Sucede que la muy maldita me la hizo; sí, me mintió. Porque de tonto acerqué mi rostro a la jaula, y la muy inteligente y lúcida gata negra, de ojos verdes y mirada de depravada sexual –la recuerdo muy bien– solo estaba actuando; porque sí, estaba iracunda…

 

crocantePor: John Albornoz

Ilustración: Daniel Román

¿Saben?

Creo que esa mascota negra, esa maldita gata me estaba enloqueciendo; me hallaba jodidamente loco.

¿Sus gruñidos? No sé, ¿sus miradas?…

Estoy casi seguro que es su forma de comer: como mastica el cuido, sí, sí. O como bebe la sopa; maldito sonido, vulgar; cruje y cruje, mastica todo con paciencia.

Ya no quería sufrir más, me cansé. Me vengaré y le haré lo mismo –decía en mi cabeza– masticaré y haré que sufra lo que yo.

Para mi suerte, hace un año había dado a luz a cuatro lindos gatos. Estaban chicos, recién nacidos; de tres días no más.

Acabaré con este calvario, así que me comeré a uno de sus hijos vivo, mientras oye mi mandíbula destrozar cada uno de los huesos y carnes. Sí, me lo comeré; mi madre ya entenderá –pensé yo en medio de mi insomnio–.

Bien, así fue. Encerré la maldita gata en una jaula frente a la cama de sus gatos. Me metí el primero en la boca, sabía horrible; sentí un gran bulto de cartílagos trémulos bajando por mi garganta –la cual se expandió de manera tenaz, pensé que iba a explotar–. Las patas traseras estaban fuera de mi boca, pues me metí la cabeza primero, así no sufría el pobre; en fin, esas patas estaban moviéndose afuera como intentando escapar y mi boca repleta de sangre oscura y turbulenta que me rodeaba el mentón aumentaba con cara mordisco.

Y bueno, me lo comí todo, hasta el último trozo y siempre pude oír los chillidos de la madre. Estaba endiablada cuando la miré al acabar, pero corrí yo con la peor suerte del mundo.

Sucede que la muy maldita me la hizo; sí, me mintió. Porque de tonto acerqué mi rostro a la jaula, y la muy inteligente y lúcida gata negra, de ojos verdes y mirada de depravada sexual –la recuerdo muy bien– solo estaba actuando; porque sí, estaba iracunda…

Desde eso vivo bien; puedo mover mis manos, pero hay un lío. Mis extremidades inferiores desaparecieron esa misma noche, resido en un hospital mental, por suerte no oigo más los maullidos y el devorar la comida de esa gata; por suerte para mí, ese día no oí como destrozó mis piernas, según dice el médico que me atendió.

Mi madre me dijo que yo era muy descuidado; ese día lo creí, la gata actuaba, pues la puerta de la jaula… siempre estuvo abierta.