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Por: Hernando López Yepes

Ilustración: Raquel

Otra vez, mis pies sangran. Levanto las cadenas, las sostengo en mis manos para que no lastimen mis heridas. Los mosquitos se empeñan en soplar una nota interminable que me obliga a odiarlos; el temor a las minas quiebra patas hace lentos mis pasos. Un arma se dispara… me despierto. Las sombras se disuelven entre la claridad sin que yo sepa cuándo. La fuerza de la luz pone silencio sobre el rumor del río.

Me duele recordar algunas cosas: el olor del sudor avinagrado en el cuello de mi hijo, que aspiro al estrujar su cuerpo contra el rostro mío. Las manos delicadas de mi mujer que roban el calor de mi cintura en las horas más frías de la noche. El roce de sus pies que buscan ciegos sus chancletas, cuando sale del lecho para atender al hijo  que la llama con su llanto.

Palpo mis posesiones en la bolsa de tela: un peine desdentado, tres cuerdas de guitarra, un lápiz diminuto, un cuaderno con las puntas de las hojas enroscadas. Quiero escribir en él. ¡No sé qué cosa,  sólo sé que lo deseo! La lluvia cae, mis pies buscan dureza en el barro resbaloso, mis entrañas se van entre mis excrementos; encontramos un sitio dónde pasar la noche, es un rancho miserable.

Dejo caer mi cuerpo  en un rincón del cuarto, una mujer me entrega un cuenco de aluminio con un líquido verde. Tomo el brebaje, mi estómago se aquieta, después entro en el sueño. Apenas he dormido unos minutos cuando me despiertan. Ponen ante mis ojos un plato de lentejas, no lo pruebo. Es difícil tragar bocado alguno cuando estás enfermo; mucho más, si te apuran.

Caminamos. Nos detenemos solo cuando, en alocada fuga, se alzan los pájaros por sobre los árboles; también cuando se escucha el ruido  de un motor, en algún lugar del cielo. Al entrar en un claro se desploma un hombre que camina al lado mío. Se oyen disparos, el comandante ordena hacer un alto, buscar refugio donde sea posible. Frente a nosotros, en la falda de un cerro, se disuelven dos o tres nubes  de humo negro. De nuestro lado han empezado a responder las armas; después se hace silencio.

El tiempo se desgrana con una lentitud que es casi dolorosa. Esta quietud forzada me hace querer saber  qué piensan y qué sueñan  las rocas y los árboles. La calma vuelve. Alguien ata las manos y los pies del muerto, cruza un palo entre ellos, otros hombres lo alzan, lo llevan en sus hombros. Descendemos ahora por un sendero estrecho en dirección a un valle cubierto por los árboles.  Cuando cae la tarde hacemos alto junto a un río pedregoso. Dos hombres cavan una tumba en lo más blando del terreno. En ella entierran al guerrero que cayó.

No ha anochecido, aún, cuando me quitan las cadenas. Trato de caminar, mis pies vacilan. Levanto mi cabeza, la hago girar, escucho un ruido áspero de vidrio que se muele. El grupo ha decidido alejarse del lugar antes de que anochezca, temen una emboscada. No voy con ellos, me abandonan.

Puedo afirmar que ahora estoy solo, un poco más que solo: otro hombre enfermo queda junto a mí.  El río lame con su lengua el vientre de las piedras, el sol pone colores en las aguas; las mariposas tejen, desordenadamente, el caos de su danza: guardan rayos de luz entre sus  alas y después de un momento los liberan.

Dos días transcurren. La muerte con su hedor hace pesado el aire. Las aves carroñeras se presentan, caminan torpemente hasta la tumba, retiran el sudario de tierra del cadáver, desgarran piel y carne, la devoran. Se suman y levantan sobre el muerto un manto negro que se extiende y se encoge, se alza y se deprime. Corro hacia ellas, suelto un grito…  la mancha se disgrega. Cubro la podredumbre con piedras y hojarasca.

La voz del hombre enfermo me reclama, me pide que me siente junto a él. Me habla de su infancia, de las fiestas campesinas; evoca las jornadas de  trabajo en los cultivos de tabaco; solloza al describir las comidas en familia. Al final se extravía en un discurso que lo lleva a lugares de donde ya no puede retornar. Me confunde con alguien que hizo parte de un episodio oscuro en su niñez, me pide explicaciones “por aquellas ofensas que él no olvida”; me reta, me amenaza, su mano busca el arma que no tiene; ríe luego, con risa convulsiva.

Apenas se alza el sol me desplazo hasta la tumba. Me esfuerzo en desnudar el tronco del cadáver, trenzo fibras y cáñamos en su deshecha carne; aseguro las cuerdas de metal en trozos de madera, los sepulto en la arena. Me alejo del lugar, encuentro un sitio donde puedo respirar un poco de aire limpio. Más tarde tomo lápiz y cuaderno. Pongo el mayor cuidado en el trazado de las letras.

Las horas llegan lentas y se van de igual manera. Mi compañero ha entrado en un silencio extraño, parece meditar. De pronto se  levanta, camina hacia la playa, se adentra en la corriente, se desplaza a la parte más profunda. Las  aguas se abren para recibirlo, él se sumerge en ellas; después sólo se ve el agua que corre, nada más.

Me alejo de la orilla, amontono hojas secas, me tiendo sobre ellas, duermo un poco. Una vez más el hambre me despierta, me muerde las entrañas. Mi estómago se funde entre sus propios ácidos. Busco la bolsa que nos han dejado, hallo en su fondo un poco de alimento, tomo un puñado, lo llevo hasta mi boca, lo mastico… ahora no me asquean los gusanos. Una vez que he comido me tiendo a descansar.

El sol se alza otra vez. Seis banderas oscuras trazan círculos sobre el azul del cielo. El aire trae un hedor insoportable. Los gallinazos bajan, se posan sobre el muerto, sumergen sus cabezas en la carne: tiran de ella y tragan, pelean por el botín, gruñen, sisean, abren las alas de un modo amenazante mientras se persiguen. Se apartan con prudencia cuando  sienten mi presencia. Uno de ellos permanece en el sitio, se agita bruscamente, lucha por escapar. Le arrojo mi  camisa, lo resguardo en mis brazos, lo libero,  enrollo mi mensaje  en una de sus patas, giro la cuerda con la mayor firmeza, hago un nudo. Retiro el lienzo, impulso el ave hacia lo alto con las fuerzas que me quedan. Confío en que descienda pronto sobre los vertederos de basura del pueblo más cercano. Buscará su alimento entre la podredumbre; alguien lo apresará, encontrará mi carta, compartirá su hallazgo. Mi mujer leerá, para ella y para el hijo, mi mensaje de amor. Sabrán cuánto les quise.

Me esfuerzo en recitar una plegaria para el muerto, me pierdo en lo complejo de las frases. Recomienzo, sufro un olvido, trato de recordar, no logro hacerlo… Miro el cadáver, temo que no le agrade mi manera de rezar. Termino la oración, acopio con mis manos abundante arena, cubro con ella estas carnes descompuestas.

*hernandolopezyepes@hotmail.com