubos de calabacín y zanahoria en aceite de oliva, junto a habichuelas y tallos de apio. En otra esquina de la estufa dora un filete de salmón con finas hierbas. Destapa una botella de vino tinto y deja que el aroma cure las heridas abiertas del diagnóstico que le resta semanas.
Después del almuerzo, repasa capítulos de manera desordenada. Hay elementos que como crítico sabe que no funcionan bien y que por eso quizá la obra ha sido relegada al silencio de los anaqueles. No obstante, quizá aquellas páginas que tornan densa la obra sean, precisamente, las más valiosas.
Una comparación para establecer influencias
José considera que es muy importante establecer la influencia que Isaacs haya podido tener en Cuesta para que su cuento tenga un tinte de homenaje. El discípulo que reconoce al maestro y lo mucho que cambió su vida a partir de ese encuentro.
Advierte algo de este reconocimiento en las primeras líneas cuando se asegura que Tomás “acaba de leer aquel inimitable idilio titulado María” y que por eso “quiso copiar sus propias impresiones”. Adelanta páginas y encuentra de nuevo a su héroe literario: “Con el arribo a Marmato del Superintendente de Instrucción Pública, doctor Jorge Isaacs, las pasiones políticas llegaron en el mes siguiente a su más alto recrudecimiento”.
El niño de nueve años que era Rómulo Cuesta para la fecha de dicha visita, debió causarle una honda impresión a Isaacs y por eso, dos años después, se lo llevó a Riosucio para que fuera profesor, especula José. Luego se pregunta: ¿Qué elementos tomó Rómulo de la obra de Isaacs para su propia novela?
Y él mismo se responde: La verdad, más bien pocos. Claves, eso sí. La historia de un amor imposible que enmarca los demás sucesos. La orfandad de la joven. Un padre protector. De la vida rural con los esclavos de la hacienda, a la vida minera con los afrodescendientes libres. Si Efraín había sido separado de María cuando lo envían a Londres, Tomás sería alejado de Rosario cuando lo mandan a Marmato.
José se dirige ahora al lugar en el que tiene su computadora para comenzar a esbozar su historia. Mientras enciende interruptores, busca carpetas, abre un documento nuevo, continúa hojeando. Un párrafo subrayado llama su atención y continúa su monólogo: Ahora bien, una diferencia muy marcada es la forma en que las mujeres se narran a sí mismas. En Isaacs disimulaban sus pasiones, mientras que en Cuesta reconocen su voluntad. Una tía que confiesa a su sobrina lo siguiente, le está brindando una educación sentimental bastante retadora, para la forma en que nos acostumbramos a pensar la vida cotidiana en las provincias de aquella época: “Yo bailé, paseé, traté con muchos hombres, respetuosos unos, groseros los más, tuve novios y fui requerida por esposa y por amante: a los que me querían para amante los rechacé por insolentes; a esos otros por falta de atractivos”.
Hasta la historia de amor entre Nay y Sinar que aparece en María, parecieran tener su propia versión en Tomás, a través de Manuel y Chenga, una pareja de afrodescendientes que trabajan en los socavones de Marmato. A diferencia de los primeros, separados y esclavizados, exiliados de su territorio, los segundos pueden vivir un idilio amoroso aún en la catástrofe.
Claro, es que las circunstancias en que ambas obras vieron la luz son bastante diferentes. Cuando Isaacs escribió María era un hombre de 30 años, afiliado al partido conservador y formado en la capital, mientras que cuando Cuesta publica Tomás, tiene 56, es liberal y se ha formado en la provincia.
El aprendiz
La curiosidad por la forma en que Isaacs y Cuesta se conocieron, le devolvieron a José la lucidez necesaria para repasar apuntes, escribir, discutir. Pero sus bronquios no compartieron ese juvenil entusiasmo y, cansados de tantos esfuerzos a lo largo de sus 74 años, colapsaron. Esta ruta quedó esbozada en los apuntes de aquella tarde y que hoy me he dado a revisar, con aprecio y respeto por quien fuera mi amigo y maestro.
@JaiberLadino


