Los arquetipos son conciencias del texto, grandes temas cultivados en cada civilización hasta hacer parte del folklore; relatos sobrevivientes tanto por su sentido como por la posibilidad de ser transfigurados al antojo del hablante y del escribano, del locutor y del escritor…
Quisiera concederme el gusto de creer que los sueños son la pretensión de nuestra existencia, encontrar en ellos nuestra vida cifrada en imágenes irreconocibles y aún tan cercanas a nosotros para creer saber qué nos significan. Así como un libro escrito ajeno a nuestros cuerpos, pero atrapado en nuestras manos para pertenecernos. Ese libro se vuelve una turbación y una tranquilidad constante, los elementos que lo rodean aportan a reconocer en él un sentido.
Una historia no puede dar la espalda a todos los elementos que la conforman, menos a los sentimientos y los paisajes. Pero, así como para asirnos al devenir de los años recurrimos a los grandes hechos de nuestras vidas, también el escritor tiene el recurso de utilizar la forma de aquello presente en el pasado, escrito de manera que en esa nebulosa de ideas suyas pueda dar molde a una de ellas.
Los arquetipos son conciencias del texto, grandes temas cultivados en cada civilización hasta hacer parte del folklore; relatos sobrevivientes tanto por su sentido como por la posibilidad de ser transfigurados al antojo del hablante y del escribano, del locutor y del escritor, son en sí posibilidades repetitivas de la imagen, transformadas y ocupantes de nuevos espacios.
Es así como María, de Jorge Isaacs, puede ser más que una obra tardía del romanticismo europeo, para considerarse mejor una exploración del relato y un acercamiento a lo que, según mi criterio, fueron temas o lecturas del autor.
Mientras leía la obra relucían vestigios de otras épocas, otros relatos, elementos pertenecientes a otras culturas; el trato del Amor, por ejemplo, a pesar de la influencia evidente del catolicismo como religión, también tiene sus fundamentos en el relato medieval del amor cortés, en el código de honor de los caballeros, en la pureza del héroe que no apresura a la dama, pero sufre de manera callada sin dejar nunca sus responsabilidades. También es posible hallar una alusión al incesto, esa sensación de vértigo que atrae al personaje a su propio hogar.
Estas alusiones que hago pueden estar contenidas o no en la obra, quizá esté forzando el sentido; sin embargo, cada lectura la deforma, la hace parte de un ser ajeno al autor. He creído encontrar en Efraín vestigios de Hamlet y su visión del deber; la angustia de Nevermore en el ave negra que nos muestra Isaacs; y una alusión a la guerra en la caza, como una forma de la victoria y el orgullo de un héroe. Sin duda, hay relaciones evidentes y otras más profundas con lo que podría haber leído y vivido el autor, sin duda los paisajes y la noción de terrateniente se pueden adjudicar con facilidad a la época, así como se pueden encontrar indicios sobre el mercadeo del café.
La obra es rica en imágenes y evocaciones de las creencias, algo que definitivamente no ha heredado de los europeos, sino de los africanos y los americanos. Si bien los arquetipos han nacido de alguna manera en el continente invasor, hay una visión permeada del territorio propio, y este es ante todo uno de los rasgos que separa a María del romanticismo europeo y de obras de la época que no se ocuparon de hablar de la esclavitud. Quizá las pulsiones del relato estén en la idea misma del intangible, de la evocación y la premonición. Hay una antesala a la muerte, los indicios llegan; ante todo el viaje de Efraín de vuelta a su amada me hace pensar de nuevo en Poe y su Dorado, en esa búsqueda insaciable que hacemos en nuestra vida para al fin encontrarnos en la muerte; en esos cuatro actos de dudas para por último hallar ante nosotros al destino insoslayable.



