La angustia se parece a las mariposas en el estómago, pero aquellas que padecen los indicios de la muerte, esas mariposas opacas y con alas tarjadas por la contaminación.

Texto: DiegoVal Gómezencendida

Ilustraciones: Conrado Barrera 

Con la vela encendida, caminaba despacio hacia su alcoba. Las luces de la habitación estaban extintas debido al fuerte viento ocasionado por la tormenta que tocaba puerto.

Observó su muñeca de trapo que se encontraba encima de la cama. Quiso acercarse para tomarla, para olvidar el dolor y recordar más fácil la calidez de cuando era una niña, cuando nada le preocupaba  más que ser feliz y jugar con sus amiguitos, o cualquier persona que simpatizara con ella.

Tomó un lapicero y una hoja. Empezó a escribir deliberadamente sobre el papel; se desahogaba de penas bruscamente abiertas, posiblemente por él, el sujeto que “amaba”.

Miró a través de la ventana de su cuarto. Un puntito rojo entre las hojas resaltaba  a una diminuta mariquita tambaleante por el fuerte viento en aquella hoja de zarza, mientras que la escritura hacía su pausa en la palabra perdón.  Se escuchó un murmullo. ¿Quién? No lo sabía; lo único que sabía era que deliraba incesantemente, cuales dados danzantes sobre el tablero de la suerte.

Quería en ese momento volver al pasado, recordando la brújula de viento que había en el techo de la granja de su padre, pero algo en su corazón, no quería contemplar dicho recuerdo, pues era el recuerdo de lo inconcluso, de lo extraño y entrañable. Se olvidó del escrito y tomó la paleta de colores que había en su escritorio, arrojándola con fuerza y sin destino alguno, en este caso, sus pequeños zapatitos de bailarina.

Quiso salir de ahí y correr, quizá para ganarle la carrera a la desesperación, para quedar en el primer puesto del podio, pero no, su dolor no era tan superficial, era intenso, hasta algo de fiebre sentía.  La angustia se parece a las mariposas en el estómago, pero aquellas que padecen los indicios de la muerte, esas mariposas opacas y con alas tarjadas por la contaminación.

la vela

Se encontraba recostada en su sillón de dormir. Levemente movió sus pies, empujando la manzana mordida encima del tapete marrón que cubría el piso del cuarto. No le importó, sin  embargo  miró.  Lo último que esperaba era verse de nuevo en el espejo. No era ella, así lo pensaba, porque tal vez su realidad  escondía su “yo”  que fue,  y que quizá  será.

Vino de nuevo el recuerdo de su Padre. En este caso, empezó abstracto con el vuelo de la vieja cometa; no quería saber nada de él y tampoco sabía la verdad que estaba por conocer.

Viajó nuevamente al pasado, diferentes imágenes transitaban por su cabeza, recordando las estaciones de petróleo y los grandes tubos de expulsión que se detallaban a lo lejos de la gran ciudad, pensó que era una lástima, que un lugar tan hermoso estuviera tan contaminado: no importaba, aun así, amó estar allí.

La lluvia se hacía más intensa y, con tal intensidad, cavaba el dolor en su pecho.  Miró el reloj de su pared, casi eran las 3:00 A.M.  Sus ojos no sentían cansancio alguno. Tenía su mirada perdida a través de la ventana. Quería que las cosas tuvieran una solución tan simple como la magia, requería de la varita mágica para su problema. Lo que logró la magia fue mostrar un columpio –malditas varitas inservibles–, pensó.

Decidió levantarse de ese sillón buscando una rápida salida. Abrió la puerta para caminar por el pasillo que llevaba directo a la otra. Salió. Quedó bajo el corto techo saliente de la casa.

La lluvia empezó a cesar. Sin pensarlo, dio dos pasos más para tocar el prado  con los pies descalzos. Se escuchaba música en el horizonte, lo utilizó como excusa para ir a “observar” de dónde provenía el sonido. Puso sus manos en posición de vuelo, y salió corriendo simulando  el sonido de un avión. Aunque afligida, siempre hubo ternura en  la sonrisa que marcaba su rostro, labios delgados y boca  chica. Llegó a la carretera, al parecer, nada le importaba para cruzar. No miró el letrero del PARE ni a ambos lados de la carretera, pues estaba volando entre nubes espesas, llenas de recuerdos.

Cada vez se alejaba más y más de casa. Percibía la noche muy iluminada, se le hacía extraño ver aves a esa hora de la mañana, ya que en  su reloj de mano eran las 3:30 A.M.

Al llegar a una pequeña meseta alejada de su  mundo de cuatro paredes,  encontró el árbol que aguardaba por ella. Contemplaba el firmamento, ahora el cielo empezaba a despejar  y sus pensamientos a fluir a través de un arco iris que se deslizaba entre nubes opacas. Sabía que lo “real” era otra cosa, pero el momento era muy tangible.  No sólo disfrutaba del firmamento, un poco más al norte, tras un matorral, se observaba una pequeña vaca. La contemplaba cada vez que visitaba este lugar. Tenía ya nombre propio. “Luna”, le dio ese nombre, porque solo sale cuando la luna está justo encima de ella.

El dolor era intenso, de a pocos, se convertía en un incesante devenir reflexivo, tal vez necesitaba de aire fresco, pensó.  Dio un suspiro porque no podía olvidar los sucesos. Era difícil saber que no podía estar con el hombre aquel.  La relación con sus amigos o con otro tipo de personas ponía en riesgo sus vidas; eran 300 kg de carga para tan bella mujer, no podría cargar con la muerte de alguien más. Ocultar al pequeño que nadaba en su vientre era imposible, sabía que su cuerpo empezaría a cambiar y el aquel hombre lo notaría. No dejaba en alto lo que él sería capaz de hacer por estar al lado de ella y de su futuro bebé.

Cansada y con hambre, el estómago ya gritaba. Se levantó, tomando otro camino para llegar a casa. Había un muro por el que ella disfrutaba pasar en el camino, consideró que tal vez sería la última vez que lo saltaría. Su casa estaba cada vez más cerca, lo sabía  por las pequeñas esculturas en forma de triángulo antes de llegar a ella. Llegó y entró directo a la cocina, aunque con hambre, solo llenó un vaso con agua.  Caminó por el pasillo para llegar a su cuarto, encendió la luz  al mismo tiempo que colocaba el vaso con agua encima de la mesa de noche, se sentó en su cama para pensar. Será en una playa paradisiaca, alejada de todos. Era la única opción para evitar un desastre.

Tomó de nuevo, la hoja y el papel, “…perdón”. Desde el principio había pensado en alejarse  de todo y de todos  ¿qué podía decir?… Perdón; no solo a todos, sino a la persona que amaba, pues iba a dejar el amor que había forjado en aquel hombre:

“Me di cuenta que me enamoraría y que me sería imposible estar para lo necesario, pero contenerse fue difícil, lo que pasó aquella noche espero no olvidarlo. He cambiado y supongo que no soy la misma de antes, tampoco pretendo volver a serlo.

PERDON, lo que haré y será muy obvio para todos es no volver, espero no me reclamen por cosas que no me interesan, por las estupideces que para ustedes fueron un 11 de septiembre de 2001, al final, no queda ni la más mínima verdad, lo mejor, es que me voy con ella y a todos los que pretendían sacármela, no les concederé el deseo de tenerla, pregúntenle a Martica en dónde quedó el tío Roberto…”